jueves, 7 de julio de 2022

Pia Tafdrup / (16 poemas )

 







RECREO MACROCOLECTIVO

 

En una sociedad dentro de una sociedad,

ahí vivo. Con una cinta de cuero

trenzada y sin mucha ropa.

Me despierto hacia mediodía

con los tímpanos temblando

por las notas de rock que retumban

entre las tiendas de campaña del lugar

y los pájaros del terreno

deben abandonar sus marcas.

Igual que yo en las noches estrelladas

me tambaleo, me balanceo y caigo

dormida con las oleadas

de conciertos de alta frecuencia.

Uso la ducha portátil

común. Hago la compra

en la tienda provisional. Me como

un revoltijo planificado

de verduras biodinámicas

y arroz sin procesar. De agrio

y dulce equilibrado

con amargo y salado. Paso

pocas horas sobria a pleno día

en happenings espontáneos

en la arena. O escucho

discusiones de las reuniones conjuntas.

Sobre anarquía. Sobre utopía. La vida

fuera de las leyes existentes

se muestra caracterizada por otras

leyes. Me tumbo en la hierba y río

hacia el sol después de la borrachera. Una

risa infinita. O participo

descalza en una fiesta. Con costo,

priva y caricias colocadas. Las ideas

se propagan. Con desenfreno.

Un espíritu pionero ha levantado

un tiovivo con coloridas

cabañas y tiendas. Hecho

sitio para las hogueras. Construido

las calles de pueblo. Montado

los tenderetes cojos

de las calles del Colocón y de Nepal

junto con un cobertizo para astromasajes

no muy lejos de la calle del Solano.

Una carrera de conejos y niños

educados gnósticamente entre

las tiendas. Por perros, cabras,

personas pintadas. Con

y sin pantalones. En un continuo

y mutante alucine común.

Soplo a soplo me levanto

a mi propio ritmo tranquilo.

Las vibraciones se expanden. Solo

la pura fantasía puede transmitir

fuerza dinámica desde la fricción

del mar de vuelta a la luna.

Me levanto mareada del campamento

de Thy. Donde nada se detiene

cuando ha terminado. De vuelta

para el último año de colegio.

Equipada con necesarios

conocimientos de primera mano de

un recreo macrocolectivo

en un planeta extraño.

Donde apenas pude vivir

más de una semana de mi vida.

 

BLANCO ENCABRITADO

 

Sangre roja, sangre blanca, sangre negra,

llenan el cerebro

hacen estallar el cráneo.

La tierra se agrieta, noche estrellada

sobre los campos cosechados de mi padre

donde siete caballos blancos nos llaman a que salgamos

con potentes relinchos.

-Esa gota en la memoria

es un océano lleno a rebosar.

Sangre roja, sangre blanca, sangre negra,

allí en el campo los caballos encabritados se detienen –

huidos

de un circo ambulante

o enviados,  ¿de dónde?

Nosotros no tenemos caballos en la granja,

pero ¡han venido a nosotros!

Sin sillas ni jinetes…

Estoy despierta

hasta el tuétano de mi espinazo,

 estoy galopantemente despierta.

Los poros de la piel se abren

desbocados,

la noche entra, fresca, clara.

Me ciegan

las panzas de blanco lunar de los caballos,

los oigo relinchar cuando nos ven

a mi padre y a mí.

Por un segundo descendente

los caballos levantan mi corazón

más alto –

de lo que nunca antes he volado en el espacio.

Caballos preparados a entrar de un salto en la noche,

salir fuera de un salto.

No hay cartel que ponga

Prohibida la entrada a los caballos

este planeta es un territorio abierto de par en par.

Todo puede pasar.

- Un océano de fuego y sal

lo inunda todo.

Pesados golpes de cascos se alejan,

después

insuperable crepúsculo. Retumbante.

 

ALEGRÍA

 

Primero está la alegría,
introducida de estraperlo por la frontera

atravesando un túnel estrecho.
La noche está por encima, ahogada en el mar,
metida bajo tierra, ha pasado miles de años sola.
Olores que ya existían
lo rodean todo,
los caballos bufan en el establo.
Despertarse con luz,
mirar el juego de sombras en el papel pintado,
oír los pájaros en las hiedras y arbustos.
Las voces y risas de los mayores,
una pista de aterrizaje segura
al otro lado de la pared.
Primero está el jardín de la mañana
al sol,
su manera de iluminar al corazón.
Las manzanas caen sobre la hierba cálida,
los insectos ascienden
desde los pétalos de las flores.
Primero está la apertura
que pronto se cerrará,
sin rostro.
Primero está la confianza,
que será engullida con facilidad
por el miedo galáctico.
Primero está la alegría,
que recién nacida mana
hacia el mundo, soñándolo.
Luego le sigue la pena, luego la ira,
y alguien dice:

 ̶  Que la paz sea con ello.
La vida es la muerte que vendrá,
pero primero está la alegría.

 

FILO EXTERIOR

 

El lago con los gatitos ahogados,
en él
patinamos, herimos
al invierno espejado.
Filo interior y filo exterior
ejecutados por mi madre
con un niño en la barriga,
patina hacia atrás
sacando el trasero hacia fuera
y los brazos en horizontal,
los patines deslizándose
 de lado a lado –
pero sobre todo
el sonido de fresadora
del metal recién afilado
contra el hielo,
un zumbido de chispas de nieve
saltan en la luz.
El lago con los gatitos ahogados,
en él
patinamos
cuando el hielo es lo bastante grueso
para olvidar
las patas que se agitaban en el aire
las garras que se extendían,
los animales ciegos hundiéndose,
pataleando en el saco
con la piedra pesada.
Las burbujas, como largos
ríos
en el agua negra,
donde los anillos tenían su centro
   como blanco de tiro,
en el mapa de alcance
de los misiles de Cuba.


LA MANO DE MI MADRE


Me baño en la quieta luz de una gota
y recuerdo cómo llegué a ser:
Un lapicero puesto en la mano,
la fresca mano de mi madre sobre la mía, cálida.
- Y así nos pusimos a escribir
entrando y saliendo de corales,
un alfabeto submarino de arcos y puntas,
de caracoles espirales, de estrellas marinas,
de blandientes tentáculos de pulpos,
de grutas y formaciones rocosas.
Letras que con sus cilios se abrían paso
vertiginosamente entre lo blanco.
Palabras como lenguados aleteando
y enterrándose en la arena o anémonas oscilantes con sus cientos de hilos
en un quieto y único movimiento.
Frases como cardúmenes
que se hicieron de aletas y ascendían
y también de alas que en compás se agitaban,
palpitando como mi sangre que a tientas
golpeaba estrellas contra el cielo nocturno del corazón;
fue cuando vi que su mano había soltado la mía,
que yo hacía mucho, escribiendo, me había desasido de ella.

 

EL ABREVADERO DE LOS SUEÑOS

 

Aquel que tenga oídos para oír
escuchará un mar de música,
una corriente submarina de palabras
que se desliza por la penumbra y desaparece volando
con un recuerdo de nubes,
de sombras, de meandros
y del viento sobre la hierba.
Las aletas transparentes y de fina seda del pez,
una anal, una dorsal y una caudal,
dos ventrales y dos pectorales,
siete alas para viajar a la velocidad de la sangre
a través de los mares del mundo,
noche tras noche,
entre cráneos de delfines, caracoles
y ostras fósiles, entre verdes algas
que durante el día relumbran como una eterna primavera.
Siete colores en un arco iris
para surcar el cielo
como el primer ciervo del año
brincando por los campos.
Siete colores en un arco iris,
trazados con geometría
sobre el firmamento del alma,
mucho antes de que el más antiguo vertebrado
poblara el agua, una era
antes de que los primeros subieran a la tierra
para después dar vida a anfibios,
reptiles, aves y por fin a aquella
que ahora está sentada en silencio, escuchando.
Aquel que tenga ojos para ver
tendrá que escuchar bien
cuando caiga la lluvia, cuando las gotas
resuenen como la luz en la música,
puras como la primera eyaculación del muchacho,
y sobre todo después,
cuando un arco iris acústico
entre formaciones rocosas y altas montañas
ardiendo tenuemente se eleve desde el polvo
desplomándose hacia arriba,
y es entonces que uno, en un palpitante destello azul,
con euforia amará su propia vida,
porque es de uno,
y uno sabe que se cerrará
como la puerta de este poema
que ahora termina dando un portazo. 

 

LA CAÍDA DEL MURO

 

Deseo en enero de 1989 con tanta fuerza

como puede desear una persona

ser algún día testigo

de la caída del muro de Berlín.

Estoy 200 años después de la Revolución Francesa

en el frío de un lugar elevado,

observando el cemento, el alambre de espino, las verjas electrificadas,

filas de barracas grises y lúgubres.

Hay conejos salvajes saltando alrededor de la zona

entre el este y el oeste.

Ese mismo año se abriría la frontera,

yo lo veo en diferido el 9 de noviembre

desde West End Avenue en la tele estadounidense.

Los guardias levantan las barreras,

permiten sin trabas

que los coches y peatones circulen libremente

del este al oeste

mientras la gente en algún lugar entre sueños diurnos y nocturnos escala el muro.

La noche socialista se diluye

en la capitalista, el júbilo

no tiene fin,

la fiesta en las calles dura toda la noche.

Oigo dos días después en The Kitchen

que Heiner Müller y Heiner Goebbels

aparecen haciendo un bis

acerca de la caída del muro,

la sala está hirviendo, una alegría aguda

hace estallar el momento.

Cae el muro, el cemento, las verjas

y el miedo cotidiano.

Oigo saludos desde Alemania

en Nueva York,

los anuncia Heiner Müller,

que es conocido como artista,

no agente.

El ojo ígneo del sol,

algo atraviesa el tiempo flotando,

el cielo se hace grande sobre Berlín. 

 

LAS BALLENAS DE PARÍS

 

No creo que sea a París a quien cantan las ballenas de los grandes océanos,
pero la ciudad está preciosa esta mañana, cuando me despierto
tras haber soñado con ballenas juguetonas que pesan toneladas.
Por todas partes nadaban los gigantes animales,
mi única salvación en el mar agitado
era agarrarme a sus colas, que eran tan resbaladizas
que mis manos resbalaban cuando las ballenas giraban
o las movían con fuerza, lanzándome muy lejos,
pero cada vez que volvía a ellas, me volvía a agarrar
y de ese modo me mantenía con vida toda la noche…
En la pared de enfrente veo ahora que es una mañana luminosa,
el saludo de los pájaros sugiere lo mismo,
las ballenas están lejos, una mujer va de ventana en ventana,
sube las persianas y entorna las ventanas,
– esto lo incluyo en mi protocolo onírico.
El sol entra en la cocina de la mujer,
que camina reuniendo montones de ropa.
Cada día nos inventamos nuestra vida;
una combinación hasta ahora nueva de lo conocido y lo desconocido
quizá surja hoy –
depende de lo que se nos ocurra,
lo que nos ocurra, nos abraza con una mirada llena de memoria
cuando buscamos una entrada a algo

que es libertad para el alma –
y no tolerará más límite que el cielo abierto.

 

SALTO

 

Una mosca avanza
enorme como una ballena,
la luz parpadea —
yo asciendo sin parar con el animal
entre las crestas de olas de las nubes.
Me despierto, no puedo dormir
la mitad de la noche, un nuevo milenio
ha comenzado en el fondo del alma.
La piel es cálida y tú
no paras de ascender,
hasta que el animal se sumerge de súbito
y a toda prisa vuelve a la superficie…
Me pones una bebida
de sal y espuma alta,
de principio blanco como la nieve.
Un mar de átomos indomables se abre
por vasos cónicos
de tallo alto, crecen
palabras entre la noche
hacia un primer crepúsculo en oriente,
los más tempranos colores matinales de la apoteosis.
Soy cadera y hombros,
cuello y talón,
una brizna de hielo
se derrite en tu sol,
supersónica.
En mí caes
y caes:
soy un último cielo para tu aterrizaje.

 

EL FOCO CANDENTE DE LOS OCÉANOS

«Prohibido pescar»
dice el cartel junto al océano curvo
pero yo acabo de cazar
una ballena
sin ser engullida:
las palabras la llevan ahora en la boca.
En la luz,
que es gris como ceniza humana,
pienso en la esencia de la ballena
– comprendo,
mientras la tierra recibe besos
de la lluvia que arde como el metal,
que nada de esto es lo que esperaba.
En un mundo enfermo no existe más centro
que lo que se mueve libremente…
¿Qué cazó
el ojo de la ballena?
Desde el mar primigenio me amenazó
con la alegría de un cráter,
con una sacra desvergüenza.
Para mi alivio, llena
infinitamente más que mi propia vida
el soñar con ella,
– o para agotar el poder de lo posible,
encontrarla desnuda y febril
y darme cuenta,
mientras lo milagroso arde y duele,
de que pierdo mi alma en la suya
porque ella pierde la suya en la mía.

 

SÓLO LO QUE NO HA EXISTIDO NO SE PUEDE PERDER

 

Está nublado y el silencio estalla:
el sueño del colibrí, el sueño de la ballena
(¿tienen un denominador común,
aparte de que ambos han visto tu alegría?)
— No me despiertes
con tu desaparición…
El colibrí está quieto en el aire
con las alas batiendo,
un temblor moldea mi cerebro.
El colibrí succiona miel
y es bautizado con el nombre de «besaflor».
Tus labios tocan mi rostro,
quizá me has confundido con una flor sucia,
o florezco en caída libre entre tus manos,
fluyo tan profundo
que me pierdo en la oscuridad
protectora de los océanos.
La sangre tiene un fuerte olor a sangre,
he visto una ballena y me elevo contigo
en el ensordecedor abrazo
de lo creado.
Entre continentes angulosos se mueven nuestras huellas candentes,
sobrevivimos en la tierra virgen del mar
entre la noche y el día y memoria condensada
bajo el cielo gris espuma.
— No me despiertes
con tu desaparición…
El sueño del colibrí, el sueño de la ballena:
¿tienen un denominador común,
aparte de que ambos, en relámpagos de espejos mágicos,
han visto nuestra alegría desperdiciarlo todo?

 

SACRIFIER

 

Medio dormidos respiramos al compás vueltos el uno hacia el otro,
como si respirásemos con los mismos pulmones —
pero dos cuerpos separados
son necesarios para dar forma a la inmensidad.
El descenso de los labios en un beso
hacia la sal caliente de un hombro que se mece.
La dulzura del aire de mayo
se mezcla en la sangre con el verano verde ácido.
Inhalamos lo blanco, lo puro,
exhalamos el carbón.
Las verjas vidriosas de los minerales crecen en nosotros, claras
e ingrávidas. Como un crujido mudo y duro en la montaña.
Cuento hacia atrás
hacia la oscura y amorfa melancolía,
hacia el torbellino de una vida
que nos da
nuestra muerte —
cuento hacia delante
hacia la luz y la precisión prismática.
Me atraviesan volando:
primero tu fuego lunar, luego tu sol matutino,
– caminos de olvido por donde
soy transportada hacia lo real
y me reciben con los brazos abiertos,
me siguen llevando
sin entender por qué ni hacia qué…
En danés se diferencia entre
«entregarse» y «sacrificarse»,
pero en francés es la misma palabra,
roja y de doble filo,
noto un aliento creciente
bajo un asalto a contraluz.
Un repentino estallido
de tu silvestre veneración
pone su firma de huellas evanescentes.

 

NO SOMOS ANIMALES DE UN DÍA (de «Las ballenas de Paris»)

 

En la oscuridad la luna vigila
cóncava.
Tus ojos están cerrados –
todos han visto algo,
pero ninguno lo mismo.
Lo que el rostro oculta,
lo observa la noche
y la puerta está abierta.
Tus ojos están cerrados –
tu cara está cerca de la mía.
Una fuerza no para de crecer
desde el momento en que nacemos,

– y no somos animales de un día.
Nuestros cerebros no están construidos
para manejar alas,
sino para construir lenguajes
y navegar de otra manera:
pensar es intentar
mirar de una nueva forma, clara polar
 – lo cual también quiere
decir entender las limitaciones.
Tus ojos están cerrados –
tu cuerpo es un salto adelante
en el resplandor de azafrán.
El sueño ha volcado
la piedra rosetta de tu cerebro;
muestra un escrito
que no habíamos descifrado…
Nuestro lugar es el tiempo
y leemos
como si intentásemos recordar lo
que no nos ha sucedido.
Lo que no hacemos
no se perdona.
Una mano agarra con fuerza,
la otra protege,
una tercera bendice.
Tus ojos están cerrados –
el alma es arrastrada
por el espacio infinito,
construido por las pausas de la música.
Tengo tu grito
                            en mi boca.

 …

 

CUENTOS DE INVIERNO

En el tren se me acerca un hombre

y me pregunta

por el libro que leo,

Cuentos de invierno, de Karen Blixen.

Soy vista

por una mirada luminosa,

no busco escondite en el paisaje

que pasa ante el cristal del vagón,

porque esta mirada no

va a caminar a otros lugares.

El libro está entre él y yo,

no se puede usar como escudo

porque de repente

nos está uniendo.

Mejor pedida de mano no la he conocido,

deja su impronta en el alma.

Es él, el que pocos días después

bajo una corona de libros verde pálida

me besará

una noche de agosto

cuando el sol caiga en picado.

Temblamos, y todas las hojas del árbol

se ponen en movimiento.

El germen de los sueños

planea

en el viento tibio.

Es él, con quien después

me casaré,

un cuento de invierno con el sol en lo alto y un frío insondable.

 

FILO INTERIOR

 

Sueño que un hombre en el hueco de una puerta

me observa.

Lo reconozco enseguida,

me atrae.

¿O me busca él? La mirada penetra.

Voluntad de tigre, sed de tigre,

el deseo del pulso tras una verja en llamas.

En el sueño, las paredes se inclinan sobre mí,

el papel pintado de la habitación está gastado,

no hay una sola ventana.

Un brillo matutino blanco como el cloro

desde la ventana real

desintegra el silencio

con una náusea repentina.

Estoy despierta y anhelo

que justo esa mirada

me vuelva a encontrar, su relámpago de fuego

brote

fuera del sueño.

Un viento luminoso vuela

a través de un árbol otoñal aún verde.

 

NIÑOS VIEJOS

 

Una cosa es ser madre de tus hijos,

y otra

ser madre de tu madre

y aun así sentir culpa

por no tener tiempo

de estar ahí cuando lo necesita,

pero se contenta

con dar buenos consejos que ella no

acepta

porque solo quiere que le den permiso

para ser ella.

Un día ser niña

y ser consolada —

el otro arreglárselas sola y ahora

preferir apoyarse en el viento

a usar bastón,

preferir ser atropellada

a hacerse con un andador,

preferir quedarse en casa

a llevar una alarma,

preferir caerse un día

por la escalera

y morir.

Preferir morir

a ser salvada

y volver a ver a su familia

y por tanto estar lista para vivir unos años más.

 

Pia Tafdrup (Copenhague, 1952) es una figura fundamental en la poesía nórdica. Ha sido galardonada con el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 1999 por el poemario Dronningeporten, en 2005 obtuvo el Premio Søren-Gyldendal y en 2006 recibió el Premio Nórdico de la Academia Sueca; en 2001 fue nombrada Caballero de los Dannebrog. Desde su primera publicación, en 1981, ha editado más de 20 libros, 18 de ellos de poesía, dos novelas y dos obras de teatro. En 2006 se tradujo al castellano Tarkovskijs heste (Los caballos de Tarkovsky, ed. Bassarai). Salamandersol se publicó en el año 2012 en Dinamarca (ed. Gyldendal) y Suecia (ed. Ellerströms) y en 2015 en Reino Unido (ed. Bloodaxe). Cada poema de los 60 que componen Sol de salamandra corresponde a un año en la vida de la autora. Sus libros han sido traducidos a 17 idiomas y ha participado en antologías y revistas de todo el mundo. Desde 1989 es miembro de la Academia de las Letras en Dinamarca.

 

 

lunes, 4 de julio de 2022

Waldo Leyva / (14 poemas )

 




EL ORIGEN DE LA SABIDURÍA

 

Aquí llegamos, aquí no veníamos

José Lezama Lima

 

He vuelto desde un sitio en el que nunca estuve. Traigo la memoria de los hombres que me acompañaron. El Amedrentado, el Miedoso, me propuso como líder de la caravana. Todos se empeñaron en seguir mi huella por la arena, pero yo no era nadie, desconocía el mapa de las rutas. Me dieron la palabra y hablé. Como no tenía destino mi discurso era proliferante y difuso. Los que me eligieron alababan mis palabras como el origen de la sabiduría. Pasé cerca de los mejores oasis: sólo yo fui incapaz de descubrirlos. Los que me seguían aplaudieron mi torpeza. Sin saberlo, llegué al borde del desierto, al origen de las Tierras Verdes. El Cobarde, el que se escondía a mis espaldas, supo que él, y no yo ni algún otro, había nacido para rey, y se hizo construir un palacio donde se reúnen, y hacen fiestas, y se ríen de mis antiguos discursos. Ahora intento salvar el jardín del avance incontenible del desierto, no para conservar las Tierras Verdes sino para que no vuelvan a elegirme; para no guiar las nuevas caravanas.

 

ODISEO

 

No puedo asegurar si estoy partiendo

o si he llegado al fin donde quería.

El olor de la tierra es familiar,

no me resulta extraño el árbol,

ni la garganta migratoria de los pájaros.

 

Los espejos de agua

me devuelven un rostro indescifrable.

 

¿Alguien me vio partir? 

¿Alguien me espera?

 

En la memoria del porvenir

yo seré el que regresa,

y en la piel, junto al salitre

y ciertas mordeduras incurables,

tendré tatuado el ruido de la sombra

y el silencio que dejan las batallas.

 

CARA O CRUZ


He aquí la moneda. Brilla en mi mano su rostro de metal. Como sólo ese lado ofrezco al mundo, los otros creen, o fingen creer, que ese raro relieve inexpresivo es toda la moneda, y mientras siga con la mano abierta, mientras la luz dependa de mi mano, mientras un golpe no desarme el brazo y revele la cruz, yo seré el portador, y lo que piense o diga, ha de ser la verdad antes del verbo. El riesgo de este juego es que uno mismo llega a ignorar que la moneda existe, y que puede girar sobre sí misma, porque tiene un anverso y un reverso. 

 

UTOPÍA

 

Qué color puede tener mañana el día.

Estamos en verano,

si te detienes a pensar,

si juntas todas las horas de tu vida,

tal vez logres imaginar los olores del amanecer,

el canto de algún pájaro perdido,

los ojos del que va a tocar tu puerta.

Ningún día es igual y tú lo sabes,

pero quieres que mañana

y todos los mañanas de mañana

se parezcan a un día de hace tiempo,

quizá no todo el día, ni siquiera una hora,

sólo el minuto aquel, el segundo preciso,

en que pudiste ver, como en un sueño,

el azul intocable de esa Isla.

 

EL DARDO Y LA MANZANA

 

Soy un hombre detenido

en la línea sin origen ni fin de una saeta.

Sin mí, sin la referencia que soy,

nadie hubiera encontrado el viento roto,

el paisaje escindido,

la huella aguda y misteriosa de la madera.

 

¿Dónde está el blanco que persigue la flecha?

¿Quién tensa el arco?

¿Qué mano laboriosa modeló este venablo?

El dardo es una excusa entre el veneno y la manzana

 

 

 

LLUEVE EN COYOACÁN

                                   «Pies pa’ qué los quiero si tengo alas»

                                                                                  Frida Khalo

 

Es domingo,

un domingo lluvioso de Septiembre.

Estoy con Roberto y mi mujer

en la Casa Azul de Frida Kalho.

 

La lluvia hace más íntima esta tarde en Coyoacán.

 

En cada objeto está latiendo Frida.

Miro sus óleos, los autorretratos desafiantes

y no puedo apartarme de sus ojos,

del arco silvestre de sus cejas,

de su perfil volcánico.

 

Aquí con el corsé torturador,

allá con un rebozo violeta.

En el otro extremo está la hermana,

de belleza distinta,

y su padre siempre pendiente de sí mismo.

 

La lluvia es de algún modo la memoria.

 

En la cocina, la arcilla recuerda la ceniza

y el ruido de otros tiempos

donde la sangre indicaba el rumbo de las noches.

 

Roberto fija cada instante pero el museo se resiste.

 

Intento imaginar a esta mujer andando por la casa,

imponiendo su furia, sus olores,

sufriendo y disfrutando, las roturas del cuerpo.

 

Diego no existe en la imagen que esta tarde

me provoca la casa.

Su presencia es accidental, casi foránea.

 

La lluvia es fina como un polvo de agua.

 

Cierro los ojos y me llegan los ruidos

de su columna vertebral,

las maldiciones, el temblor del violeta casi ausente,

el tacto áspero y tierno de su bata frondosa,

la música cortante y persistente del azul,

y el olor, en crescendo, a desnudez,

a sexo reclamante, a semen húmedo.

 

Llueve en Coyoacán.

 

Frida sale al patio, no tiene el cuerpo roto,

baila desnuda sobre las piedras,

y la ciudad se calla.

La estoy viendo con los ojos cerrados,

la estoy tocando sin el tacto que estorba,

me llega el olor de  su piel

tatuada por los vientos de otra edad

donde su corazón fundaba la piedra de los sacrificios.

 

No quiero despertar.

 

Si abro los ojos Roberto estará fijando el rostro

de mi mujer junto la foto absurda de Frida en el salón.

 

No quiero despertar, pero cesó la lluvia

y la ausencia de Frida llena el lecho

donde tantas veces se buscó a si misma

para dejar sólo retazos suyos

dispersos en las telas

donde creen encontrarla los que pasan.

 

LA ETERNA DISPUTA

 

He vuelto de un sitio del que nadie regresa.

No sé si fui empujado o decidí esa ruta.

Probé todas las aguas y deseché la fruta

que me ofreció el barquero con tanta gentileza.

 

Cuando emprendí el camino, llevaba en mi cabeza

la fiebre inmemorial de la eterna disputa

entre el ser cotidiano y esa idea absoluta

que asume muchas formas y en ninguna se expresa

 

mejor que en ese viaje hacia un tiempo sin fondo,

hacia el silencio puro y el vacío más hondo

que pueda imaginar la conciencia del hombre.

Yo toqué ese silencio, su densidad, su frío

y conocí al barquero y hasta el agua del río

pero soy incapaz de pronunciar su nombre.

 

LA DISTANCIA Y EL TIEMPO

 

Tú estás en el portal, apenas has nacido
caminas hacia el mar y cuando llegas:
tienes el pelo blanco y la mirada torpe.
Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.
Si quieres regresar, ya no es posible;
a medida que avanzas se borran los caminos.
Tu camisa de niño aún está húmeda
y veleta de abril en el cordel
indica para siempre la dirección del viento.
Qué gastadas las uñas,
qué frágil la memoria,
qué viejo tu zapato por la arena.

 

CONTRA LA DESMEMORIA

 

Para José Omar Torres, hermano

 

Cantemos la canción de los soñadores,
que no nos detengan las espaldas que se alejan
ni los oídos que sólo quieren escuchar
el repetido canto de las sirenas;
por muy sólo que se anuncie el camino,
cantemos siempre la canción de los soñadores,
que el canto nos acompañe
con su melodía incorruptible.
El fin no es tocarlo sino perseguir el sueño.
Y si algún día, no quiero pensarlo,
nadie canta la canción de los soñadores
si alguna vez, no quiero imaginarlo,
sólo se escucha el alarido de las sirenas,
entonces yo, contra esa desmemoria,
seguiré cantando con mi torpe voz
y estoy seguro, eso quiero creer,
que alguien, cuyo recuerdo ignoro todavía,
se levantará de las aguas para sumarse al coro
y descubrir conmigo la canción de los soñadores.

 

AGRADEZCO LA NOCHE

Aquí estoy, nuevamente amanecido,
dispuesto a soportar hasta que vuelva
la noche irremediable.
Cuento los días y me resulta eterno
el tiempo que supongo me separa
del silencio sin ruido.
Estoy como en un pozo
pero viendo la luz solo en el agua.
En un sitio del mundo
comenzará otra guerra
y vencerán los muertos a los muertos.
De aquello que fue el rostro del amigo
queda sólo una mancha, un tatuaje
que ha dejado la máscara en la piel.
¿Quién le cortó los hilos a la rueca?
¿Quién me dejó sin calles, sin laguna
con una puerta sólo hacia la infancia,
hacia el agua del pozo?
Aquí estoy, nuevamente amanecido,
ha sonado el teléfono,
comienza la ciudad su ruido informe,
y siguen los semáforos en rojo.

 

NI EL AVE NI LA MADERA

 

Para Nicolasito

Un pájaro principal
Me enseñó el múltiple trino,
Mi vaso apuré de vino,
Sólo me queda el cristal.

Nicolás Guillén

1
Estoy mirando una rama
que puede ser flauta o flecha,
acompañar una endecha
o volar como una llama.
Crece en flor, ignora el drama
que la incluye, su ideal
es volverse pedestal
verde, vivo, palpitante,
para que en su copa cante
un pájaro principal.

2
¿De qué oculta primavera,
de cual sur, de qué horizonte,
de qué inexplorado monte
llegó el pájaro-quimera?
Ni el ave ni la madera
saben que soy su destino;
la esbelta rama de pino
me dio el dardo y la inclemencia,
y el pájaro, en su inocencia,
me enseñó el múltiple trino.
3
Entre la flecha y el vuelo
hay como un hilo invisible,
una línea imperceptible
que une la tierra y el cielo.
¿De qué implacable desvelo
ha nacido ese camino?
El pájaro peregrino
lo ignora, y emprende el viaje,
y yo, atento a su plumaje,
mi vaso apuré de vino.

4
Sé que la rama prefiere
seguir en flor contra el viento,
ser del ave su aposento,
no el venablo que la hiere.
No soy Dios, si es lo que quiere,
que juegue a ser inmortal;
ayer yo pensaba igual,
pero del vino espumoso
que bebí lleno de gozo,
sólo me queda el cristal.

 

EL INOCENTE OJO DEL ANTÍLOPE

 

Un tigre salta de la piedra.
Vuela un ave que ignora la angustia del vacío.
Ciego es el pez, su pupila es el agua
y muere herido por el aire.

La lombriz puede ser reina de la altura
y deshacerse el árbol
en el vientre insaciable del insecto.

A la cruz del comienzo clavado sigue el hombre.
Sangra. Puede ver aún el rostro de los otros.

Ni dios, ni ventanas azules,
ni el inocente ojo del antílope.

 

COMO UN INOCENTE ROCE ENTRE LOS DEDOS

Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma que no viene del aire, un amarillo tenue y un dorado que tus uñas deshacen mientras parten el fruto. Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce inocente entre los dedos. Un roce que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.

 

Waldo Leyva (Cuba, 1943). Poeta, ensayista, narrador y periodista. Tiene publicado más de 20 libros, entre otros El rumbo de los días, Premio de poesía Casa de América, de España, y Cuando el cristal no reproduce el rostros, Premio Víctor Valera Mora de poesía, otorgado por el Centro Rómulo Gallegos de Caracas, Venezuela. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas. Forma parte de diversas antologías de la poesía cubana y latinoamericana. Su obra en prosa incluye los libros Tiempo somos, Ensayos sobre la Décima Hispanoamericana y El otro lado del Catalejo.

 

 

jueves, 23 de junio de 2022

Manolis Anagnostakis




Hablo de los últimos toques de trompeta de los soldados vencidos

De los últimos harapos de nuestras ropas de fiesta
De nuestros hijos que venden cigarrillos a los transeúntes
Hablo de las flores que se han marchitado en las tumbas y que la lluvia pudre
De las casas que se quedan abiertas sin ventanas como cráneos desdentados
De las chicas que mendigan mostrando en sus pechos las heridas
Hablo de las madres descalzas que se arrastran por las ruinas
De las ciudades llameantes, de los cadáveres apilados en las calles
De los poetas proxenetas que tiemblan por las noches en los umbrales
Hablo de las noches eternas cuando la luz se reduce al amanecer
De los camiones cargados y de los andares en baldosas húmedas
De los patios de las cárceles y de las lágrimas de los condenados a muerte.
Pero ante todo hablo de los pescadores
Que dejaron sus redes y siguieron Sus pasos
Y cuando Él se cansó ellos no reposaron
Y cuando Él los traicionó ellos no negaron
Y cuando Él fue glorificado ellos volvieron los ojos
Y sus compañeros les escupían y les crucificaban
Y ellos, serenos, toman el camino que no tiene límite
Sin que su mirada se oscurezca o se rinda
De pie y solos en medio de la terrible soledad de la multitud.

Manolis Anagnostakis

(Salónica, 10 de marzo de 1925 – Atenas, 23 de junio de 2005)


Traducción: Virginia López Recio (Granada, España)