
lunes, 9 de junio de 2008
viernes, 6 de junio de 2008
Eugenio Montejo

Eugenio Montejo acabó su batalla contra los molinos de viento que atormentaron su existencia en el último tiempo. Nos deja con una gran experiencia de vida trazada en cada una de sus líneas. Es encontrar Manoa la razón de nuestra incesante búsqueda, la que atormenta nuestro espíritu? O simplemente vivimos en ella, en cada paso que damos, cada sonrisa que prodigamos, cada momento de felicidad que nos permitimos vivir?De seguro Montejo despertó este viernes en otra parte fisica, en otro lugar terrenal, pero su esencia debe estar en Manoa, lugar que nunca abandonará, porque está en él como en cada uno de nosotros
Muere de cáncer el 5 de junio del 2008, en Valencia Venezuela.
La voz del poeta Eugenio Montejo, nacido en Caracas en el año 1938, ha sido una de las más prolíficas en el avatar literario venezolano de los últimos tiempos. Acercarse a la poesía de Montejo es enfrentarse a un paisaje que enseguida se hace nuestro, es toparnos con sensaciones, cosas, objetos, memoria que sacude, anima e invita a replegarnos del mundo que nos prende y sentirnos cómodos en la vida que habitamos. Rica en sus manifestaciones, desde su primer libro “Élegos” (1967), la obra poética de Montejo ha hallado terreno fecundo en un universo natural, en el que se sitúa el poeta y desde donde nos invita al ritual de la contemplación, desde donde nos presenta a los árboles como seres palpitantes, donde la música de pájaros y gallos despierta nuestros oídos adormecidos, donde las piedras, remotas y quietas, rezan la paz de los tiempos y se yerguen como símbolo de permanencia contra la fugacidad de la vida, contra “esa sensación de efimeridad de la existencia con la que se nace y se padece” como lo afirma el mismo poeta, donde finalmente lo natural se arriesga a lo visible y se afianza a la tierra, patentizando así ese otro sentimiento de raigambre que une al hombre con lo terreno y que Eugenio Montejo ha nombrado “terredad”, concepto que ha explayado a lo largo de su poesía. Dirá el poeta: “Estar aquí en la tierra: no más lejos/ que un árbol, no más inexplicables/ livianos en otoño, henchidos en verano/ con lo que somos o no somos, con la sombra/ la memoria, el deseo, hasta el fin...”
Pero el imaginario montejiano está más aun llenó de reminiscencias, de transfiguraciones, de analogías, donde hay un eco melancólico del pasado, el hogar, los que se quedaron en el camino, el tiempo:
“Los días se doblan en mi mesa/ se esparcen, rotan, se suceden/ pero ¿qué hace mi alma del tiempo?/ Iba a amanecer y ya es de noche”/ vine a la ciudad y está desierta” escribe en su poemario de 1976 “Algunas palabras”.
Ese ardor que se instala en algunas de sus poesías altera los sentimientos, hay cierta añoranza que palpita en las palabras, como en aquellas donde el espacio vacío es la casa, lugar que cobija, protege y que está “lleno de noche dentro y por fuera de nubes”
Es inevitable, recorriendo la obra de Montejo, hablar de la poesía de los objetos, no reaccionar ante la mirada que posa el escritor sobre las cosas aparentemente inanimadas, sumergidas en una rigidez y una quietud. Así una silla regresa a su lejano árbol, una mesa “ya tiene bastante con que nada se caiga/ cuando las sillas entran en voz baja/ y en su torno se congregan”, o el café es un “amable duende que nos sigue por el mundo con densas vaharadas”
Ecos de poetas queridos para Montejo se traslucen en su poesía. Jorge Manrique, César Vallejo o Fernando Pessoa. Sin embargo el poeta descubre su propio alfabeto, sus palabras “fuertes, francas, amarillas, otras redondas, lisas, de madera...”
Carlos fuentes dijo alguna vez que la poesía era hacerle el amor a las palabras, se podría agregar que Eugenio Montejo le hace el amor a las palabras con belleza, con esplendor: el sentido de la forma nunca ahogará los significados más profundos, mas sin embargo tampoco hallaremos imágenes deshilvanadas, ninguna visión sin melodía.
La poesía de Eugenio Montejo se ha enriquecido además con la presencia de varios heterónimos liderados por el enigmático Blas Coll, figura extravagante que pretende una reforma de la lengua castellana y a cuyo cobijo se reúnen un grupo de discípulos, entre ellos Sergio Sandoval, quien ha publicado “Guitarra del horizonte”, conjunto de coplas con comentarios del autor, Tomás Linden, poeta sueco autor de un conjunto de sonetos llamado “El hacha de seda”, Eduardo Polo, quien ha escrito un poemario para niños inédito titulado “Chamario” y así otros que aun no salen a la luz, pero aguardan atentos en medio de las tertulias de la aldea de Puerto Malo.
Si bien su obra ha sido muy pródiga, es ahora cuando las palabras de amor de Eugenio Montejo hallan morada en un poemario titulado “Papiros amorosos”, recientemente publicado en España por la editorial Pre-Textos. En él la grandeza del amor ocupa el mundo, es el espejo donde se retrata el ser amado, presente o lejano, pero siempre objeto y fin del sentimiento. En “Papiros amorosos” la emotividad se constituye en eje, signo y escenario del entendimiento, de la lucidez, la serenidad que llega cuando se conoce profundamente a aquel que amamos, cuando el amor se torna forma, color, cuerpo y tierra.
Escribe el poeta: “Y ser hasta el fin el que he nacido/ éste que por tu amor vino a al tierra”
“Se dice poco el amor en estos tiempos” ha dicho el poeta, tal vez por ello nos ofrece esta poética pletórica de intensidad, un espacio donde podemos jugar a descubrir el amor ancestral, en oportunidades tan esquivo mas siempre tan cierto.
A propósito de este libro Eugenio Montejo nos habla de sus poemas de amor y de algunas apreciaciones sobre su obra.
María Alejandra Gutiérrez.- ¿Es “Papiros amorosos” el testimonio de esa presencia constante del amor en su vida, esa visión reposada de los sentimientos que otorgan los años?
Eugenio Montejo.- Papiros amorosos es un conjunto de poemas que incluye unos cuantos poemas anteriormente publicados y el resto inédito. Se trata de un viejo proyecto que ahora logra concretarse y que probablemente crezca un tanto más. De joven escribí pocos poemas de amor, y publiqué menos. Siempre pensé que se trata de un texto difícil, que demanda no poca destreza verbal, por lo que no conviene precipitarse. Al encarar su escritura no resulta fácil pasar de la orilla de la palabra a la orilla de la memoria. Y sin ese pasaje no hay poema que valga. Es verdad que este riesgo es común a la hechura de todo poema, pero en el texto amoroso hay que tener presente que cuanto interesa a una pareja no siempre interesa al lector. Su tono debe esquivar el riego del lugar común y la nadería. Por lo demás, deseaba que en este poemario no se sacrificara la entonación más o menos común a mi poesía, que conservara su impronta. Algunos poemas escritos hace más de treinta años y aún no publicados, no obstante considerarlos válidos todavía, no los incluí en esta colección porque sentí que se abrían a un diálogo distinto, se apartaban de la unidad tonal del libro, o tal me parecía. En fin, en este poemario es visible, tal vez, la tendencia a recuperar la emoción desde un estado más sereno, “la emoción recordada en reposo”, de que hablaba Wordsworth. Hace poco me preguntaron acerca de la impresión que me había dejado la escritura de este libro, y respondí que, contrariamente a lo que antes suponía, he terminado por aceptar que el amor es tan misterioso, si no más, que la muerte. Es misterioso y así mismo subversivo, tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social. No en vano las sociedades se han cuidado en todo tiempo de afirmar instituciones para controlarlo. Venimos saliendo de un siglo terrible, de grandes ambiciones totalitarias, no es raro que el amor se diga poco en nuestro tiempo. ¿Qué podrían significar las palabras amorosas de Ana Ajmátova para ese proyecto de control absoluto de los seres que representó el comunismo?
Pregunta.- Siento su poesía nostálgica, de añoranza por el pasado, por los que nos están. ¿Sirven las palabras para convocar el pasado y hacer que las cosas trasciendan en el tiempo?
Eugenio Montejo.- No sé si la palabra correcta sea nostalgia. A Blas Coll no le gustaba esta palabra, decía que el sentimiento de añoranza debe mencionarse con una sola sílaba, de lo contrario ninguna añoranza es verdadera. Pero volviendo a su pregunta, creo que ello tiene que ver, más que con la nostalgia del tiempo ido, con una percepción de la simultaneidad de la horas, digamos de un tratamiento no lineal, sino circular, del tiempo; tal vez sea esto lo que nos lleva a evocar un instante y sentirlo en simultaneidad con otro que ya ha ocurrido o va a ocurrir más tarde. Se trata de una visión que debemos a la psicología de los amerindios y de los africanos, es decir, que no sólo nos valemos de los hábitos perceptivos que nos legaron los europeos, sino que con mayor asiduidad solemos percibir el tiempo como circular y simultáneo; en el fondo ello viene a representar cierto “cubismo” del tiempo, donde todas las horas, las de ayer, las de mañana y las de hoy, conviven en nuestra imaginación simultáneamente.
Pregunta.- Aristóteles asociaba la melancolía con el héroe, el artista, el poeta, ¿ciertamente posee el poeta un espíritu taciturno, un temperamento melancólico?
Eugenio Montejo.- Uno de los poetas apócrifos de quienes me he ocupado, Tomás Linden, dice en un verso: “La belleza en la tierra se desvía de la mujer a la melancolía”. Es probable que lo que ahora me pregunta encuentre alguna confirmación en esas palabras. En lo que escribo, sin embargo, no veo una inclinación al saturnismo muy acentuada. Ni una cosa ni la otra. Tiendo siempre a la búsqueda de un equilibrio y me desvivo por lograr tanto como puedo la armonía. Además, siempre he creído que la poesía, como la vida, se define a partir de la esperanza. Diría, pues, que antes que el extremo representado por el saturnismo, y el de la euforia vital, opto siempre por el difícil y necesario equilibrio.
Pregunta.- ¿Cómo es su relación con la naturaleza, nace espontánea o deriva de vivencias o emociones de su vida, de su infancia?
Eugenio Montejo.- Los hombres de mi edad, es decir, los venezolanos contemporáneos de la generación de 1958, fuimos involuntarios testigos del cambio de un país agrario a un país petrolero, con todas las alteraciones y trastornos que ello supone. Vimos el crepúsculo de ese país geórgico que estaba en despedida, con su ritmo y sus formas tan distintas, formas de trato, de habla, de relaciones; no era ciertamente un país edénico, porque también en él estaban presentes los muchos males del caudillismo criollo, pero estaba más unido a los ritmos naturales que venían de los siglos precedentes. Con el petróleo, para bien o para mal, cambia todo, y nace nuestra apresurada modernidad, que se lleva por delante las viejas edificaciones, como también las viejas formas, para construir en su lugar, sin mucho cálculo previo, un país nuevo, de forma adúltera, es decir, descasado con la tradición. No es extraño que sean los gendarmes militares quienes mejor se desempeñen en este propósito: se reedifica a ritmo de tambor. Con el viejo país que se despide se van también costumbres y relaciones de contacto más estrecho con el mundo natural y agrario. La infancia de quienes cuentan más o menos mi edad estuvo más cerca de los árboles, los animales, el campo. El muchacho de hoy, cuando no tiene la fortuna de salir a las aldeas, debe resignarse al mundo virtual, en el cual sólo conoce a los animales por imágenes Digamos que éste no es un fenómeno solamente venezolano; en nuestra época se tiende a ser más urbano en la medida en que se afirma la ciudad nueva. Y en esa misma medida se aleja también la posibilidad de la contemplación. Ungaretti afirma en uno de sus apuntes que en nuestro tiempo ya casi no es posible la poesía porque no es posible la contemplación. En verdad, vivimos espoleados por la prisa que impone la religión del dinero.
Pregunta.-¿Cómo afronta usted como poeta ese mundo de hoy del que habla, cómo se nutre su poesía de esa nueva realidad?
Eugenio Montejo.- Diría que se trata de una preocupación común al poeta que hoy vive en Sidney, en Madrid o en Caracas, es decir, que todo ello forma parte de la realidad que ha de afrontar cualquier artista en nuestro tiempo, sobre todo si se desempeña en los ámbitos urbanos contemporáneos. Una forma de respuesta a su pregunta estaría en la vieja boutade surrealista:“¿Por qué no construimos la ciudad en el campo?”... Por mi parte, trato de sobrellevar los ritmos antiguos y modernos “lentamente y con gran industria, separando lo sutil de lo espeso”, como decían los viejos alquimistas. Hago cuanto puedo para que la ciudad me vulnere lo menos posible. No siempre es fácil, se trata, una vez más, de un asunto de equilibrio, de procurar que la ciudad no nos imponga su caoticidad frenética. Por otra parte, no siempre se escribe a partir de cuanto nos rodea; a veces se parte de remotas vivencias que imponen paradójicamente su cercanía sentimental. En tales casos, las verdaderas raíces que nutren aquello sobre lo cual se escribe están muy distantes del quehacer cotidiano del poeta.
Pregunta.- Acá en Venezuela vivimos en un “trópico absoluto”, sin embargo usted siente cierta añoranza por la nieve ¿De qué se trata ese deseo por algo que no tenemos?
Eugenio Montejo.- Tal vez ello se incluye dentro de las búsquedas de nuestras realidades complementarias. Para el hombre de los trópicos la nieve es algo con cuya carencia, sin resignarse del todo, se acostumbra desde niño a dialogar, pues no son pocos las leyendas y cuentos infantiles donde ella es parte esencial del paisaje. Ese diálogo prosigue a lo largo de la vida, aunque ella falte en nuestra geografía, pues constituye un apócrifo complemento de nuestro imaginario. Siempre la nieve está allí, aunque no caiga ni pueda palparse, como está el sol para los habitantes de las tierras nórdicas. Entre los alemanes se habla del “complejo del sur”, lo que explica una cierta añoranza de la regiones meridionales y la frecuencia, entre sus artistas, de obras compuestas en Italia, por ejemplo. Tal vez a los hombres del sur corresponda una añoranza inversa, y la presencia de la evocación de la nieve forme parte de ella.
Pregunta.- ¿Cómo surgió en su obra el juego de los heterónimos?
Eugenio Montejo.- A principios del siglo XX, y de modo un tanto inexplicable, se manifestó una gran atracción por la heteronimia. Algunos grandes poetas, sin conocerse entre ellos, cultivaron la escritura apócrifa, como se denomina en castellano, o heteronímica como la llamó Pessoa, o bien la escritura oblicua, como prefiero nombrarla. El caso es que Antonio Machado, el gran poeta español, contribuyó de modo notable a la creación de obras apócrifas sin tener nada que ver con Pessoa, su contemporáneo, que por entonces, como también algunos otros, se ocupaba lo mismo. Unos años antes se había manifestado otro no menos importante, el poeta francés Valéry Larbaud, cuyo alter ego se llama A. O. Barnabouth, dado a conocer en 1909, antes que Pessoa. El recurso de la escritura apócrifa, por sí solo, nada garantiza; es el genio de Pessoa, de Valéry Larbaud o de Machado el que le da vida a sus memorables creaciones. En el caso mío, guardando todas las distancia, partí de un personaje, Blas Coll, de quien publico un pequeño cuaderno. Su tentativa algo disparatada apunta nada menos que a la modificación de la lengua, tratando de recomendar fórmulas más sucintas que supuestamente la defiendan ante el predominio de otras lenguas más sintéticas. En el taller de su tipografía se reúnen amigos, discípulos, contertulios, una “infame turba” que terminan por ser los “colígrafos”, los discípulos de Blas Coll. Ya han aparecido un par de cuadernos de estos amigos.
Pregunta.- Hay un poema de Álvaro Mutis que dice: “Sólo una palabra/ una palabra y se inicia la danza/ de una febril miseria” ¿Qué es para usted la palabra?
Eugenio Montejo.- Para quien escribe, y ciertamente no sólo para él, la palabra es el valor preferente pues ocupa el centro del ser. Nunca será bastante la importancia que le prestemos a la palabra y, por ende, al lenguaje como rasgo individuante de nuestra especie. El lenguaje y la risa, según Aristóteles, nos distinguen de los animales. En el caso de los versos citados, se deben a uno de los poetas que más quiero y admiro, Álvaro Mutis. Creo que la palabra a que aluden sus versos participa por igual de lo verbal y lo averbal y requiere, por tanto, de un alfabeto mágico.
Pregunta.- ¿Y la poesía, qué es para usted?
Eugenio Montejo.- La definición que damos de la poesía suele cambiar a lo largo de los años. Y esos cambios tal vez subrayen nuestra incertidumbre ante lo que es por esencia indefinible. Hoy tiendo a decir, quizá privilegiando su rasgo de diálogo con el enigma, que se trata de un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario. Me doy cuenta ahora, sin embargo, de que en el juego de ajedrez se procura a toda costa ser ganador. En este otro ajedrez que menciono nada se desea ganar ni perder, y tal vez por ello resulte tan atractivo.
©María Alejandra Gutiérrez. Escritora y colaboradora en varios medios impresos en Caracas (Venezuela)
por Carmen Cristina WOLF
El Premio de Poesía Octavio Paz otorgado al poeta venezolano Eugenio Montejo es un bálsamo para nuestro convulsionado país, herido por la insolencia de un gobierno militarista que trata al pueblo venezolano como si fuera una tropa, que sólo obedece órdenes a cambio de dádivas y limosnas. Esperaba este reconocimiento por tantos años de leer sus versos, escribir notas al borde de sus libros y aprenderme de memoria algunas estrofas de sus poemas. Hace algunos meses lo vi pasar por los pasillos de la Feria del Libro, con su andar pausado, algo distraído como corresponde a todo poeta. Un señor joven que conserva algo de muchacho y no sé por qué evoca otras épocas, dueño de una sencillez que sólo se observa en los espíritus refinados.
Sus versos son una especie de mapa para asomarse al mundo desde el centro de uno mismo. Especialmente me atrae el poema Mi lámpara que es, según él mismo confiesa, uno de sus preferidos:
De noche, al apagarla, en mi silencio
puedo oírla rezar.
Cansada ya de arder, de tanto estar en vela
frente a la oscuridad del mundo,
ruega no sé en qué lengua solitaria
por ti, por mí, por todos los que doblan
atormentados el último periódico
y en sueño apartan la sombra de sus letras,
como quien ya no indaga, aunque le importe,
cuánta vida nos guarda la tierra todavía
cuando mañana se despierte.
(Del libro Alfabeto del Mundo)
a Alvaro Mutis
Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.
Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.
Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.
Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.
Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.
Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.
Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.
Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.
Dura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.
Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.
No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.
Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.
Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.
jueves, 5 de junio de 2008
CECILIA ORTIZ
MARINO
¡Sal de mi vida!
ya te quité el tatuaje
la mujer culebra
montada en un caballito de mar
no existe.
¿Quieres una marca Capitán?
Yo te hice un pespunte invisible
con tinta de oro
destila sangre
por minutos
de un momento a otro
tendrás el corazón estático
Y tu respiración será mi nombre
Está en el puerto, ya lo siento venir, mar cerca, sombra en
la arena, me veo esquiva, taciturna, con todas las palabras de mar en los
labios, sin poder estirar mis brazos hacia allá, con mi hábito de esclava,
energía fluvial y pecho de espina, tantos nombres y adjetivos para decir
Te amo.
(tomados de ENTREMARINO 2006)
Con la playa rota entre los dedos
delineando el frío en la ventana
pasa tu cara,
recortes de manzana,
hilos de viento
geometría absurda de dos manos.
Un arocoiris feliz
me perdió en su color más triste.
Otros mediodías me reclaman,
yo, viajera ausente.
Olas que han caído
el último cigarrillo se pierde entre los dedos.
INTERCAMBIO
Entregué,
la rodaja naranja para un encuentro
de mis formas, reservas de azúcar
y estambres.
Recibí,
colmillos de elefantes, cuchillos afilados
sin puntería.
Al intercambiar
admitámoslo así
hubo más que daño.
Por todos los ángulos de la tierra
encuentro tus palabras regadas.
He aprendido a equivocarme.
Perfiles oscuros dibujan la noche
nos colocan
inalcanzables.
Lanzo miradas espías
camino ríos cuando duermes
por encontrarte.
Qué no daría por sacar de las raíces
tu vida.
Qué no daría por cerrar mis ojos
en tu calma.
(tomados de Trebol de la memoria 1978)
Sí, se desvanecen en la marea
no huelen
retazos de alga
Pobre muerte
sin extender la mano
sin encontrar camino
Fuera del mar ya no se es nada
el ojo del molusco
el pedacito que vuelve
respira del pasado
Juré por un momento que lo amaba
y me salvó la vida
juré por él que perdería
Ya no muero de esas cosas, dije
Aquí estoy contando los días
Abrí la herida
Desangré de nuevo
No pensé en los días de sosiego
Manché la tarde
El vestido rasgado
La mano en el pecho
No supe respetar mi dolor
(tomados de Daños Espirituales 2006)
miércoles, 4 de junio de 2008
Gustavo Pereira
Pereira recrea todos los sentimientos y emociones posibles en el hombre en los somari, que él mismo define como "Es neologismo o una palabra que probablemente tenga algunas reminiscencias de la lengua perdida del pueblo Guaiquerí que habitó mi isla natal Margarita. Las pocas palabras que sobrevivieron de esa lengua son de una belleza fonética extraordinaria".

Pereira presenta sus libros el próximo sábado 24 en el Centro de la Diversidad Cultural, donde también le cantarán galerones (Cheo Pacheco)
Gustavo Pereira es el poeta homenajeado en el V Festival Mundial de Poesía
Ana María Hernández G.
EL UNIVERSAL
Gustavo Pereira llega a la síntesis de la poesía con sus somaris. Esa microestructura tejida y tramada en una de las poesías más sólidas y reconocidas, y que alcanza más de treinta libros, lo corona como el poeta homenajeado en el V Festival Mundial de Poesía.
Pereira (Punta de Piedras, 1940) confiesa que si no hubiera sido abogado "hubiese sido farandulero, político, boxeador, cantante, abogado". Y se ataja a sí mismo, "que lo fui pero como una forma de ganarme la vida. Nadie se gana la vida escribiendo poesía".
Relata que acaban de aparecer dos libros suyos: Equinoccial y "uno de prosas, de pequeñas notas, se llama Cuentas. Es un libro que yo quiero mucho, porque es producto de anotaciones, algún verso que me conmueve, alguna reflexión ante una lectura, un paisaje. Es un batiburrillo de notas y cosas. Hasta hay un ensayo sobre Sucre, a quien yo admiro mucho".
Difícil es para el poeta sopesar el trazado que ha tenido su obra: "Yo creo que uno escribe el mismo poema. Pero me imagino que habrá estímulos externos que le permitan a uno abordar otros temas. Trato los temas, el contenido conduce a la forma, creo que existen contenidos que se vuelven inesperados en la consciencia de uno; y a mí no me cabe duda que eso repercute en el tono del poema".
Pero también se sorprende con el auge que ha tenido la asistencia a recitales de poesía; y añade sus impresiones sobre lo que ha visto de este festival.
"Me sorprendió mucho, aparte de la poesía de los representantes de Asia, África y América Latina, la del francés Ludovic Janvier. Yo viví en París un par de años y estaba sorprendido por lo formalista de la poesía francesa, sin alma, llena de estructuras, críptica. Yo creo que la poesía debería transmitir, si no sólo transmite códigos indescifrables, y creo que hay otros menesteres humanos que se pueden ocupar de eso".
Otro camino por el que transita Pereira es un libro de ensayos, "anotaciones sobre el oficio de poeta, la evolución de la poesía, en general; lo que me ha conmovido, porque la poesía es una tabla de salvación en ese naufragio".
Posiblemente eso explica el atractivo actual de la poesía. "Es lo que ocurre con el mar. ¿Tú no te has preguntado por qué la gente enloquece en sus vacaciones por irse a la playa a vivir las condiciones más terribles sólo por estar frente al mar y bañarse? Por la atracción que ejerce el útero materno. Salimos de ahí y siempre queremos retornar".
martes, 3 de junio de 2008
Edda Armas.
Edda Armas.
Poeta
venezolana nacida en Caracas, el 2 de junio de 1955. Psicóloga Social, egresada
de la Universidad Central de Venezuela, con especialidad en creatividad y
gerencia cultural. Aparece en el panorama literario venezolano en 1975, con el
poemario de poesía breve Roto todo silencio. Por concurso participa del primer
Taller Expresión Literaria en Poesía, convocado por el Centro de Estudios
Latinoamericanos “Rómulo Gallegos (CELARG) bajo la conducción de Ludovico
Silva, Guillermo Sucre y Gonzalo Rojas. Su segundo poemario Contra el aire,
aparece bajo el número 4 de la Colección Voces Nuevas, Ediciones de talleristas
del Celarg, en 1977.
Su obra ha
merecido los Premios: Premio
Municipal de Literatura, Mención Poesía en 1995 por su libro Sable. Segundo
Premio del Concurso Internacional de Poesía Le Courrier d’l Orénoque en
Besançon, Francia. Mención Honorífica de la Bienal de Poesía “Ramón Palomares”
del Ateneo de Escuque en 1994 con Sable. Premio Internacional de Poesía XIV
Bienal “J.A. Ramos Sucre”, con jurado integrado por los poetas Oscar Hahn
(Chile), José Luis Rivas (México) y Armando Rojas Guardia (Venezuela), por su
poemario En bicicleta.
Publicaciones:
• Armadura
de piedra, No. 97 de Colección de Poesía Pequeña Venecia, 2005
• La mujer
que nos mira, Colección de Plaquettes artesanales del Taller Editorial El Pez
Soluble, 2000.
• La otra
orilla (Editorial Cabos Sueltos, 1999) presentada en XX Salamanca, España. • La
creatividad del mal o el círculo de las flores.
Libro de
Artista con grabados originales de la Artista Plástica venezolana-israelita
Lihie Talmor, edición de autoras, 1995.
• Rojo
Circular. Fondo Editorial Fundarte, 1992.
• Cuerdas
de Serpiente. Editorial Arte, 1995
•
Aguariacuar, La partida. Libro de artista con Fotograbados de Lihie Talmor,
editado por el Taller Arte Dos Gráfica de Bogotá, Colombia, 1994.
• Dagas y
otras flores. (Poesía) Antología personal. Monte Ávila Editores
Latinoamericana. Colección Altazor. 2007
Algo de su
poesía
Somos espejos
fraguados de muchas despedidas.
El suelo que pisamos
hoy
confirma la premonición
que era sueño ayer.
Llegó el hombre
accionando la palabra guerra.
Náusea demencial.
Disputa eterna, trono del Rey
***
Aquí, ahora
somos esta
circunstancia
este cielo eclipsado
este olvido de lo
humano
una inexactitud en
el dolor
que nos aflige sin
retorno
***
Duele la llaga, la
marca, la verdad que esperamos.
La paz que ninguna
civilización alcanza.
Sé que te irás por
la única ventana
que abre y cierra a
voluntad
***
No abro la boca.
Tampoco los ojos.
No puedo mirar
menos tragar.
Es amargo y es
camino.
Poemas de ARMADURA
DE PIEDRA, Caracas 2005
***
La XIV Bienal
Literaria José Antonio Ramos Sucre, otorga el premio, Mención Poesía, a Edda
Armas por su libro En bicicleta, acá algunos poemas de ese libro
LOS LOBOS PODRÁN
AULLAR
Los puntos débiles
son espinas. Entierros.
Azotan, cuando menos
se espera. Son semillas.
Crecen en la
oscuridad.
¿Bajo cuál
apariencia se harán presentes?
Se asoman
convirtiéndose en una circunstancia
que nos enfrenta.
¿Nacemos con ellas o
se generan de las
experiencias que no
logramos asimilar?
¿Has mirado mi
cuerpo con una lupa?
Cada partícula exige
una perspectiva,
cada rincón un
ángulo diferente.
Detalla mis lunas.
No, no me refiero a mis lunares,
hablo de las lunas
interiores. Eclipsadas,
prominentes,
intersensuales. Cosmogonías de la intimidad.
En las propiedades
de la gema radica el secreto.
La energía contiene.
Indaga, el color del mineral
que la retiene.
Habitas el bienestar del escondite.
No puedo desactivar
la bomba, ni cortar los hilos
que anudan una
sensación a otra. Ni siquiera
puedo evitar que
ames a tu propio ritmo
o que la nostalgia
te atrape cerrando la ventana.
Los tiempos no son
los mejores.
Hay demasiado
monóxido. La bomba nos acecha.
Mediocridad y odio
tiñen los actos del hombre,
y la palabra
cotidiana. Compartimos la confesión,
la lucidez en noches
afiebradas, el juramento
¿sobre qué Biblia,
en cuál ceremonia?
Damos tregua a los
sentidos cuando el alma reclama
hábitos para
recobrar el ánimo en días aciagos.
Quisiera decirte que
entendí, pero no es así.
Somos la rutina. Lo
roto. La espina.
Un cascarón de
langosta en el fondo del mar.
Giramos. Cortamos el
hilo para ser otro deseo.
La intersección. La
lengua renaciendo.
Una luna basta. Dos
nos agobian.
Girar el trompo.
Descargar. Hallar la zanja.
La espontaneidad. La
compañía sobre la grama.
Mediar con las lunas
interiores. Morder la zeta.
Retar al girasol
tragando luz, siempre luz
hasta el
renacimiento necesario.
El mundo es una
salamandra de torpes colores
enjaulados.
Reconocernos no nos salvará del ocio,
de la equivocación.
Giramos el trompo. Nube.
Los lobos podrán
aullar, los cielos tornarse
aguasmarinas, las
ortigas crecer como extensiones
doradas a tu vista,
pero aún así tu cuerpo,
deseado, audaz,
concreto, permanecerá invicto
hasta que cierta luz
lo alcance.
Al romper el
cascarón renaces y esta gacela que soy
te encuentra.
***
ERA UN SER EXTRAÑO
No estorbes a la
canción. Déjala repetirse, una y otra vez,
singular,
invariable, predecible. Abertura de la memoria
por donde regresas,
penetrada por la idea obsesiva de la pasión.
El otro sale apurado
diciendo que esta noche
llegará tarde. Lo vi
alejarse de espaldas hasta convertirse
en un punto del
mismo tamaño de mi pupila.
Te internas en el
jardín. Te ocupas de las plantas.
Limpias
cuidadosamente sus hojas, recorriendo
con tu manoguante la
línea gruesa de sus venas.
Retornas al brillo,
a la sílaba, a lo simple.
Insistes en abrir
huecos para enterrar vitaminas en la tierra.
Bañas las plantas
con agua del sereno de la tarde.
Ves como cae,
sigilosa, desde el pico de la jarra de plata
que lleva un delfín
estirado como asa. Posesiones.
El ritual es la
virtud.
Territorios. La
lombriz permanece activa.
Descubres túneles
que, a la menor presión de tu dedo
índice, se
derrumbarían. Cada circunstancia
demarca sus límites.
Las palabras del otro son cuchillos
que pueden
enterrarse en la tierra abonada del corazón.
Sientes tu
fragilidad ante la violencia. Doméstica.
Emocional. Cautiva.
Un caracol del
tamaño de una arveja se desplaza, lenta
y dócilmente, por la
orilla del marco de la ventana.
Es un ser extraño.
Con su pequeñez a cuestas, recorre
un tramo poco
habitual, nada selvático, nada abonado.
Bordea escenarios de
un jardín inaccesible al otro,
a la caza de otras
zonas de reconocimiento y contacto.
***
ALMENDRON
El sol se convirtió
en espía madurando las moras en el cerro.
Aposté a que
vendrías, contándolas en el disfrute de palpar
su roja e irregular
superficie. También esperaba a que juntos
derrotáramos los
escondrijos de los pequeños insectos para
atar las cuerdas al
grueso tronco del árbol de almendrón que
compartimos en la
infancia; como si fuese posible posponer
el adiós en la
locura que nos cerca.
¿Por qué no hay
tiempo y para qué no lo hay?
¿Por qué mi beso se
queda tragado y mis sueños son puro deseo?
¿Por qué se repiten
los sueños angustiantes?
¿Quién puede empujar
la sedalina que tapa mis ojos,
mi boca, mi ahora
quiero desnudarte para decirte
que el mundo
comienza y termina con tu mirada
impidiéndome la
respiración?
¿Angustia, por qué
regresas, qué deseas, a quién buscas?
Por qué no te comes
la nube que cae. Por qué no atas
los corazones que
dejaron de amar. Por qué tocas mis
bordes mis perfiles
mi puntas. El misterio, afloja, se estira,
exige, intimida.
Mirada retrospectiva para anudarlo.
Tu paso aún persigue
mi sombra en los traspatios
deshaciendo el
minúsculo espacio entre dos cuerpos
que aún se buscan
desacralizando sus rostros bajo
el almendrón de la
memoria.
Los recuerdos
permanecen sepias envueltos en
papeles de seda
hasta el reencuentro.
***
OJO DE PEZ
Con Mercedes Roffé
La habitación
centra. Entramos a desnudar los mismos
cuerpos de la calle,
sudados, exhaustos. Miras y enfocas
a través del lente
de la cámara para distanciar la perspectiva
del ojo hueco. El
desenfoque nos asoma a la pregunta.
Las preguntas
pretenden convertirse en el portarretrato
de la nostalgia;
costumbre de la relación que somos.
Los negativos sin
clasificar, sin fechas y sin álbum
son pruebas
irrefutables de lo vivido. Movilizan la
indagación. Sol
secreto en cada uno.
La mano que curva, y
curva tan drásticamente sus
dedos en busca del
ángulo, del encuadre,
de la nitidez, del
fondo para la escena, es la misma
que me acaricia.
Aferrada a la máquina persigue
mis intenciones, mi
intimidad, mi dramatismo,
a través del ojo de
pez.
La cámara interior
reserva el color del atardecer
al apetito que nos
ofrece la piel más descarnada.
Dentro de una hora
esta luminosidad será agredida.
Partitura de
movimientos interrumpidos. Cámara baja.
Revelas. Existe un
negativo.
Ojo de pez sobre las
rocas enfrentadas al sol y a la
infinitud del
caracol que somos.
Regresamos en mareas
diferentes. Respiramos.
Entramos otra vez,
repitiendo la secuencia de imágenes
silenciosas,
procurando aire porque la ola borra siempre
la presencia.
CONTRA EL AIRE
nublarte
como si escaparas
a tanta piel
***
mis dedos
prisioneros
anudan tus poros
a mis limites
***
la puerta que nos
traspasa
no nos gira
no nos disuelve
nos aplasta contra la
decisión
permaneciendo
callada
***
quiero olvidar
a los que se salvan
a diario del fuego
evitando el contagio
humano
pueden no ver el
dolor
si cierran los ojos
quiero olvidarlos
(Contra el aire,
1976)
Material tomado de
diversas páginas de internet y libros propios
