jueves, 17 de febrero de 2011

Francisco Cenamor / España


Francisco Cenamor (1965, Leganés, España). En 1999 Talasa Ediciones publica su primer libro, Amando nubes, lo que le posibilita viajar por toda España dando recitales. En 2003 sale su libro Ángeles sin cielo, editado por Ediciones Vitruvio, editorial que publica en 2007 su libro, Asamblea de palabras. En 2009, Ediciones Amargord publica su elaborado poemario Casa de aire. En breve (2011), la Editorial Luces de Gálibo publicará su poemario No somos nada. Nada somos. Incluido en antologías y revistas impresas y digitales, ha organizado numerosas actividades poéticas. Edita el blog literario Asamblea de palabras. Profesionalmente se dedica a impartir clases de interpretación y ha hecho pequeños papeles en películas y conocidas series de televisión.


el fin de la historia

ya no tiene sentido la normalidad
ha llegado el momento de los disturbios espirituales
de cortar la calle con macetas

plantar magnolias en las autopistas
arruinar el futuro sembrando esperanzas
poner comas entre sujeto y predicado

correr de espaldas palpando el presente
condenar sin juicio, enjuiciar sin condena
subir de dos en dos las escaleras

abrir de par en par las ventanas
de los viejos aposentos modernos
vaciar las estanterías metálicas

acudir silbando a la biblioteca
enarbolar banderas transparentes
que no nos amordacen los ojos

sorprendernos abrazados al paria
al que vino de lejos, a la prostituta
matar de risa al desamor

ir a la oficina de empleo cantando a puccini
pagar la ópera con la cartilla del paro
recitar poesía desde el patíbulo

construir con firmeza en las nubes
y cada noche, soñarse escondido en el jardín
ignorando elecciones generales y tarjetas de crédito


solo en barcelona

uno no se siente más yo
que cuando está solo en una ciudad que no conoce
y además hay calles desabridas
con hileras de dos faros que no se detienen
y oloroso silencio frente a la sagrada familia
ese esqueleto de fantasma
cuyas puntas se pierden en la noche del cielo
y el viento sopla frío
y las farolas están tristes
y las palmeras quedan ridículas en aquel frío
y por fin la rambla
donde paseamos todos los forasteros
y miramos cómo recogen las flores
y las putas tan jóvenes y negras
–como en tantos lugares–
y bajamos los ojos
y alguien mira y hace señas
y la ciudad es hostil de repente
y coges el metro en drassanes
hasta el frío hostal donde te alojas
y en la habitación piensas estás solo
pero es que esta vez querías estar solo

por eso es mejor que ella no haya venido
y hubiese mar y olor silencioso
fantasma de sagrada familia y ciudad que no conoces
farolas tristes y la rambla
forasteros y putas y metro
y la habitación del hostal donde estás solo
porque esta vez quieres estar solo



Del libro Asamblea de palabras (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2007)
cansancio ajeno

hay cada mañana una mujer maría
que se sienta al borde del abismo de su cama
mira hacia abajo antes de saltar
y duda sin remedio de si irá al trabajo

hay cada tarde un hombre manuel
que se sienta cansado en un banco del gimnasio
mira su peluda barriga que no baja
y piensa en sacar mañana todo su dinero e irse

hay también cada mañana un joven raúl
que coge sus libros para ir al instituto
mira con ojos dormidos el desorden de su mesa
y encuentra el cedé que le gustaría quedarse a escuchar

hay cada atardecer una abuela cipriana
que abandona con paso cansado el cementerio
mira con envidia la tumba del marido
y siente que pronto se liberará de su pesado cuerpo

hay cansancio en estos días extraños
y aunque me levanto de la mesa y lo dejo
me dan ganas de escribir al final del poema
que tal vez sean mis ojos los que se han cansado



Del poemario inédito Recuerdos de mi muerte
Abuelo

Llegábamos siempre de noche a aquel pueblo entrañable.
Sus habitantes, envueltos en el viento, sonreían.
Al entrar en la casa nos esperaba el olor familiar de una sopa caliente.
Los besos, los abrazos.
Abuela cubría nuestros pequeños cuerpos con sábanas de franela,
con aquella manta que tanto nos picaba.
A mi hermana y a mí nos asustaba el brillo opaco de la cruz
sobre nuestras cabezas, con su Cristo esperando un abrazo.

Abuelo nunca aparecía los viernes.

El sábado salía el sol en aquel pueblo.
Sonrosado, con su traje de pana, la boina limpia,
oliendo a aquella colonia rocosa, Abuelo entraba feliz en mitad del desayuno.
Rompíamos el silencio cómplice de la espera para saludarle entre risas.
Gotas de colacao y migas de madalena festejaban entre tazones de barro.
Le abrazábamos, roble que nos acogía entre sus ramas robustas.
Alborozados, nos subía en aquella impoluta bicicleta
que siempre recordaré apoyada en la cal de la entrada.
Con su impecable color marrón y su alazán de tintes dorados.
Nos paseaba por las estrechas calles mientras, risueños,
saludábamos a las señoras y a los gatos; aquellos sábados sobre dos ruedas…

El domingo, somnolientos, restregándonos con fuerza los ojos,
acudíamos a misa en la pequeña iglesia del pueblo.
Mi hermana y yo, muy juntos, imitábamos el gesto de los mayores
cuando recibían en sus bocas la sagrada forma.
Por la tarde había que marcharse.
Abuela nos cubría de besos y caramelos. Abuelo desaparecía de la casa.
Nos esperaba en la carretera y, al pasar, nos saludaba con ternura, sonriente;
con su bicicleta apoyada en algún árbol.

Un año,
tras otro,
y otro año.
No tardamos en crecer. Tampoco tardó Abuelo en morir.
La bicicleta siguió presidiendo la entrada de la casa.
Los habitantes del pueblo fueron pareciéndonos, poco a poco, menos felices.
Mi hermana dejó de ir. Abuela también murió;
se abrazó muy fuerte a su marido cuando la enterramos.

Un día, el brillante alazán quedó borrado por el ocre orín del hierro.
Mi padre llevó la bicicleta al vertedero que estaba en la carretera.
La dejó apoyada en un árbol caído.
Al marcharnos la vi, y a Abuelo saludando con su sonrisa de ternura.
Nunca quise volver.

2 comentarios:

Francisco Cenamor dijo...

Buen poeta, jajajajaja. Gracias, un abrazo.

Perfecto dijo...

Sí, buen poeta. Unas composiciones frescas, novedosas, bien trabadas. Un placer volver a leerte.

Un abrazo.