miércoles, 10 de noviembre de 2021

Sharon Olds (11 poemas )

 






UN TIEMPO DE PASIÓN

 

Después entramos en un tiempo de pasión tan

extrema que era casi calma, el cuerpo

duplicaba lo que quería soportar. La angustia

y el placer jugaban una con otro. Nos salíamos de lo que yo había

pensado era el camino, y volvíamos fácilmente.

Y todo se hacía bajo una luz tranquila, como si nuestros

sueños infantiles se hubieran despertado, el antiguo

equilibrio de poderes desnudo en el cuarto,

el chasquido ocasional de una palmada cargada de lujuria dulce

y extrema. Cuando me oía a mí misma pidiendo cosas,

mi susurro grave era como el siseo

de alguna otra criatura. El sexo había sido

como música, alto y brillante como la luna,

azúcar como la leche que había saltado en un pequeño

arco desde el pecho. Había parecido que estábamos desatados

como el fuego puede desatarse de la tierra,

o el aire del agua, que éramos flores que las estaciones

abrían y cerraban, habíamos sido interpretados. Ahora

éramos dos personas, jugando la una con la otra,

como si no hubiera habido nada sagrado. Ahora,

entraban la voluntad, el abandono del cielo,

y extremos de emoción que yo no había sabido que existieran

fuera de las habitaciones donde las personas se lastiman unas a otras.

Nos amábamos. Nuestro nido había estado vacío

por unos años ya. Encerrados juntos, o un

dedo de uno tocando un

pezón del otro, volábamos de cabeza hacia

la tierra y salíamos de ella, como ensayando.

Nunca se me cruzó la idea de que él ya no me

amara, de que hubiéramos dejado el reino del amor.


ACEITE DE PESCADO

 

Una medianoche, llegué a casa después del trabajo

y el departamento apestaba a pescado

frito. Todas las ventanas estaban cerradas,

y todas las puertas, abiertas, de

la sartén y la espátula se desprendía una espiral

espesa de oliva y bacalao. Mi marido

dormía. Abrí las ventanas y cerré

las puertas y puse los platos en la pileta

y los sumergí en detergente. Al día

siguiente le fui con el chisme a una amiga, y ella dijo,

algunos podrían vivir con eso, y hasta

aprender a disfrutar del olor a frito. Y esa noche,

miré a mi amor, y quien él es

me tocó el fondo del corazón. Busqué

una botella de extra-extra virgen,

y una receta de filete de mar en

aceite de oliva, llené los cuartos con

volutas de perfume de aleta, el contorno

en la arena que dibujaron los primeros cristianos,

el lazo que significa seguridad, que significa yo también,

recordé el ceño fruncido de mis padres frente a cualquier

dejo de olor fuera de la cocina,

el escalofrío calvinista, en esa casa, frente a la dulce

grasa de la vida. Yo había venido a mi compañero

aturdida, anhelante, un poco de sal

en su canasto de pesca, una chica en aceite,

su plato. No había sabido que uno

pudiera aprobar a otro completamente – que uno pudiera

despertarse un día rancio, que uno pudiera despabilarse

del sueño del enjuiciamiento.

 

 

LA PROMESA

 

Con el segundo trago, en el restaurant,

tomados de la mano sobre la mesa vacía,

hablamos de eso otra vez, renovamos nuestra promesa

de matarnos el uno al otro. Estás tomando gin,

el enhebro azul noche

se disuelve en tu cuerpo, yo tomo Fumé,

mastico su tierra fragante y ahumada, estamos

recibiendo tierra, ya somos en parte polvo,

y donde sea que estemos, estamos también en nuestra

cama, encajados, desnudos, a lo largo uno del otro,

cercanos, embriagados

después del amor, entrando y

saliendo del borde de la conciencia,

nuestros cuerpos felices, entrelazados. Tu mano

se tensa sobre la mesa. Te da miedo

que me acobarde. Lo que no quieres

es agonizar en una cama de hospital por un año

después de un infarto, incapaz

de pensar o de morir, no quieres

que te aten a una silla como a tu impecable abuela,

profiriendo insultos. El cuarto en penumbras

a nuestro alrededor,

globos de marfil, cortinas rosadas

ceñidas por la cintura —y afuera

un anochecer de verano tan leve,

alto, luminoso. Te digo que no me

conoces si creer que no te

mataré. Piensa en cómo hemos flotado juntos,

mirándonos a los ojos, pezón contra pezón,

sexo sobre sexo, las mitades de una criatura

resurgiendo hasta el borde de la materia

y sobrepasándola —me conoces de la brillante

sala de partos salpicada de sangre, si un león

te tuviera entre sus dientes yo lo atacaría, si las sogas

que ataran tu alma fueran tus propias muñecas, yo las cortaría.

 

 

ÚLTIMA HORA

 

En medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,

la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde

los pájaros vadean para buscar moluscos —me acosté,

y el primer cascabel de la muerte sonó

con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de

niño cantor en un ventarrón,

pero su cara se había vuelto más material,

como si los tejidos, almacenados con su vida,

estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general

de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,

crujidos y chasquidos de mucosidad, y después

ella no respiraba. A veces parecía

que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida

por un ser más adecuado a esa tarea,

una criatura más simple y más calma, y sin embargo

saturada del anhelo de mi madre.

La palma de mi mano le rodeaba la coronilla

donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su

hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,

y entonces empezó a apurarse,

a adelantarse, después se quedó quieta y su

lengua, manchada como motas de maná,

se levantó, y un jadeo se formó en su boca,

como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro

suspiro, como de alivio, y después

la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera

expresando, sin apuro,

sus sentimientos sobre este lugar, su tierra

y apesadumbrada conclusión, y después, contra

la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no

sufrir, ningún latido;

por momentos, sus latidos parecían curvarse—

y después sentí que ella no estaba allí,

sentí como si ella siempre hubiera querido

escaparse y ahora se hubiera escapado.

Entonces se transformó,

despacio, en una cosa de hueso,

que marcaba el lugar donde ella había estado.

 

MADRE PRIMERIZA

 

Una semana después de que naciera nuestra hija,

me arrinconaste en la habitación de huéspedes

y nos hundimos en la cama.

Me besaste y me besaste, mi leche desató su

nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,

empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,

leche fresca, agria. Empecé a latir:

mi sexo había sido desgarrado como un trapo

por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo

y cosido, los puntos tiraban de la piel—

y la primera vez que te rompen, no sabes

que vas a cicatrizar, mejor que antes.

Me acosté con miedo y sangre y leche

mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,

hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,

todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,

sobre el nido de puntadas, sobre

lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que

encuentra un animal herido en el bosque

y se queda con él, a su lado

hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.

 

LOS NO NACIDOS

 

A veces puedo ver, alrededor de nuestras cabezas,

Como mosquitos alrededor de un farol en verano,

Los hijos que podríamos tener,

El brillo tenue de todos ellos.

 

A veces los siento esperando, adormecidos

En algún vestíbulo –sirvientes, casi–

Escuchando el timbre.

 

A veces los veo mintiendo como cartas de amor

En la Oficina de Cartas Muertas

 

Y a veces, como esta noche, de oscuro

Reojo puedo sentir sólo a uno de ellos

Parado al borde de un acantilado frente al mar

En plena oscuridad, estirando sus brazos

Desesperadamente hacia mí.

 

PRIMERA HORA

 

Esa hora, fui más yo misma que nunca. Me había sacado

a mi madre lentamente de encima, estaba acostada ahí

respirando por primera vez, como si

el aire del cuarto me estuviera soplando

como a una burbuja. Todo lo que tenía que hacer

era salir por la línea de mi mirada y volver,

salir y volver, en la seda de la gravedad, la

presión del aire una caricia, oliendo en mí

la sangre cremosa de ella. El aire

me tocaba suavemente la piel y la lengua,

entraba en mí y sacaba los pequeños

suspiros que yo no sabía que eran míos.

No tenía miedo. Estaba acostada en la quietud

y miraba, y me dedicaba al pensamiento sin palabras,

mi mente recibía su oxígeno

directamente, la rica mezcla por boca.

No odiaba a nadie. Miraba y miraba,

y todo era interesante, yo era

libre, todavía no enamorada, no

pertenecía a nadie, no había bebido

leche, todavía – nadie tenía

mi corazón. No era muy humana. No

sabía que existía alguien más. Estaba acostada

como un dios, por una hora, después vinieron a buscarme,

y me llevaron con mi madre.

 

EL SALTO DEL CIERVO

 

En ese instante

la ilustración en la etiqueta de nuestro tinto preferido

se asemeja a mi esposo, lanzándose hacia el precipicio

en su fervor por liberarse de mí.

Su piel es áspera y cómoda; su rostro

plácido, en trance, rumiante;

cada miembro de la fúrcula llega hasta sus ancas,

cada púa se extiende derecha, hacia arriba;

las ramas, modelos de su cerebro, arcaico,

indomable. Alinea su osamenta al alzar vuelo

desde la orilla del precipicio,

fabuloso.  Cuando alguien se fuga,

mi corazón salta. Incluso cuando huyo de mí misma,

la mitad de mí está con quien se marcha.

Todo es callado, vacío cuando él se va.

Me siento un paisaje, una tierra sin forma.

Sauve qui peut  —deja que se salven los que puedan.

Una vez vi un grabado en las astas de un gamo

donde alguien pequeño era crucificado.

Me siento su víctima, él parece la mía.

Me preocupa que las alargadas piernas del ciervo

se tuerzan al lanzarse. Oh mi pareja.

Fui ilusa de su fidelidad, como si fuera un halago

más que un estado parcial de sueño.

Y cuando escribí sobre él ¿Sintió que debía caminar

con mis libros apilados sobre su cabeza

para mejorar su postura, o con un marco de cuernos

como esos colgado frente al cazador

que se baja un trozo de carne de venado con sauvignon?

¡Oh salta, salta! ¡Cuidado con las rocas!

¿Acaso el antiguo voto debe desearle felicidad

en su nueva vida, incluso gozo sexual?

Temo que sí, al inicio,

cuando aun no pueda diferenciarnos.

Bajo su velludo vientre, a lo lejos,

se observan las motas alineadas del viñedo,

sus vides sin reventar, sus raíces limpias,

sus botellas crecen en los extremos de sus cerbatanas

tal oscuros, frescos, vacilantes gemidos.

 

LA ÚLTIMA HERIDA

 

Cuando mi hijo llega a casa del viaje de fin de semana

en el

que se clavó un trozo de acero del

techo de un coche y se abrió la cabeza

y le afeitaron la herida y la desinfectaron

y le dieron puntos, se acerca a mí

sonriendo con orgullo y miedo, y poco a poco

inclina la cabeza, como para el dios del trauma,

y ahí está, el cuero cabelludo azul grisáceo como la

piel de un cadáver, la superficie fría y

gelatinosa, el corte largo y rectilíneo

como si fuera deliberado, las

suturas a ambos lados como terribles

marcas de la voluntad humana. Le digo

Increíble, arrimo su cabeza en dirección a mi estómago

con suavidad, la piel desnuda de la parte superior

que tiembla como piel de leche hervida

y azulada como la epidermis de un mono

extraído muerto de su madre, el

crecimiento leve del cabello fino como una

promesa. Acuno su cerebro en mis brazos como

una vez mecí todo su cuerpo,

entregado, y el área de la herida resplandece

gris y translúcido como la cabeza de un pardillo

cuando se

tambalea al borde del nido, el corte una

línea media en descenso por el cráneo, la carne

gelatinosa, los puntos negros, la hendidura que dice

me lo llevo, el hilo que dice lo devuelvo.

 

 

VEO A MI NIÑA

 

Cuando te vas de campamento y me despido, te veo

doblar el cuello por el peso del chelo, veo

ni pequeño torso bajo la

carga de la mochila pesada del mismo modo en que

una piedra reposaría sobre el cuerpo de un niño, y

de repente veo tu bondad, el peso de tu

bondad paciente y tenaz a medida que arrastras tus

cosas al avión, te pareces a una viejecita

de huesos pequeños de la Europa más oscura

que avanza hacia la tercera clase, que carga con todos los

bienes de la familia.

De repente todo el aeropuerto está lleno de tu bondad, tu

cabello fino parece tallado por la bondad, tu

pálido rostro parece desangrado, con

esa mirada atenta hacia arriba tienes el aspecto de

alguien que permaneciera bajo una losa.

Durante mucho tiempo recé para que fueses buena,

recé para que no fueses algo así como un Hitler del

mismo modo en que yo de niña temía ser Hitler; pero

no quería expresarlo así, la opresión de la bondad, la

ausencia de vida. Me pides algo para comer

y mi corazón salta, te quito la mochila de la espalda y

 dejamos

tu chelo contra una silla y

luego ya me puedo sentar y verte comer pastel de

chocolate,

con cuidado una cucharadita tras otra, tu

lengua que se mueve lentamente sobre esa mezcla

en el profundo placer, Qué bueno está, mamá,

qué bueno está, sonríes, y el aire que te rodea la cara

brilla con el oscuro brillo escindido de la bondad.

 

CUANDO MI HIJO ESTÁ ENFERMO

 

Cuando mi hijo está tan enfermo que se duerme

a mitad del día, la cabeza pequeña, ovalada

y dura con tanto dolor que

prefiere olvidar la conciencia como

alguien que cuelga de una cuerda en llama

dejando ir su vida, me siento y

apenas respiro. Pienso en la

piel medio líquida de sus labios,

inflamada y mellada con ranuras rojas como

fisuras en la corteza de un volcán, desde

donde se puede ver el fuego. Aunque estoy

al otro lado del pasillo, veo los

bultos frenéticos de sus globos oculares tirando

de los párpados verdosos, sus sienes

rojas y agrias de dolor, su piel

como oro pálido, como mantequilla fría que luego

cambia un poco a mantequilla rancia hasta que

le salen pecas que se pueden extender, islas negras

y pequeñas de moho, duerme el sueño

terrible del enfermo, su corazón esforzado

que late como un conducto en su cuerpo, como un

zapato golpea las barras de acero cuando

alguien quiere que lo dejen salir, me

siento, me siento muy quieta, estoy en las

afueras del mundo, en el límite descubierto

cuando se supo que era plano; el borde desgarrado,

grueso y de barro negro, los vasos y las

venas y los tendones que cuelgan

en suspenso,

cuando mi hijo está enfermo me siento en el borde de

la nada y me cuelgan las piernas

y a veces dejo caer un zapato

para entregarle algo.

 


Sharon Olds (San Francisco, 1942). Poeta norteamericana, ha recibido reconocimientos como el National Book Critics Circle Award 1984, el San Francisco Poetry Center Award 1980, el Premio T.S. Eliot 2012 y el Premio Pulitzer de poesía 2013 con su poemario titulado Stag’s Leap (El Salto del Ciervo).

 

 

 

martes, 9 de noviembre de 2021

Valeria Melchiorre ( 2 poemas )

 





Cuando aquello que en lo inmenso

se entromete

y en el lapso que le toca pavonea

 

su manera de moverse

una prestancia

esa forma de agarrarse a esta marea

 

de quedarse entre nosotros

para siempre

como quedan los enseres

posesiones

 

que hoy parecen como bártulos

cuerpitos

cofrecitos de la suerte

solideces

–a la espera de ser parte de La Tierra–

 

cuando aquello que aprovecha

de su rapto

para amar o desamar

 

y que del lazo

 

se armen brazos que no se abran en jirones

ataduras que no den en emboscadas

un ardid que nos alcance para hacernos

a esto

–escaso

que en la nada se embelesa–

 

cuando aquello esté

o no esté

 

lo llevaremos

 

como se llevan sombreros

o iniciales

acuarelas papelitos

de colores

 

un estímulo

 

o un síntoma

 

del aire

 

su materia

 

 

Sea sumida en desazón o sirva al goce

se distiende y acelera en cada pulso

la sagrada frotación de todo músculo del alma

 

así sueña el corazón desperdigado

en el roce en el rubor con que jadea

o se encriptan en la jerga de este gozne

 

flechas químicas o dardos los excesos

de las fórmulas maltrechas van al choque

van armados de impaciencia y es derroche

 

el frenético festín con que se increpan

disimulan sus hambrunas se seducen

se abandonan y fomentan otros lazos

 

nunca sufren privación y se refriegan

al ras físicas se funden o insondables

miniaturas son de un cosmos engranajes

 

que intercambian o se roban sus ganancias

en su afán por hacinarse se extrapolan

automáticas las crías las estrujan

 

donde entrópicas se absorben picotean

traman centros en familias distribuyen

sus poderes organizan en sistemas

 

este lado donde somos pura vida diminuta

donde tejen su enramada los contactos

y se pierden las conciencias como siembras

 

como ineptos son abonos tras las horas

de borrascas tempestades y tormentas

o abrumadas dionisíacas se borran

 

juicios dogmas leguleyas intenciones

estatutos rigurosos con sus pautas

y se dejan

a otras leyes

menos cautas

trémula insomne marea

 

Valeria Melchiorre (Buenos Aires-Argentina, 1970). Poeta, ensayista, traductora y editora. Doctora en Letras por la Universidad de París 8 (Francia). Ha sido docente de literatura argentina e investigadora. Ha publicado en poesía Los dictados de la moda, El hombre que soy yo en un cuadro de Francis Bacon, La cita (junto a tres poetas) y Trilogía del temblor (2019); en ensayo Amelia Biagioni: la “ex -centricidad” como trayecto (2014) y La suerte del poema (2017), en traducción De Las bodas a Tiniebla. Antología poética 1925-1966 poesía de Pierre-Jean Jouve (junto a Ricardo Herrera, 2016); así como editó y prologó la Poesía completa de Amelia Biagioni (2009).

domingo, 7 de noviembre de 2021

Remei González Manzanero (8 poemas)







EL TRAJE

 

Imagínate, solo,

un día quizás de mayo,

sentado en la oscuridad de un armario ropero vacío.

 

Figúrate que estando solo,

cómodamente en este inmenso refugio

que es tener los ojos cerrados,

te agarras a la barra de colgar perchas

y tu espalda se estira.

 

Comprenderás.

 

Dispondrás los brazos de forma abierta.

No tratarás de abarcar con los brazos,

entraré en tus brazos

ávida de alcanzar lo que quede de ti.

 

Salvaguarda algo en las plumas de tu traje.

 

QUIERO PASAR PISANDO FUERTE POR LA VIDA

 

Quiero pasar pisando fuerte por la vida

a horcajadas, si hace falta,

hollando la tierra,

metiendo un pie tras otro en la nieve

y volver por el sendero resiguiendo los pasos

con los que vine.

 

Quiero pasar pisando fuerte por la vida

ultrajándolo todo,

quebrantándonos un poco,

profanando las leyes más básicas por las que nos regimos,

abatiendo la injusticia

abrazando de frente al miedo,

insiriéndome en la confusión y la incertidumbre,

 

e ir a veces caminando,

sólo eso,

caminando,

despacio pero fuerte,

por la vida.

 

Y volver, siempre volver,

sobre mis pasos,

dibujar cenefas

en la nieve, en la arena, en el hielo

con los pies descalzos,

en la arena blanca de la nieve que resbala,

como mis manos dibujan la espuma en el Mediterráneo,

 

y volver,

retornar a mis pasos

pisando fuerte,

siempre,

en la vida.

 

LA VERDAD QUE NO VEMOS

 

Está aquí, déjame que te lo muestre,

en este pequeño espacio de aire,

esta dimensión, toda esta anchura

de trazas, de briznas

aciculares, está en esta brisa ingenua

que tanteo con los dedos,

que trato de asir para hacer mía,

es de sí misma,

está aquí.

Está en este soplo hecho de desgarros,

está en el lápiz que me cae de las manos

si abro la palma,

está en esta corriente alterna,

está en genios y mediocres,

en las nubes de las partículas,

en las ínfulas extrañas

y en el pliegue de las alas de un cóndor negro,

en la precipitación de un vidrio

que no nos hiere apenas

y en los resquicios invisibles

de nuestras cicatrices más finas,

está en el cieno de los ríos

que arrastras a las cimas,

en la cima lozana

que hallas en la mirada,

las miradas tiernas

que no adviertes,

y las que adviertes,

está aquí,

no puede estar en ningún otro lado.

La recogemos,

este soplo que resollamos

está hecho de ella.

Este vasto espacio que media

entre tú y yo,

los lugares entre nosotros

que no habitamos

y que alcanzamos al vuelo

con esfuerzo

y devoción de céfiro,

la verdad es que es esto,

está aquí.

 

VERANO

 

Yo quiero ser verano y volar,

la brisa de los pies,

levantar la huella, tarde o temprano

de tu boca al viento,

hacerla correr bajo una cometa,

sumergirla en el mar,

zambullir la cabeza.

 

 

Yo quiero ser un huracán de arena,

despertar en la grava

con el cabello bañado,

dar vueltas en la orilla

desde el salitre a las nubes,

apresar en mis muslos la polvareda severa,

trepar la cima absoluta.

 

Verme llena de viento y verano,

de alas y flores, salada de algas,

estos humildes huracanes y mares transitan en mi piel,

y no caer nunca del centro

donde se originó este pequeño universo.

 

Yo quiero, verano,

llegar juntos al invierno

y que me encuentres rehaciéndome

de orilla en orilla,

hecho todo tú de cresta de ola,

encuentra para siempre

el hábitat final en mis huesos.

...

 

RUIDOS DE CUCHILLO

 

Más abajo de la colina,

se mece el vientre en ruidos de cuchillo.

 

Hoy te reclamo el relamido,

la disciplina del desenfreno,

que reviertas mis escarchas

rompas la consistencia,

desgastar el borde del precipicio

por el que vas a lanzarme.

 

Y en el último segundo exclamaré:

― Tú te lanzas conmigo.

                      

REDUCCIÓN A LA HERIDA

 

Reducidos a un lenguaje común,

los conceptos esparcidos y los sentimientos recompuestos,

extenuados,

la ventana húmeda en la que apoyar la frente

y no saber descansar,

 

descubrir nuevamente el cielo,

extasiados,

las miradas a destiempo

y no distinguirnos desde el fondo de lo exiguo,

nunca nos veremos del todo.

 

Volveremos allí,

exánimes,

donde no me sabré explicar:

— Estoy herida existencialmente.

Y tú:

— Nunca aprenderemos del todo.

 

MI CASA

 

Mi casa es el recuerdo del pecho de mi amante:

una casa posbarroca

que juega con el espacio difuso

entre el exterior y el interior.

 

Mi casa es un patio Mies van der Rohe:

nunca sabes cuando estás dentro

ni cuando estás fuera.

 

Y, sin embargo, la húmeda hierba negra

que se extiende a lo largo del llano extenso

conduce siempre al deseo caliginoso de la pertenencia,

como si al voltear la cabeza noventa grados

y al apoyarla en las raíces de aquel césped

en un único gesto

pudieras sentir lo más hondo de la tierra.

 

Y puedes.

 

También de la tierra parece brotar un corazón de armazón de cielo

y empaparse el cráneo de escalofríos.

 

FRACCIONES DE EXISTENCIA

 

Esto que hacemos

no es existir del todo.

 

 Lo admito.

Lo único es dejarse las pestañas poco a poco

remover caderas ajenas al viento,

refrotarse contra la nada de los cuerpos,

pretender que empezamos a existirnos el uno al otro,

entregarse justamente egoístas

y sin conocer

los pasos,

fracciones de existencia,

echarnos a bailar

sucio y torpe.

 

Remei González Manzanero (Barcelona, 1990). Estudió Filología Hispánica y un máster de Ciencia Cognitiva y Lenguaje en su ciudad natal, estudios por los que recibió varios galardones. Inédita en papel por voluntad propia, a excepción de dos publicaciones en una antología benéfica y un fanzine literario, tiene escritos dos poemarios: La huella sobre el fango, y Corporales. Ha participado en varios recitales y proyectos poéticos. Ha residido en Nepal y en Winnipeg, Canadá, y actualmente trabaja como profesora de Lengua Castellana y Literatura en un Instituto de Educación Secundaria en Manresa, en la provincia de Barcelona.