martes, 5 de abril de 2011

Ricardo Ramírez / Venezuela


Ricardo Enrique Ramírez Requena (Ciudad Bolívar 1976). Es Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (2008) institución en la que finaliza actualmente el último semestre de la Maestría en Literatura Comparada. Se desarrolló como Librero principal de El Buscón Librería de Ocasión desde Mayo 2004 a agosto 2008. Se ha desempeñado como profesor de Lenguaje en la Universidad Simón Bolívar. Ha participado como colaborador con reseñas, narraciones y crónicas en los blogs: elapendicedepablo.blogspot.com y ficcionminima.blogspot.com, y en los portales de Relectura.org y Ficciónbreve.org, y en revistas en Venezuela y México. Actualmente se desempeña como profesor de Literaturas Occidentales en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y de Literatura en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Monte Ávila.


Cuerpo de mujer

1


Cuando el cuerpo habla, las palabras que lo nombren se deben ante él. Debe darnos aquello que enuncia en sus olores, el sabor del lugar del que procede. Cada cuerpo habla a otros como a sí mismo: despierta rechazos y acercamientos, dudas y certezas, epifanía y desconcierto. Así la palabra con el cuerpo: le habla desde su doblez y su carencia, su dulzura y sus aciertos. Cada palabra se levanta, se lava, suda, se perfuma desde el espejo del otro. Lleva un ritmo dictado por el cuerpo, que se abre sincero.


2


Me miras cuando ya no miro. Llevas tus talentos de hembra: calculas, haces pronósticos, observas mis hábitos, me juzgas, reconoces lo que te agrada. Imaginas cuanto costaría hacerme a tu cuerpo. Uno voltea y te sabe observando, con ese calidoscopio que es tu mirada de mujer. Uno habla y volteas tu ahora, oteando ese punto infinito que ustedes miran cuando decantan lo que decimos, la cara de bolsa con que uno se suelta. Incluso observas a quien me mira, ves la expresión de ella, ves de arriba abajo si podría ser o no tu competencia. Llevas una balanza en donde me pesas. Revisas tus bolsillos, tus monedas. Como ves, uno también se sabe presa.


4


Mejor no hacer nada. El demonio está aquí pero duerme. Los labios no están prestos y se secan. Mejor recojo tu humedad, acerco el fuego y respiro sus vapores arcada tras arcada. Mejor no hacer nada, solo eso. Los labios se prestan solos y humedecen. El demonio duerme siempre tibio. Vivo animal en su reposo.


5


Los labios resguardan a la mueca o a la risa, el aliento tibio y la longitud incalculable y húmeda de su lengua. Por los labios los hombres juzgamos cosas: su delgadez, la paridad entre el superior y el inferior, la tersura, el grosor. Los sabios significan una boca grande o pequeña, una sonrisa franca y abierta o pequeña e íntima. Son los labios analogía y metáfora de su propio cuerpo, de su color, su fragilidad. Ambos son reflejo de los otros, ambos se empapan o se secan deacuerdo al movimiento correcto. Se abren, muestran el oscuro fin en donde hacer casa y entonan serenos la más perfecta de las palabras: aquella que a veces, llenos de torpeza, no logramos escuchar, ni siquiera en los estertores del orgasmo.


6


La espera siendo fortaleza, columna que sostiene el abrazo del aire alrededor de los dedos, asidos a unas manos que no encuentro sino en sueños. La llegada tan débil, catarata que se riega por el cuerpo, afuera como adentro, y todo lo dispersa. ¿Hay mayor fragilidad que derramarse?, ¿hay mayor fortaleza que esperar que te derrames? Hazte a la tierra, cócela. Sostenla con tibiera, fórmala. Vendré con mis palabras desde el suelo. Has de este piso en que me esperas un ánfora de tiempo.


7


Las manos de ellas enseñan a tocar. Como ciegas, recorren tu rostro palmo a palmo, secreteándolo. Tocan los ojos, la frente, la nariz, los cañones de la barba, los labios, el mentón. Te apartan y te jalan hacia ella. Son rosadas como salmón o bronceadas. Manos de fregar o de reina, amarillas de nicotina o de mármol, largas de pianista, de palma grande o dedos pequeños, de dedos como estiletes que escriben con sangre en tu espalda. Con unas cortas o no, toman tu mano y la aprietan, la levantan, la acercan, la arrojan de su cuerpo. Con ambas cruzan tu cara con violencia o con calma. Con ellas amasan o firmas cheques de compañía, cambian pañales, hacen Yoga. Dirigen la ciudad con agitación o parsimonia, pintan el aire alrededor. Ellas buscan ser llevadas pero en verdad llevan. En una mano una flor y en la otra una navaja.


8


Uno mira desde lejos un cuerpo y se acerca. El camino desde el lugar en donde estás hasta ese cuerpo se paladea, se respira en sus olores traídos por la brisa. Uno mira desde cerca un cuerpo y se detiene a escucharlo. La boca se ha hecho agua. Sólo hay hambre en esas manos. Pronto viene el devorar.


10


Te desgranas fantasma, ahora, en la mañana. Intento descifrarte y no me dejas ya. Más que un sabio, un enfermo soy de tu olor. Es un círculo en donde lanzo la atarraya en cada calle y espero Del averno a tu olor, y de tu olor al averno.



Última vela


Las mujeres van cayéndose a pedazos, empiezan por los senos que las manos no contienen ya; no levantan más el rabo: sus labios se secan, su piel se seca y endurece en las axilas poblándose de lechos olvidados.


Ante las velas, cada una pide un viejo con quien morirse, que no las toque cuando duerman, que no reproche los vellos en sus cuerpos ni su lectura de sor Juana


Los hombres en cambio nos desplomamos de inmediato, no damos espacio a que el tiempo labore y surque sus espacios. Todo de golpe cae y se hace polvo mientras limpiamos el revólver y colocamos las balas.


Cada tanto tiempo, ella baja a los infiernos a cenar con sus demonios. Desaparece su mirada, su presencia de los días. Anida en sus carbones, los consulta y alimenta con su olvido.


Cuando vuelva, buscará que le espantes el azufre que la envuelve, solo eso. Tus palabras no curarán nada. Aunque la beses, no habrá lluvia entre sus piernas. En tus ojos buscará los parques, los campos de batalla, las lunas que pasan y que vuelven, a el que abandona los hijos, las manadas de perros por las calles, las barbas y la calvicie, los grandes templos, el sol en estos parajes de ferias y de ron, el ardor, la sangre.


Buscará en tus ojos un bastón y tu aroma de sudor viejo, un beso en la frente en las mañanas.


Ahora sabes.


Los hombres, a veces, también aprendemos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Ricardo Ramírez, termino de leer este último poema con un gran nudo en la garganta, me conmovió hasta la última fibra de mi cuerpo, que bueno saber que también aprenden

un abrazo solidario

Desde Colombia, una mujer cuyas manos ya no sujetan sus senos

Anónimo dijo...

Cada tanto tiempo, ella baja a los infiernos a cenar con sus demonios

que bueno este verso amigo, muy buenos tus poemas, un abrazo


Carlos Romero

Kira dijo...

Uno sabe de tu talento, pero degustarlo aquí en La Parada ha sido todo un deleite. Hermosísimos.

Ricardo Ramírez Requena dijo...

Muchas gracias a todos por sus comentarios. Es sabroso ser leído.
Gracias Kira, y amigo.
amiga desde Colombia, que el verso sostenga el aire que te permite respirar. un gran abrazo y un saludo solidario.

Hildegart Acosta dijo...

Ricardo, qué bueno encontrar aquí tus poemas, los disfruté; contundentes, sinceros y hermosos!

Un abrazo,

HILDE

Ophir Alviárez dijo...

"Cuando vuelva, buscará que le espantes el azufre..." Buenas imágenes que hicieron grata la lectura.

Abrazos!

Ophir