domingo, 11 de enero de 2026

Ana Luísa Amaral / Poemas

 

TESTAMENTO

Voy a partir en avión
y el miedo a las alturas liado conmigo
me hace tomar calmantes
y tener sueños confusos.
 
Si yo muero
quiero que mi hija no se olvide de mí
que alguien le cante, incluso con voz desafinada,
y que le ofrezcan fantasía
antes que un horario estricto
o una cama bien hecha.
 
Denle amor y el ver
dentro de las cosas
soñar con soles azules y cielos brillantes
en vez de enseñarle a bien sumar
y a pelar papas.
 
Preparen a mi hija
para la vida
si yo muriera en un avión y
quedara desligada de mi cuerpo
y fuera átomo libre allá en el cielo.
 
Que se acuerde de mí mi hija
y más tarde que le diga a su hija
que yo volé allá en el cielo
y me torné deslumbrada alegría
al ver en su casa las sumas erradas
y las papas olvidadas en el saco

e íntegras.

NI TÁGIDES NI MUSAS

Ni tágides ni musas
Solo una fuerza que me viene de dentro,
de un punto de locura, de pozo
que me asusta,
seduciendo.

Una fuente de hilos de agua
finísima
(un rayo de luna de más
la secaría)

Ni río ni lira
Ni femenino mundo transbordando:
Sólo lo que heredé en fuerza no heredada,
En fuentes donde la luz de luna
No está.

RELATIVIDADES

Albert Einstein tenía el cabello hirsuto
y blanco con la edad,
y nariz husmeadora junto al tiempo.
 
Y así dejó el verso
más perfecto:
velocidad al cuadrado
en ecuación de luz.
 
Agitando por el espacio
la energía mil igual a la masa
(las veces que lo puse
en otros versos).
 
Mas era de mirada larga,
los párpados tan tristes
de tanto ver más allá de nosotros:
melodías de sueño y teoría,
filamentos hirsutos junto al sol,
hongos, acordes.
 
Y en la corriente cuántica de las cosas,
entender que lo más ancho
es lo que no se ve:
 
cuadrado inconsciente
generando,
encendido y blanco,
una eme ce ofensiva:
 
por moderno y feroz
auto de fe.

EL EXCESO MÁS PERFECTO

Quería un poema de respiración tensa
y sin pudor.
Con la elegancia redonda de las mujeres barrocas
y un refinado arbusto en su reverso.
Un poema que, de sólo verlo, Rubens envidiase
desde lo hondo de tres siglos,
con un cuerpo magnífico recostado en un sofá,
y los brazos desnudos, reclinados,
con brazaletes tan (pero tan) bellos,
y un Cupido en la cima,
en su nicho de nubes,
para cuidarlo con ternura.
Quería un poema así.
Más allá de los ideales griegos
de equilibrio.
Un poema hecho de excesos y dorados
pero, aún así, hermoso de una fuerza oscura
y mística.
Ah, como quería un poema diferente,
de la pureza del granito, y la pureza del blanco,
y la transparencia de las cosas transparentes.
Un poema que exultara de angustia,
un gran rododendro color sangre.
Una entera avenida de rododendros donde el viento,
al pasar, se detuviera deslumbrado
y en desvelo. Y se quedara allí, preso en el canto
de sus brazaletes tan (pero tan)
bellos.
Desnudo, de redondas formas, tal poema quería.
Una contrarreforma del silencio.
Música, música, música ocupando su cuerpo
y el cabello con trenzas de flores y serpientes,
y una fuente de asombro polifónico
corriéndole en los dedos.
Tumbado en un sofá de terciopelo,
con su desnudez plena y redonda
haría palidecer grifos y sirenas.
Y los pobres templos, de líneas tan limpias y tan puras,
temblarían de miedo ante el fulgor
de su mirada. De oro.
Música, música, música y explosión de color.
Asomado desde el fondo de tres siglos,
un Murillo callado vería
qué sencillos habían sido sus ángeles
comparados con los ángeles desnudos
de este poema,
cantando a coro junto a otros
astros rubios
salmos de amor y de un perfecto exceso.
Como los grifos palidece Góngora
ahora que lo observa.
Esta contrarreforma del silencio.
Su mano levantada rumbo al cielo, cargada
De nada.

KAMASUTRAS

Tira toda la ropa
al suelo.
Deprisa. Sin momento seductor
ninguno
 
Las prendas en pedazos,
desmayadas,
tumbadas por el suelo.
Desde lo más pesado a lo infinitamente
más leve
 
Y deja la luz
prendida. Sin seducción
ninguna. Una luz por lo menos
de 60 vatios.
O sino cruda,
de supermercado.
 
Escoge armario,
lugar escuadrado
donde los cuerpos
no puedan descansar.
Sin ningún tipo
de preliminar,
asáltame
vestida:
 
que yo tenga toda la
ropa. Desde lo más pesado
a lo infinitamente más
leve.
Luces todas prendidas
Deprisa
y de repente
 
Pasemos a la cocina
Y allá, en una poética de manos,
en suprema gimnasia del mirar,
comamos lentamente,
como saber hindú,
los restos del asado sobrante
de la cena
 
A la luz
fosforescente
y seductora, en lo más
preliminar,
lanza contra el fogón,
por encima del hombro,
la copa de cristal
(de las de pie alto!) 
Que el suelo,
al serle agudo como asfalto,
le enseña el kamasutra
en última edición!

MATAR ES FÁCIL

Asesiné (tan fácil) con la uña
un pequeño mosquito
que aterrizó sin permiso y sin licencia
en la hoja de papel.
Era tan insustancial,
de alas imperceptibles a la vista,
que dejó, muerto en la hoja, un rastro
igual a casi nada.
Pero era un rastro
con un resto de magia, un pretexto
de poema, y con su linfa ardiendo
por un tiempo más breve
que mi vida
no dejaba de ser
un tiempo vivo.
Abatido sin lanza ni puñal,
sin sustancia mortal
(digno cianuro o estricnina),
murió, víctima de una uña,
y volvió al polvo:
una efímera harina triturada.
Mas ha de contener,
igual que sus parientes,
una cosa concreta,
que de aquí a unos cien años,
será la misma sustancia.
la que alimenta la tibia de un poeta,
el rostro que se amó,
el pedazo de papel en el que escribo,
el más pequeño punto imperturbable
en la cola de un cometa.

PLEGARIA EN EL MEDITERRÁNEO

En lugar de peces, Señor,
dadnos la paz,
un mar que sea de olas inocentes y,
al tocar a la arena,
gente que vea con corazón de ver,
voces que nos acepten.
 
Es tan duro el viaje
e incluso la espuma hiere y hierve,
y, de tan alta, ciega
durante la travesía
 
Haced, Señor, que no haya
muertos esta vez,
que las rocas estén lejos,
que el viento se aquiete
y que vuestra paz al fin
se multiplique.
 
Pero después de la balsa,
de la guerra, del cansancio,
después de los brazos abiertos y sonoros,
sabría bien, Señor,
un pan blando
y un pescado, podría ser,
del mar
que es también nuestro.

LA CARTA

Señores:
tienen que el dolor y la ausencia tener sabor,
un cierto aroma dulce y demorado,
en forma de mil ojos.
 
Pues vosotros habéis contemplado esa mi ausencia,
dijisteis que de ella crié palabras,
pero no por mi mano.
 
En vuestra historia, señores,
yo fui solo voz,
en vez de gente entera.
 
Entera, nunca lo fui,
doblada al medio por lo oscuro de los hábitos,
por las promesas forzadas que cumplí,
por el deber que me dictó mi padre.
 
Sin embargo, yo las hice, a las letras de esas cartas,
yo, que las fui construyendo lentamente,
en la oscuridad de la celda.
 
El resto vosotros lo robasteis
y en otra lengua,
y en mitos que eran
necesarios.
 
No fui solo voz:
fui yo, dueña de mí,
porque las letras fueron mías, y el amor,
y el odio demorado.
 
Solo para eso me valió vivir,
para componer, igual a sinfonía,
todo lo que consideré.
 
Él fue solo palabras que en palabras forjé,
yunque donde moldeé espadas y lanzas,
la lumbre necesaria.
 
Lo único que no moldeé
fueron las rejas de la prisión donde viví:
esas, vosotros las moldeasteis
hasta la incandescencia.
 
Pero, en las letras que compuse,
yo inventé la ausencia mejor que nadie.
Yo fui la mano de la ausencia
en una celda oscura.
 
Y sus actos fueron mis metáforas,
imágenes que me seguían, más fuertes
que la vida.
Por eso me llamasteis, señores,
en vuestro tiempo, una palabra nueva y ágil:
literatura.
 
Y así yo fui vuestra voz,
y dulce mito. Y nada más
fui.
 
Hoy quiero deciros,
en este tiempo tan oscuro,
pero de una oscuridad diferente a la que yo tuve:
adiós.
 
Dejadme en lo oscuro, el mío.
Porque al lado de la mía,
vuestra ausencia, esa que me plantasteis,
nada es.
Ojalá supieseis vosotros lo que es la ausencia.
 
Ausencia: yo: demorada en estas líneas.
Decir con cuanta oscuridad
la noche se deshace
y se construye.

LA LUCHA

Para Marianela

Érase una vez
en un cuarto de chica,
un cajón lleno de libros
permanentemente amenazados
por la posible ocupación
de un ajuar.

¿Qué hacer?
¿Dejarse estar tranquilos
en espera de que unas tontas sábanas
y unas toallas inútiles
llegaran a invadir su territorio?
¿Luchar por conservar esos derechos
tan arduamente
conquistados?

Se hizo una asamblea,
única solución en estos casos,
pero no había manera
de llegar a un acuerdo.
Ya ven: cuando el problema
Es de orden general.

Se exaltaron los ánimos.

El Extranjero,
que no estaba de acuerdo con los modos
de proceder violentos,
agredió a El Principito
rasgándole sin pena ni piedad
las páginas centrales.

Frankenstein,
adepto de una marcha silenciosa
portador orgulloso de una tapa de plástico,
rasgó violentamente la tapa de colores
de una antología poética francesa
que, por las circunstancias desiguales,
sólo pudo gritar su alejandrino
de un modo patético y conmovedor.

Al final,
Ninguno salió ileso.
Secretarios, oradores,
exhibían con una mezcla
de orgullo y sufrimiento
cicatrices gloriosas.

Incluso a Edipo, el Presidente
en el momento en que pedía calma,
lo privaron de su camisa
y lo arrastraron más de diez centímetros por el cajón
donde quedó inerte, con las hojas abiertas,
casi inutilizado.

Ahora, el problema ya no era
El invasor, sino la lucha interna,
Los odios concentrados.

Ahora lo que importaba
Era sobrevivir,
Ser libro.

Eso
Lo entendió la edición
traducida y anotada de Hamlet,
que observaba olvidada,
en un rincón,
guiñando los ojitos,
a la turba ululante y murmuraba:

Ser o no ser, he ahí la cuestión,
Ser o no ser, he ahí la cuestión.

Ana Luísa Amaral (Lisboa, 5 de abril de 1956 - Leça da Palmeira, 5 de agosto de 2022) fue una de las poetas más singulares y destacadas de las letras portuguesas contemporáneas, además de traductora, ensayista y profesora de la Universidad de Oporto. Su lírica se caracteriza por entablar un diálogo constante con lo cotidiano y lo doméstico, conectándolo con la gran tradición literaria universal (como Emily Dickinson o William Shakespeare) y atravesando temas de índole feminista y filosófica. A lo largo de su trayectoria publicó más de treinta libros y recibió galardones tan importantes como el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2021.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


No hay comentarios: