jueves, 7 de octubre de 2021

Margaret Atwood (6 poemas)


Salida de la maleza

Yo que había sido borrada por el fuego
me fui cubriendo
de verde
(qué
estación más luminosa)

Con el tiempo los animales
vinieron a habitarme,

primero uno
a uno, furtivos
(sus conocidas huellas
quemaban); y después
al haber ya trazado nuevos límites
volviendo, más
seguros, año
tras año, de dos
en dos

pero inquietos: no estaba preparada
del todo para que me habitaran

Les pudo parecer que
pesaba demasiado: pude haberme
volcado;
Me daba miedo cómo
el brillo de sus ojos (verdes o ámbar)
llegaba al exterior desde dentro de mí

No estaba terminada; de noche
no veía sin candiles.

Él escribió, Nos vamos. Contesté
No me queda ya
ropa que ponerme

Llegó la nieve. Fue de gran ayuda
el trineo; quedaba atrás su rastro
como si me empujara a la ciudad

y una vez rodeada la primera colina, me encontré
de repente
deshabitada: ya se habían ido.
Hubo algo que casi me enseñaron
y que al irme no había aún aprendido.
...


La muerte de un hijo ahogado

Él, que llegó con éxito tras navegar el río peligroso
de su venida al mundo,
se ha vuelto a ir

a un viaje de descubridor
por este territorio en el que yo he vagado
sin llegar a tocarlo, a hacerlo mío.

Sus pies se resbalaron de la orilla,
y a él se lo llevaron las corrientes;
lo arrastró la crecida entre hielos y árboles

y se ha perdido en un lugar lejano,
la cabeza como una batisfera;
miró con las pequeñas burbujas de sus ojos

como un aventurero temerario
por un paisaje más raro que Urano
que todos conocemos y que algunos recuerdan.

Fue un accidente; se quedó sin aire
y, como un corazón, cayó en el río.
El cuerpo, que era seña

de mis planes y mapas del futuro,
lo sacaron del fondo con ganchos y con palos
entre los troncos que al flotar chocaban.

Era la primavera, el sol aún brillaba
y la hierba incipiente ganaba solidez;
la claridad alumbraba los surcos de las manos.

Estaba fatigada por las olas de aquel largo viaje.
Pisé la tierra firme. Las velas de aquel sueño
se vinieron abajo, destrozadas.

En esta tierra él
es mi bandera.
...


Él es un raro fenómeno biológico

Tienes cáscara, como los huevos y los caracoles

En el jardín estás
por todas partes y lo destruyes,
eres difícil de erradicar

Carroñero, solo comes
carne muerta:

Tu piel es ahora
pura proteína
tersa como gelatina o como
el vientre viscoso de las sanguijuelas

Eres sinuoso y sin huesos
Tu lengua deja cicatrices diminutas
de textura cenicienta como flores enmohecidas

el humo es tu medio; no tienes
clorofila; te extiendes
de un lugar a otro como una enfermedad

como las setas vives en armarios
y solo sales por la noche.

Quieres volver adonde
el cielo habitaba en nosotros

los animales nos atravesaban, nuestras manos
bendecían y mataban de acuerdo a nuestro
criterio, la muerte
hacía borbotear sangre de verdad

Reconozcámoslo, sin embargo: hemos
mejorado, nuestras cabezas flotan
varios centímetros por encima de nuestros cuellos
ancladas a nosotros por
tubos de goma y rellenos de
ingeniosas burbujas,

en nuestros cuerpos
viven billones
de mullidas cifras rosas
que se multiplican y analizan
a sí mismos, perfeccionan
sus propias exigencias, sin causar molestias.

Te quiero por
pedazos y cuando trabajas.

¿Quieres ser analfabeto?
Esta es la forma, acostúmbrate.
...


Durmiendo al sol

Durmiendo al sol
(me ocupas
tan completamente

recorres mi cerebro como química
caliente y oro
fundido, alas extendidas contra
la punta de mis dedos
alcanzan mi corazón y allí
se detienen, hincando tus garras

Si eres un pájaro de qué tipo /
nada que haya visto nunca
en el aire / vuelas
a través de la tierra y el aire arrojando
una sombra roja

La puerta me despierta, es
tu enjoyado ojo viperino
a oscuras cerca del
mío, plumas brillantes de
pelo se ciernen sobre mi frente

...

 

Axioma

Eres un mar.
Tus ojos-
párpados que se curvan sobre el caos

Mis manos
donde te tocan, crean
pequeñas islas inhabitadas

pronto todo tú 
serás tierra: un conocido
suelo, una nación.

...

 

El instante

El instante en que, después de muchos años
de arduo trabajo y un largo viaje
te detienes en el centro de tu habitación,
casa, medio acre, milla cuadrada, isla, país,
consciente al fin de cómo llegaste ahí,
y dices, esto es mío,

es el mismo instante en que los árboles desatan
sus suaves brazos de tu alrededor,
las aves recuperan su lenguaje,
los acantilados se agrietan y colapsan,
el aire se aleja de ti como una ola
y no logras respirar.

No, susurran ellos. No eres dueño de nada.
Eras un visitante, una y otra vez
subiendo la colina, plantando la bandera, proclamando.
Nunca te hemos pertenecido.
Nunca nos encontraste.
Fue siempre al contrario.


Margaret Eleanor Atwood (Ottawa, Canadá) es una poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Es miembro del organismo de derechos humanos Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, en defensa de las aves. Atwood ha escrito novelas de diferentes géneros, ensayos, relatos y libros de poemas. 

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