jueves, 28 de abril de 2016

sábado, 2 de abril de 2016

Belén Reyes / Desnatada





Estoy al borde de ser borde,
me lo noto.
El precipicio crece
estoy cansada.
Estoy al borde de ser borde
estoy a punto
de nieve, mucha nieve.
Estoy helada.
Estoy al borde de ser borde
y duele mucho. !
Dios mío hazme mediocre.
Estoy cansada,
de apostarme la vida a cada instante,
de ir desnuda y verter
en todo el alma.
Déjame que me quede aquí en el medio,
envuelta en celofán, bien razonada.
Dame mesura Dios,
dame mesura,
mesura chapucera y cotidiana.
Hazme mediocre, Dios hazme mediocre.
En vez de corazón, una ensaimada.
Y el alma en tetrabrick para que dure...
Ten compasión
y hazme desnatada.

 Belén Reyes

jueves, 31 de marzo de 2016

lunes, 28 de marzo de 2016

jueves, 24 de marzo de 2016

Ana María Del Re














¿Quién escuchará
tus gemidos

cuál será tu refugio
cuando llegue la noche

desde hace cuánto tiempo
se quemaron tus sueños?

Ana María Del Re

martes, 22 de marzo de 2016

Un gato en un piso vacío / Wislawa Szymborska

























Un gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.


Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.


Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.


Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.


Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.


Wislawa Szymborska

lunes, 21 de marzo de 2016

Armando Rojas Guardia / Dios es pequeño

 

















DIOS ES PEQUEÑO
 
 Dios es pequeño, cabe íntegro en un grano de sal
 que podemos pisotear, y de hecho pisoteamos
 con la altanera suela del zapato,
 gigantesco peso sobre lo mínimo paciente,
 invisible para los ojos desatentos.
 La gloria de Dios se epifaniza, menuda,
 como una hoja de árbol, una simple brisa,
 un solo botón, una única letra,
 bajo el ala del pájaro, junto al corto cuento
 con el que la madre se despide del niño
 al acostarlo, dentro de la llama frágil
 de algún fósforo, cifrada por la punta
 del bolígrafo, por las dimensiones de una copa,
 por la gota de lluvia, por una escama de pez,
 por el dedo meñique y su uña breve.
 Dios prolifera ínfimo. Su omnipotencia
 resulta centimetral si recordamos
 que padece el sufrimiento con nosotros,
 voluntariamente maniatada ante el dolor
 que quiere compartir en su impotencia:
solidaria contestación a la pregunta
de cómo permite el mal incongruente.
Su infinitud se encoge en la estrechez
autoceñida para dilatar, ilimitada,
la libertad del hombre, la que puede reducir
aún más el infinito cuanto guste,
hasta el tamaño de un dedal ignorado e inservible.
Esta reducción divina también se nos ofrece
contemplarla en el acto mismo que creó
todas las cosas: el Todo, que todo lo ocupaba,
se contrajo a fin de abrirte lugar al universo
expandiéndose autónomo en su afuera.
Dios no tuvo miedo de mostrarse
dentro de la estricta pequeñez de un hombre
paupérrimo, marginado, perseguido,
quien comparó el supremo estado de gracia,
que anunciaba como posibilidad accesible
inminente, a la mínima de todas las semillas,
grávida de su fertilidad oculta.
 
La grandeza es un equívoco. Aparece aplastante
para aquél que, rendido de cansancio
tras el trajín de siempre, la percibe sobre sí.
No es que la deseche. Pero lo intimida
desde el principio ese modo del ser nunca medible
por la fatiga de sus ojos. Ello viene a explicar
que la menudeante numinosidad de Dios
se multiplique en detallismos, filigranas,
acaeceres a la mano, sacramentos
que se llaman sonrisa, palabra, reposo,
movimiento, árbol, abrazo, luz, ritmo, deleite
y muchos otros más con los que él nos agasaja revelándose,
no esperando gratitud, sino, al contrario,
la fatuidad de nuestra antropocéntrica grandeza.
Sí, definitivamente Dios es pequeñito,
y a esa sacrosanta cabeza de alfiler
que en su modestia no se impone
como poder ladrón de servidumbres
se alude con metáforas humildes,
intentadas por este poema irrelevante
pero, a la postre, salmo arrodillado.

ARMANDO ROJAS GUARDIA