jueves, 27 de abril de 2017

Yo Te Nombro Libertad / Paul Éluard




Por el pájaro enjaulado.
Por el pez en la pecera.
Por mi amigo, que está preso
porque ha dicho lo que piensa.
Por las flores arrancadas.
Por la hierba pisoteada.
Por los árboles podados.
Por los cuerpos torturados
yo te nombro, Libertad.

Por los dientes apretados.
Por la rabia contenida.
Por el nudo en la garganta.
Por las bocas que no cantan.
Por el beso clandestino.
Por el verso censurado.
Por el joven exilado.
Por los nombres prohibidos
yo te nombro, Liberdad.

Te nombro en nombre de todos
por tu nombre verdadero.
Te nombro y cuando oscurece,
cuando nadie me ve,
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad.
Escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad.
Tu nombre verdadero,
tu nombre y otros nombres
que no nombro por temor.

Por la idea perseguida.
Por los golpes recibidos.
Por aquel que no resiste.
Por aquellos que se esconden.
Por el miedo que te tienen.
Por tus pasos que vigilan.
Por la forma en que te atacan.
Por los hijos que te matan
yo te nombro, Liberdad.

Por las tierras invadidas.
Por los pueblos conquistados.
Por la gente sometida.
Por los hombres explotados.
Por los muertos en la hoguera.
Por el justo ajusticiado.
Por el héroe asesinado.
Por los fuegos apagados
yo te nombro, Liberdad.

Te nombro en nombre de todos
por tu nombre verdadero.
Te nombro y cuando oscurece,
cuando nadie me ve,
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad.
Escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad.
Tu nombre verdadero,
tu nombre y otros nombres
que no nombro por temor.
Yo te nombro, Libertad. 


Paul Éluard

miércoles, 26 de abril de 2017

Canto de los hijos en marcha / Andrés Eloy Blanco



Canto de los hijos en marcha

Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras;
que no vengan todos a pasar la noche
rumiando pesares, mientras tú me lloras;
que no esté la sala con los cuatro cirios
y yo en una urna, mirando hacia arriba;
que no estén las mesas llenas de remedios,
que no esté el pañuelo cubriéndome el rostro,
que no venga el mozo con la tarjetera,
ni cuelguen las flores de los candelabros
ni estén mis hermanas llorando en la sala,
ni estés tú sentada, con tu ropa nueva.
Madre, si me matan,

que no venga el hombre de las sillas negras.

Lléname la casa de hombres y mujeres
que cuenten el último amor de su vida;
que ardan en la sala flores impetuosas,
que en dos grandes copas quemen melaleuca,
que toquen violines el sueño de Schuman;
los frascos rebosen de vino y perfumes;
que me miren todos, que se digan todos
que tengo una cara de soldado muerto.


Lléname la casa
de flores regaladas, como en una selva.
Déjame en tu cuarto, cerca de tu cama;
con mis cuatro hermanas, hagamos consejo;
tenme de la mano, tenme de los labios,
como aquella noche de mi padre muerto,
y al cabo, dormidos iremos quedando,
uno con su muerte y otro con su sueño.


Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros,
con sus dos caballos gordos y pesados,
como de levita, como del Gobierno.


Que si traen caballos, traigan dos potrillos
finos de cabeza, delgados de remos,
que vayan saltando con claros relinchos,
como si apostaran cuál llega primero.
Que parezca, madre,
que voy a salirme de la caja negra
y a saltar al lomo del mejor caballo
y a volver al fuego.
Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros.


Madres, si me matan,
y muero en los bosques o en mitad del llano,
pide a los soldados que te den tu muerto;
que los labradores y las labradoras
y tú y mis hermanas, derramando flores,
hasta un pueblo manso se lleven mi cuerpo;
que con unos juncos hagan angarillas,
que pongan mastranto y hojas y cayenas
y que así me lleven hasta un cementerio
con cerca de alambres y enredaderas.
Y cuando pasen los años
tráeme a mi pedazo, junto al padre muerto
y allí, que me pongan donde a ti te pongan,
en tu misma fosa y a tu lado izquierdo.
Madre, si me matan,
pide a los soldados que te den tu muerto.


Madre, si me matan, no me entierres todo,
de la herida abierta sácame una gota,
de la honda melena sácame una trenza;
cuando tengas frío, quémate en mi brasa;
cuando no respires, suelta mi tormenta.
Madre, si me matan, no me entierres todo.


Madre, si me matan,
ábreme la herida, ciérrame los ojos
y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo
y esa pobre mano por la que me matan,
pónmela en la herida por la que me muero.


Llora en un pañuelo que no tenga encajes;
ponme tu pañuelo
bajo la cabeza, triste todavía
por las despedida del último sueño,
bajo la cabeza como casa sola,
densa de un perfume de inquilino muerto.


Si vienen mujeres, diles, sin sollozos:
-¡Si hablara, qué lindas cosas te diría!
Ábreme la herida, ciérrame los ojos…


Y una palabra: JUSTICIA
escriban sobre la tumba
Y un domingo, con sol afuera,
vengan la Madre y las Hermanas
y sonrían a la hermosa tumba
con nardos, violetas y helechos de agua
y hombres y mujeres del pueblo cercano
que digan mi nombre como de su casa
y alcen a los cielos cantos de victoria,
Madre, si me matan.


Andrés Eloy Blanco

jueves, 20 de abril de 2017

Pablo Neruda / Los enemigos


Ellos aquí trajeron los fusiles repletos de pólvora, 
ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.
 
Por esos muertos, nuestros muertos,
pido castigo.
 
Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.
 
Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo.
 
Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
pido castigo.
 
Para el que dio la orden de agonía,
pido castigo.
 
Para los que defendieron este crimen,
pido castigo.
 
No quiero que me den la mano
empapada con nuestra sangre.
Pido castigo.
No los quiero de embajadores,
tampoco en su casa tranquilos,
los quiero ver aquí juzgados
en esta plaza, en este sitio.
 
Quiero castigo.

Pablo Neruda




Fotografías tomadas de la web reseñando la manifestación en Venezuela el 19 de abril del 2017

lunes, 17 de abril de 2017

Martha Kornblith: Obra Completa

Martha Kornblith: El rostro del amor en el poema 


La poesía de Martha Kornblith sustenta su más elevado acto de amor en el vivir cotidiano del poema.

Es un goce que ni siquiera los propios amantes atestiguarían. ¿Cómo definir ese relampago que sigue a su escritura? ¿Acaso es fuego que huye de su existencia para luego ser quemada en el poema? A la "tortura" del amor que busca desesperadamente abrirse, aparece la libertad, como único instante. 

La poesía de Martha Kornblith es una voz inquieta : su memoria, el deseo, el sueño que abriga, conmueve, nos despoja del pudor de las exigencias formales del lenguaje para adentrarnos en el estremecimiento de una palabra directa, dolorosa, descarnada que comunica con sencillez su osadía de romper con un estado de aislamiento interior: "Todo esto que hemos hecho / fructuoso o no / es nuestra piel, nuestro nombre" (El perdedor se lo lleva todo)

Publicada por primera vez en los años  noventa en Venezuela, su voz poética centrada en el retiro, en los desencuentros de lo humano, viene a hallar en el poema un lugar escondido para concretar el amor, pues el mundo exterior es una realidad inabarcable, una casi trampa de la que duda siempre: "Aunque el amor, / dicen, / es una palabra / que no le hace bien al poeta mencionar, / he buscado las mejores formas de decirte / que se construye a pequeños plazos, / que me diste pequeñas cuotas de inspiración / y a cambio te reemplacé en algunos versos. / Me he visto en tantos de tus poemas / que he abandonado mi adicción a los espejos / y ya no dejo mi imagen derramada en las aceras /" (Oraciones para un dios ausente) 

Los tres libros contenidos en Martha Kornblith. Obra Completa ( Oraciones para un dios ausente, El perdedor se lo lleva todo, Sesión de endodoncia ) me convocan a leerlos como si se tratase de uno solo. Esto invita a otra revisión de su palabra.

En mi recuerdo atesoro su voz, su silencio refugiado en la desesperación  y melancolía. Sobre esto se ha establecido cierta fascinación por una poesía escrita-inscrita en los límites de la existencia humana, no ajena a cierta tradición dentro de la poesía venezolana. Toda su obra poética reunida en este libro nos llevará a leerla como una primera vez siempre.  

Carmen Verde Arocha





Por eso me volví poeta
porque pasa lento el tiempo en la soledad.
¿No es apenas un peligroso instante
lo que sostiene nuestra cordura?
¿No depende la locura
de nuestra única, frágil cuerda?
¿No pende ella de un sólo término,
del preciso término,
aquel que nos salva
o nos condena?





He visto a un poeta escribir
acerca de la inutilidad de la poesía.
Ellos, en el final de sus vidas,
se vuelven caóticos y telúricos,
reflexionan sobre el cosmos,
denigran, con justa razón, del poema
mientras sus manos convulsionan
sobre un vaso de whisky
y vuelven al tormento inicial
que se expande ahora a las dedicatorias.
Dormitan sobre sus carátulas
pero ya no conspiran, como otros, en los salones.
Buenos y visionarios
no confiesan  nunca su debacle,
están sobre el fin del mundo.
Lloran porque la palabra se ha vuelto estúpida
y se preguntan si ha sido legítima la espera.




Hoy termino de aprender
que no hace falta
sólo un íntimo comienzo,
la palabra conclusiva
que lo vincule
y lo enlace todo,
que para escribir un poema
(dulce y ahíto recodo)
hace falta fundar
en las estrofas
un lugar donde permanezcan
nuestros silencios.
Tampoco bastan las sentencias,
gesto final y tardío:
(esta ocupación, la más
inocente de todas )
es preciso que el amor
se instale en leve abrazo
y anude las palabras
(tampoco se llega lejos).
Es necesario descifrar
la exacta medida, el vínculo necesario
donde surgen las hipótesis,
adentrarse en el punto decisivo
en que se cruza el verbo y
la mirada.




No he cambiado mi forma
sólo le he dado un nuevo destino a las palabras.
Te sorprenderás de esta nueva manera de darme,
estoy harta de esta manía de suicidarme
en cada verso, cada ocaso
quizás sea  así,
probablemente la partida.
No he cambiado mi forma
Sólo he decidido disimular
esa costumbre trágica
de abandonarme en el inicio
y reanudarme en la caída.
No he perdido el motivo,
he retomado mi manera habitual,
he reanudado el proceso,
no he perdido mi hilo central,
esa forma triste de designarme
en cada línea.



Antes de que la vergüenza
borrara el recuerdo de los crematorios,
un filósofo pidió al mundo
que no se escribieran poemas.
Escribir un poema
después de Auschwitz es imposible
-dijo-,
es una barbaridad.
¿Qué escribir sobre el color gris,
las fotos de los cabellos,
los lentes y los cadáveres?
Ese filósofo -Adorno-
prohibió cantar a los pájaros.
No había mucho que decir,
en tanto,
esos hombres no aprendieron poesía
en Treblinka.
Nunca quitaron el polvo de sus pocilgas,
ni superaron la envidia del gato.
Günter Grass
se volcó contra el mandato de Adorno.
Quería poner a prueba su talento.
Escribió un poema llamado Ascesis:
Tienes que utilizar ese traje nuevo.
Tienes que vivir de la orina
de los riñones mal lavados.
Esto recordé cuando iba a escribir
un poema.




No había sobre qué decir,
salvo las tertulias de hambre,
la imposibilidad de abstraer.
Había que andar
con el lápiz bien afilado.
Y escribir:
no escribas poesía
ni envidies la seda de las sinagogas.
Lo digo hoy
hastiada de miedo.



Si hubiéramos celebrado
el cumpleaños del poema,
si mi vida hubiera sido
como el hilo de una metáfora
y mis pretendientes aficionados
a vicios más erráticos.
Si el inicio hubiera sido
como estas mis nuevas costumbres.
Si toda mi primera vida
no hubiera caído en desuso, como hoy.
Quizás no conocería la diferencia.
Porque desear y apostar es lo mismo.




¿Quién puede decir que he perdido?
si no es menos naranja la naranja porque se pudre
si no es menos árbol el árbol porque se tuerce
si nos cubre el hábito del cielo
el hábito de la mañana
el hábito del día
Todo esto que hemos hecho
fructuoso o no
es nuestra piel, nuestro nombre
No podemos recorrer todos los jardines
no podemos tener todos los silencios
Este camino en nuestro único camino
nuestras raíces se han aferrado
al oro y al barro
hemos cosechado en la podredumbre
Que nuestro privilegio, nuestra ganancia
es la costumbre y el viaje
es a lo que me refiero.



Diría
que hace mucho
apenas viví
la frágil certeza
de un sueño.
Diría
que un día
me prometieron un
jardín de rosas
pero ni siquiera logré atravesar
este puente sobre las aguas
turbulentas.
Diría que mi vida
fue la de un trapecista
que ha perdido su cuerda
floja.
No diría
decir “aquellos tiempos”
algo tan obvio para uno
¿qué más da?
si todos los poetas
nos fundamos sobre un
primer lugar común.



Cómo duele
no dejar que entres
en mis labios vírgenes.
Cómo duele
planear el poema de amor.
Cómo duele
vivir como una vela
en el viento
cómo duele
un beso.



Martha Kornblith 
Poeta. Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Central de Venezuela. Cursó estudios en la Escuela de Letras de la misma universidad. Participó en varios talleres de creación literaria coordinados por Ida Gramcko, Armando Rojas Guardia, Rafael Arraíz Lucca. Fue miembro del grupo literario Eclepsidra y miembro fundador del Grupo Editorial Eclepsidra. Publicó Oraciones para un dios ausente (Monte Ávila Editores, 1995) y, póstumamente, El perdedor se lo lleva todo (Fondo Editorial Pequeña Venecia, 1997), Sesión de endodoncia ( Grupo Editorial Eclepsidra, 1997). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales e internacionales, entre ellas: Vitrales de Alejandría. Antología. Grupo Eclepsidra  (1994), El turno y la transición Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI de Julio Ortega (México, 1997), El hilo de la voz de Ana Teresa  Torres y Yolanda Pantin (2003), Perfiles de la noche: mujeres poetas de Venezuela, edición bilingue español-inglés, de Roowena Hill(2006), En-obra de Gina Saraceni (2008), Navegación de tres siglos. (Antología básica de la poesía venezolana 1826/ 2002) de Joaquín Marta Sosa (2003-2013). 


lunes, 10 de abril de 2017

Daniela Jaimes-Borges




La resistencia no siempre
es igual
ante todo  poesía 
dos, tres, incontables bombas
la trampa
e insistimos
poesía
hay muertos de hambre y frío
después muertos de miedo

no todos

algunos olvidaron por su Alzheimer

escribe toda la memoria
poesía

las manos heladas
naciendo a cada rato para no despertar peor
y gritas
poesía

y el último disparo 
no cerrará la puerta
porque estamos convencidos 
no tercos
de que ante el dolor
hay un pájaro que siempre canta
poesía.

Daniela Jaimes-Borges


A Jairo Ortiz, tarde.

viernes, 24 de marzo de 2017

Concurso Nacional de Poesía Joven "Rafael Cadenas"




…Cuando comencé a leer los poemas que los organizadores del Premio Rafael Cadenas nos iban enviando, me di cuenta de que estaba leyendo “el alma” del país. Lo más inquietante era la edad de los que habían enviado al concurso, dadas sus bases: jóvenes hasta 35 años. Recibimos casi 600 poemas de todos los estados, o de casi todos. Y mientras iba leyendo era evidente que ese otro país que decía no reconocer en su durísimo reclamo, se había hecho presente, las más de las veces de una manera consciente y dolorosa. (…)

No puedo imaginar para un escritor, sea poeta o ensayista o narrador, una tarea más difícil que recoger los pedazos que hemos ido dejando y que refuerza la idea del poema como pregunta: ¿Qué es esto que está aquí? “Si sabe el poeta de recoger las piezas”, se llama uno de los poemas que van a leer. En todo caso la pregunta es muy inquietante –qué es esto que está aquí-, porque abre una brecha tremenda entre ellos, los muchachos y nosotros “los mayores”, como decía Fina García Marruz en aquel poema memorable. (…)

No es un detalle que el concurso que convocó este premio lleve el nombre de Rafael Cadenas. No porque Rafael sea el mayor poeta vivo venezolano y uno de los mayores poetas vivos en lengua española, sino por lo que significa para Cadenas la poesía, cómo vive él la poesía, cómo es su relación con el tiempo y, por lo mismo, con el lenguaje que expresa la poesía. (…)

Lo he dicho muchas veces, para mí la poesía tiene por encima de otros valores, incluido el literario, el valor del testimonio humano: lo que pensó, y escribió una persona en determinado momento. Como testigo de su tiempo, el poeta es alguien que está mirando, decía Seamus Heaney, desde un lugar con vista de 360°. En lo alto de sus atalayas, los poetas son lectores privilegiados y de ese don también son responsables.

Yolanda Pantin

Aquí compartimos algunos de los 27 poemas seleccionados en esta primera edición del Concurso Nacional de poesía joven Rafael Cadenas, iniciativa de @autoresVzlanos y el @teampoetero.


A mí la locura
me viene de mi madre
que rezaba luciérnagas
en medio de lo oscuro
para darnos un universo inédito,
y sin embrago antiguo

Zurcía con barro y perfume de especias
el fisurado hueso del coraje,
por eso hay gotas de cielo
corriendo cual niños ensimismados
por los altos aires del deseo.

Júbilo eran sus cantos
lloviendo pájaros de amores
que nunca en la vida.
Porque antes de ser mujer y madre
era loca, loquísima,
no como Juana
ni Luz Caraballo,
la locura de mi madre
era un relámpago ebrio
desbordado sobre el pecho virgen
de mis hermanos y yo.

Mi madre era una verbena
amainando lágrimas
de niño Jesús tardío.

Alrededor del abuelo José Isabel, su padre,
que mascaba chimó mientras nos contaba sus amores
imposibles con Susana Dujim

y el fantasma de lirios insaciables de la abuela Ana Rosa
María, la paterna,
se burlaba dela mentira más hermosa del mundo.

Papá bailaba al son de esos alaridos elefantes
y boleros de Olga, la Guillot,
a quien encendía velas
para librarnos del silencio de los cielos,
cuando el destino apretada el cinturón de pelas milenarias,
y el arroz con leche de Fabiana, mi madre.
Nos daba el sana sana culito de rana por las tardes
como un salmo al viento,
nunca escrito,
por algún santo,
jamás.

Yorgenis Ramírez



La negritud de un lejano caballo ha traspasado mi temblor nocturno
he sostenido mi espinazo apenas con la soga de un corroído recuerdo
el sueño se erige sobre mis ojos como un oráculo de muerte
mi rostro huye
le he tramado una terrible artimaña
he tocado el hueso del grito
y heme aquí lavando mis senos con el agua turbia de la boca de los lobos
Arrastro mi desespero mi desconocimiento
estoy en el umbral de una tentadora puerta
me hallo ante el túmulo de luz salvaje
me prometo habitar las carnes rotas
me prometo el cuerpo
me prometo abrir la cáscara andrógina

            ser mujer-hombre 
lamer y lacerar un solo vientre. Ser mi hija y mi madre
 parir entre el moho relucientes cabezas y olvidarlas.
Olvidarme
Habitarme de forma absoluta y luego y arrojarme de mi misma.

Me espanta esta hambre y esta carencia
y me encanta no sentirla cada día.
El tiempo fue tiempo hasta que se detuvo ante mi sexo.
La soga está frágil
hay dientes, cuchillos y garras devorando parajes y cielos,
la soga está frágil y ya no quiero sostenerla.
Duele, duele el retorno
mi cuerpo se inmola, se desgaja, se lacera.
La soga está rota,
las ruinas laten sobre el sol.

Diana Moncada


Shemá PARA MÍ MISMO


Escucha, recuerda Israel,
cuando han halagado tus ojos tristes inquisidores
y en el exilio de la memoria un encanto
ha dicho tu nombre.
Escucha, recuerda Israel,
que tal vez no seas la más virtuosa
ni las más brillante de las naciones
pero sí la primera en abrazar el pacto.
Que no debes temer ahora a la soledad
ni al silencio,
ni dejarte vencer por el hastío
porque la virtud crece con la renuncia.
Escucha, recuerda Israel,
que llevas contigo tu patria
aunque te sientas extranjero
Si lloras al sol del mediodía
Aunque la costumbre dicte no llorar nunca,
Si te acongoja que alguien te corresponda
Aunque nunca piense en ti como tú en él,
Si te sientes en muerte
Cuando los demás viven la vida,
Si cuando vives la vida
Más te expones a la muerte
Y tienes que seguir, aunque duela.
Hay un estado de gracia
En ser un desdichado,
En ser el último país de la Tierra
y acaparar los mimos de la soledad
Y los fantasmas del silencio
Y dar las gracias a pesar de todo.
Escucha, recuerda Israel,
Cuando el innombrado te ordenó
Hacerte un templo
En Jerusalén
Para tus tragedias,
para tus holocaustos,
para las ceremonias de la cosecha y la vendimia,
para tus pequeñas alegrías,
para cantar elegías.
Pero destruyeron el templo
Las hordas de los romanos
Y tuviste que hacerte templo:
llevar el templo adentro
Para las tragedias
Para los holocaustos,
Para lo que te delata como tonto,
Para las alegrías, aunque pocas,
Y para cantar el dolor callando.
Escucha con la mente y las vísceras, Israel.
Medita en estas palabras
Y guárdalas en tu corazón
Para que no se disipen:
No salves a quien no merece ser salvado
No quieras a quien diciendo
Quererte no se arrepiente de sus pasiones;
Alimenta tu coraje, confía en tu suspicacia,
No dejes entrar al templo a quien no
Se ha hecho templo
Y no se conoce a sí mismo
Porque tiembla ante la soledad
Y teme al silencio.
Vístelas como tus hábitos.
Átalas como tu nombre al pensamiento.
Cóselas en tus manos
Y confía su peso a tu corazón
Porque ellas te augurarán
Cántaros de paz y de harto regocijo.
No hay más que hacerse templo:
Para la concentración y el gusto por la soledad,
Para el equilibrio de los humores,
Para beber las mieles del amor,
Para conseguir perdonarse por persistir
En tanto desgraciado desamor propio.
Hacerse templo.
Pero si no lo hicieras,
Si en un arrebato de obstinación
Y de arrogancia
Quisieras desentenderse de la alianza
Y desistir de la libertad
De hacer el mundo
Y salvar a quienes no merecen ser salvados a pesar de todo,
Recuerda,
Bueno es que sepas, Israel,
Que el cielo se cerrará sobre ti
Y derramará un diluvio de pesadumbre
Y no habrá refugio para ti
(adentro)
En el templo:
El viento del desierto calcinará tus huesos
Mojados en el salitre de la Gehena
Y arrecian la sequía
Para como si jamás hubiera tu retina
Sido tocada por la luz de la mañana
Trasnportarte a una oscuridad eterna
Sin estrellas
Y hacerte polvo.

Benjamin Mago




EL ASALTANTE

Un sendero de humo
cubre el cuello
del amante

su ejercicio
pasajera paciencia

ir y venir
sobre el columpio
que empuja Dios
hacia la salida
dela calle

su clamor
pedir un segundo
más de la compañía
entre la vida y la muerte.

Robert Rincón




MAR BÁLTICO


La sequía me persigue. Mi cuerpo de neonata no expuesta
a la divinidad navega en la balsa de mi padre . Hay una
manta que cubre el rostro leve, su olor salitre me sabe
maldita y arde, mi cara se incendia y me preguntas por
qué nací tan enferma. La sequía me persigue, mi padre ha
olvidado al diminuto cuerpo bajo el sol del caribe, navego
como un espejismo del trópico huérfano de noche. Padre,
he recolectado estos caracoles para ti. Padre,  he escrito
un poema para después de tu muerte, lo murmuro desde
esta balsa que es débil y me tiembla, lo murmuro para que
tu cuerpo inmóvil emerja.  Te ha llevado un mar oscuro
mientras solo juntaba mis manos lejos de casa. Eres ceniza
que no es mía ni de dios. Espárcete sobre este cuerpo
moribundo y diáfano, sopla la sal de mi pequeño pecho
enceguecido y dale a tu hija descanso eterno. Al final
siempre regreso hacia la sombra, esta balsa que habito se
ha detenido ante la especie. Si vine de tan lejos fue para
susurrar al triste animal del báltico sobre lo fácil que es
hundirse. Mis manos gélidas intentan aplaudir en el vacío. 
Nadie va a salvarnos cuando los muertos florezcan como
bacterias en lo ojos. Nadie va a salvarnos. He venido de
tan lejos y no se escuchan más que el hambre mientras te veo
nadar de espalda sin ahogarte. Nunca hubo más peso que
mis huesos en esta balsa. Nunca nadie, nunca. Apenas la
brisa seca del báltico tropezando con mi rostro en la última
señal de la cruz.

Nazareth Romero


TREINTA

Tengo treinta años y soy tan sensible como un niño solo.

Me he desnudado en la calle,
para dejar brotar un caudal de pena.
Me he detenido frente al dolor,
y con mis palabras he intentado sujetarlo,
pero resbalaron sus aceitosos costados.
¡Dolor cuánto te temo, cuánto te llevo,
aquí dentro, cabalgando con la sonrisa!
Te llevo espacio frío, en la oscuridad, en la sombra.

Tengo treinta años y sólo sé huir,
sólo sé escabullirme entre las líneas,
solo sé dibujarme de pie,
con la mirada perdida y el corazón en la manos.
Soy entonces esos ojos en los que rebotan las miradas,
sólo sé confundirme entre la gente,
y jugar a que sé quién soy,
jugar a que conmigo misma soy feliz.

Tengo treinta años y me duele la cabeza
Me martilla la palabra,
que me labra, que me labra,
me vuelve sola una estrella infinita.

Usaré entonces esa pala de la palabra,
y labraré mi vida entre sus manos.

Betina Barrios