TU BOCA VIENE A MÍ, SOLO TU BOCA…
Tu
boca viene a mí, solo tu boca.
Viene
volando,
libélula
de sangre, llamarada
que
enciende ésta mi noche de ceniza.
Toda
la sal del mar habita en ella,
todo
el rumor del mar,
toda
la espuma.
Boca
para los besos dibujada,
donde
duerme tu lengua tentadora.
Todo
el vino del mundo está en tu boca,
todo
el pecado
y
la inocencia toda.
Boca
que calla y cuando dice, oculta.
Capaz
de toda la verdad tu boca,
de
toda la verdad y la mentira.
Ríe
tu boca y se despierta el día.
(Relámpagos
de nieve hay en tu risa).
Como
un tropel de potros me atropellan
los
besos de tu boca deliciosa;
tu
boca, mariposa equivocada,
tu
boca ajena que se desdibuja
en
mi noche de círculo y ceniza.
LABERINTO
Condenada
a ser sombra de tu sombra,
a
soñar con tu nombre en cada madrugada.
Por
la ventana abierta un olor errabundo
de
vida, -¿y tú en qué calle?-
un
temblor en la luz,
el
llanto de algún niño.
Y
tus ojos cerrados,
o
tus ojos abiertos como dos golondrinas,
y
tu mano en el agua o tu mano en tu pelo
o
tu mano en el aire con su triste blandura,
-¿y
en qué calle tus pasos?-
y
yo en sueños atada al hilo de tus sueños,
condenada
a ser sombra de tu sombra,
a
soñar con tu nombre en cada madrugada.
DESOLACIÓN
Ese
sonar de aldabas me levantó del sueño,
sobresaltó
mi corazón dormido.
Cuánto
ruido trajiste a esta casa:
Qué
músicas extrañas,
qué
silencios no oídos.
Todos
los corredores se poblaron de ti
y
olvidaron de golpe su soledad de siglos.
Un
aroma de mar invadió las alcobas
y
a un día tembloroso se abrieron sus postigos.
Ese
sonar de aldabas sobresaltó mi noche,
rompió
candados y rompió cerrojos.
No
podía saber que cuando el aire
barriera
el polvo en todos los rincones
y
de olor a manzanas se llenara la huerta,
te
marcharías sin sonar de aldabas,
dejando
tus silencios
y las
puertas abiertas.
TIEMPOS DE PESADUMBRE
Pongo
mi corazón sobre esta mesa,
transido,
desatado, hondo de pena.
Qué
tirante y azul el cielo con su ojo.
Pero
este oscuro dardo en el costado,
el
látigo chirriando
y
la espuela que quema la mejilla.
Y
este dolor aquí,
este
dolor de todos,
su
rostro contra el polvo y este llanto.
Pongo
mi corazón sobre esta mesa,
impúdico,
aterido, con sus clavos.
Un
viento atolondrado
despeina
en mi jardín el algarrobo.
Pero
y
esta piedra en el pecho,
y
este piso de erizos, y el mordisco rabioso,
y
esta taza en pedazos que nos corta los dedos.
Mi
corazón se obstina y el sol calienta afuera,
y
tan sólo callamos con la mano en la frente.
CANCIÓN PARA MAÑANA
Hoy
que
me he puesto mi vestido nuevo y me paseo
entre
gentes ruidosas, atareadas,
y
que el mundo parece seguir el plan trazado,
su
comba en forma plena, con la máscara puesta,
hoy
que Dios ha asomado puntual a mi ventana
y
me ha dado solícito mis gafas y mi pluma,
puedo
soñar mi muerte (usted tendrá la suya)
mientras
miro la vida pasar por mi ventana.
Mi
muerte con su sábana y su dolor de golpe,
mi
muerte en plena calle con la sonrisa puesta
y
el libro en el bolsillo,
pero
tal vez espinas en los ojos y agujas en las uñas,
y
la sonrisa colérica de la bella enfermera,
y
el algodón de sangre y las tijeras,
y
un pedazo de cielo en la ventana,
un
cielo que tendré que aprender de memoria
para
llevarlo conmigo a donde sea.
Mi
muerte con su olor y sin tu mano.
Mi
muerte con su astilla y sin tu cuello.
Mi
muerte y su responso y su esperanza.
Mi
muerte sin yo misma ¡Qué tristeza!
Hoy
que todo va bien,
que
todo el mundo apuesta, pone su firma, suma,
puedo
soñar mi muerte,
esa
mi sola muerte,
sola,
sola.
DE LOS MIL USOS POSIBLES DEL POEMA
Se
ha convenido ya -todo el mundo así opina-
en
que es enteramente inútil el poema.
Y
sin embargo, hay momentos en que aun sin saberlo
el
poema se llena de amor y es esa carta
de
reconciliación que nunca escribiremos.
O
es ese puente de ventana a ventana que pasamos
con
el alma encogida, deseando el vacío.
manopla, salvavidas, aeroplano
que nos permite contemplar olímpicos
el
trasegar sin fin de tantas gentes
tristes
de haber nacido y tristes de ir muriendo.
(A
veces, desde arriba nos miramos
pasar
alucinados y sombríos).
El
poema es también tirabuzón,
anzuelo
que se tira en viejas aguas.
Máquina
de hacer pompas de jabón,
es
vendaje, es compresa, es sanguijuela
que
extrae los venenos de la sangre.
Juguete
de latón. Consolador de viudas.
Monstruo
de mil cabezas, matita que sembramos
en
medio del jardín, conjuro mágico,
bisturí,
cuerda floja, cobertizo.
Estos
apenas son algunos de los muchos,
los
incontables usos del poema,
ese
extraño artefacto que circula
en
forma clandestina y peligrosa
en
nuestros territorios.
Esté
alerta.
NOCTURNO
Mi
noche es como un valle reluciente de huesos.
La
piel, arena, sílice. Los labios, agrietados.
Una
cruz de ceniza sobre el vientre desnudo.
Heme
aquí entre malezas, en medio de rastrojos,
muerta
de cara al techo de la alcoba,
con
la luna bailando en la pupila
y
el corazón como una liebre herida
que
persiste en vivir. Quizá algún día
un
enjambre de abejas fabrique su colmena
cerca
de mí. Quizá algún día
me
despierte el zumbido de su vuelo
sobre
mis ojos, sobre mi garganta
y
reverbere el cuerpo, luminoso,
como
un mar que cantando alza sus olas.
TU NOMBRE
Cuando
el dolor ha triturado ya el último hueso de mi noche
y
sólo habla el silencio al corazón insomne que hila
y
deshila penas y memorias
viene
tu nombre hasta mi cuarto a oscuras.
Con
un galope seco viene tu nombre abriendo
un
camino entre nieblas
instaurando
sus voces sus redobles
sus
erres que retumban como un grito de guerra
su
bronco acento de campana rota.
Tu
nombre es tantas cosas:
el
recuerdo de un barco que viene de ultramar y sus tercos marinos
el
fuego entre la piedra
gota
roja
que
va tiñendo la pared del alba.
En
él puede escucharse la voz de los que creen
con
mística implacable y fe colérica.
Pero
es también dulzura tu nombre
muro
blanco donde mi mano traza los signos del sosiego
lugar
donde recuesto mi cabeza.
Entre
tu nombre y tú sin embargo un silencio
una
grieta nocturna donde anidan los pájaros.
ROSAS
Con
el estiércol que arrojan a mi patio
abono
yo mis rosas.
Aéreas
en sus tallos, de la luz se alimentan
aunque
lleven la muerte dormida en sus corolas,
y
su belleza, inútil como toda la belleza,
sus
espinas inocuas, hacen cerco
al
corazón, guerrean
con
la bestia que acecha en la tiniebla.
ENCUENTRO FORTUITO
Una
vez fuiste un ángel,
mi
más bello demonio.
Horas
hubo en que ardí en tu luz
y
horas
en
que fui por tus llamas arrasada.
Después
fue la memoria.
Por
ella fui y volví como un buscador de oro
que
se atreve al rastreo por terrenos minados.
El
tiempo y yo limamos tus aristas.
Te
hicimos un altar, te consagramos.
Pero
la vida quiso que volvieras:
En
pleno mediodía la calle te hizo humano,
sin
alas y sin cuernos,
y
tristemente helado.
ENTONCES, ASÍ ERES
Una
foto. Una sencilla foto
llegada
por azar hasta mis manos.
Allí
estás, con tu frente tocada por la sombra,
y
los ojos hundidos,
y
ese gesto soberbio
que
no alcanza a matar la incertidumbre.
La
vieja imagen
se
funde con la nueva, y se deshace
como
una carta rota en un estanque.
La
miro largamente, como pidiendo al tiempo que me cuente
lo
que no sé. Y la leo
como
un ciego reciente
que
con sus dedos se aventura al braille.
Busco
revelaciones. Quizá historias o claves.
Y
repaso uno a uno tus rasgos, como el hijo
que
ve cómo la muerte desdibuja
la
cara de su padre.
Entonces,
así eres.
Y
en la foto tan vivo y en mi historia tan muerto.
Hasta
tu suéter gris no me recuerda nada.
¿Por
qué entonces te nublas de repente
y
una lluvia menuda deslava tu cadáver?
Piedad
Bonnett (Amalfi, Antioquia, 18 de enero de 1951) es una destacada
poeta, novelista, dramaturga, traductora y crítica literaria colombiana,
galardonada con el prestigioso Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana
2024. Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes y
magíster en Teoría del Arte y la Arquitectura por la Universidad Nacional de
Colombia, ha ejercido como profesora y figura clave de las letras
hispanoamericanas. Su obra transita con hondura por los territorios de la
memoria, el amor, la cotidianidad y el duelo ante la pérdida.
