miércoles, 16 de junio de 2021

Enrique Badosa / 5 poemas

 



 

 EN MEMORIA


¿Qué caminos te tienen escondido?

Un roce te apartó de nuestro lado,

y dejaste de andar por un cansado

viento de puertas rotas al olvido.

 

Hacia un buscarte a ti tan sólo has ido.

Te inicias en tu muerte. Te has llamado

fuera de este lugar acostumbrado.

Te alejas de vivir. Te has conseguido.

 

Qué pronto te apartaba el pensamiento

de nuestra soledad tan acallada.

Pero queda el silencio que te nombra.

 

Ya recorres, veraz, extraño, lento,

tu plenitud sabida y encontrada,

donde vive en tu luz tu misma sombra.                     


ES HORA YA DE HABLAR. EN ESTA PUERTA…

 

ES hora ya de hablar. En esta puerta

el día terminó. Ven y reposa

junto a la luz de nuestras noches blancas,

la luz de estar a solas.

Ya todo es del amor, y velaremos

en las palabras tenues,

pues de nuevo sucede que la noche

deja de ser oscura en nuestras horas.

Agua fresca en tu voz, yo que la bebo,

tú cercana, tan cierta,

dormir y despertarnos poco a poco

en palabras de amor madrugadoras.

La luz de cuanto hablamos, fue dejando

un horizonte azul en la pared…

¡El día una vez más, y ven conmigo

a dar un nombre nuevo a cada cosa!

 

XXVIII

 

Eres inteligente e ilustrado,

sin embargo no puedo decir culto.

Mi olfato ya no logra soportar

tu alto vocabulario excrementicio.

Toma papel, y límpiate la boca.

Tira de la cadena cuando calles.

 

TIKAL

 

Voy penetrando ya por el silencio

de la espesura, del jaguar, del Sol,

de la piedra erigida en oración, de la lluvia enterrada.

El silencio se adentra en mi silencio.

 

EPITAFIO DE UN POETA RENEGADO

 

En arrebato de autocomplacencia,

después de tanto premio bien ganado

y de cubrir su cráneo devastado

con los laureles de la Gaya Ciencia,

 

comete la patética insolencia

de declarar, muy alto y descarado,

que ateo de la Musa se ha tornado

y que la inspiración sólo es paciencia.

 

Que ya no esperará la voz suntuosa

de la supuesta diva caprichosa,

y será magistral siempre que quiera.

 

La Musa, no remisa, sí vejada,

le arranca la peluca laureada,

e "ipso facto" su cráneo es calavera.


Enrique Badosa (Barcelona, España) fue un poeta y traductor, periodista y editor español. Durante más de veinte años ha sido director literario del departamento de Lengua Española de Plaza & Janés, en cuya editorial mantuvo, entre otras, las colecciones Selecciones de Lengua Española -castellano, catalán, gallego-, y Selecciones de Poesía universal. Su poesía destaca como medio de conocimiento y se manifiesta también como satírico-epigramática y de viajes. En 2006 recibió la Creu de Sant Jordi que concede la Generalidad de Cataluña.


lunes, 14 de junio de 2021

Miriam Mireles / Mi cosmos es grito

 



Mi cosmos es grito

cuando mis palabras hacen lazo con las tuyas

y las reescribo en el contorno de tus ojos.

 

Mi cosmos es lágrima

que moja la noria de tu habitáculo erecto

e inunda de mixturas y de brebajes

tu boca que se ha vuelto ociosa.

 

Mi cosmos es caos

cuando hierves sobre mis alas de aceituna

que desde tu dosel cohabitan

en temor a mis temblores.

 

Mi cosmos es garza mora

que sobrevuela nuestros ángulos nocturnos

y aparenta una reyerta

sobre los cuerpos desnudos.

 

Miriam Mireles (Maracay, Venezuela) egresada como profesora de matemáticas por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Magister en Ciencias mención Matemáticas, Universidad de Carabobo. Especialista en Informática Educativa, Universidad Simón Bolívar. Autora participante en los libros publicados en valencia, Venezuela por Valeriano Garbín: Petrarca en Venezuela y Leonardo da Vinci en Venezuela (2006). Miembro del Consejo Editorial de la editorial Blacamán Editores.

sábado, 12 de junio de 2021

Cristiane Grando / ¿Cuánto silencio es preciso para hacer un poema ?

 



"Toda una galaxia ofuscada

por apenas uno de los vientos estelares

el brillo de una foto antigua

y el esmalte borrado en las uñas de una niña

 explosión pálida en la distancia memoria:

densos anillos de luz 

casi palpables."


 ¿CUÁNTO SILENCIO ES PRECISO

PARA HACER UN POEMA?

 

el silencio de la soledad y de las puertas

de la imaginación, del mundo

del viento, de las aguas y de los gatos

el silencio del blanco

mucho ruido para nada

silencio, silencio, el silencio

y algunas palabras.


Traducción: Leo Lobos 

 

 

Cristiane Grando (São Paulo - Brasil) Poeta, fotógrafa, traductora, profesora e investigadora. Laureada UNESCO-Aschberg de Literatura 2002. Gestora del espacio cultural Jardim das Artes, Ciências e Educação (Cerquilho). Autora de Caminantes: poesía en francés, portugués y traducida al español por Leo Lobos (Santiago de Chile, 2003), de Fluxus, poesía en portugués, traducida al español e ilustrada por Leo Lobos, traducida al francés por Espérance Aniesa y al inglés por Levana Saxon (Cerquilho, 2005) y de Fluxus y otros poemas / e outros poemas - traducción de Espérance Aniesa y Melania Yens.

 

jueves, 10 de junio de 2021

Odalys Interián Guerra / Sylvia


 



SYLVIA

 

Juguemos ajedrez con los huesos del mundo

mientras componemos el cerco

de catástrofe viva

mientras no curan las siete muertes

que cargamos como una cicatriz

y nos extraen esos tramos de piel

esos residuos de noches

y airados letargos.

La oscuridad ahora es una calle

como fantasmas la cruzamos

con los ojos vendados.

Las palabras viven ahora

en un hermoso zurrón

no son perlas arrojadas a los cerdos

son memoria

aunque hablen estúpidamente

de píldoras y oscuridades

de flores de muertos.

Juguemos Sylvia

que avance la esperanza 

corramos los peones de la asfixia

Jaque mate a la muerte.


Odalys Interián Guerra (La Habana, 1968), poeta, y narradora cubana residente en Miami, dirige la editorial Dos Islas. Entre sus publicaciones están los poemarios: Respiro invariable (La Habana, 2008), Este mar que me vence, Salmo y Blues (Miami, 2017), Sin que te brille Dios (Miami, 2017), Esta palabra mía que tú ordenas (Miami, 2017), Atráeme contigo, en colaboración con el poeta mexicano Germán Rizo (Oregón, 2017). Acercamiento a la poesía (Miami, 2018).

martes, 8 de junio de 2021

Manuel González / Creo

 



CREO


Creo en la verdad desbordada en tu pecho.

Los cristales empañados del coche

cualquier noche entre semana.

En la luna de Panero

y el banco del parque

que no traiciona mis cuentas.

En las jornadas de puertas abiertas.

La biblioteca que compartimos.

Los ceros a la izquierda

y el resultado final

donde perdemos los mismos de siempre.

 

Creo en los bares de buena muerte

llenos de gente con la verdad esposada.

En las cartas sin postdata

porque ya está todo escrito.

En perder varias cabezas por tu misma causa

y el denominador común de nuestras bocas.

En no salir vivo de este poema.

Los pequeños sonidos de la casa.

Las películas que vemos a medias

bajo la manta verde

y la novena compañía

peleando por la libertad de otros

a cambio de llamarles exiliados.

 

Creo en los necios

porque mi silla no necesita su respaldo.

En vaciarme hasta volver a mi punto de encuentro.

En el ejemplo de los poetas malditos

y esas cosas tuyas

que todavía me sorprenden.


 
Manuel González (San Sebastián, España 1971) Desde muy joven se sintió inclinado hacia la literatura. Su primer libro, “Eslabón roto”, salió a la luz en 2011. En 2014 publicó su segundo libro, “Diario de una tristeza”, en la editorial Origami. En mayo de 2015 obtuvo el premio nacional de poesía “Treciembre” con su poemario “Interiores”, prologado por José Jiménez Lozano —premio Cervantes 2002—. Ha sido incluido en varias antologías, tales como “Viernes del Sarmiento” (editorial Azul, obra cultural BBVA), “Escritores por Ciudad Juárez” (Ayuntamiento de Salamanca) y “Poetas de Valladolid” (Amargord, 2015).

domingo, 6 de junio de 2021

Ana Torres Licón / Alquitrán que palpita

 



ALQUITRÁN QUE PALPITA


Un sorbo de agua me sustenta

cavilo mientras escucho

el ronronear de las fieras citadinas:

soundtrack de los eternos instantes.

El asfalto es la piel de mis días

la destreza de los edificios me protege

cuando la luz solar se pervierte en la atmósfera.

Las nubes marchitas merodean

y un puñado de aves se desflora.

Es la agonía la que habita los lugares.

Son las sombras las que iluminan la noche.

El luto es un habitante distinguido

que recorre las grietas de nuestras manos.

El silencio se deposita en las bocas

las lágrimas muerden las mejillas.

Y dibujamos la vida

mientras recorremos la piel hecha asfalto.

 

Ana Torres Licón (1982, Chihuahua, México).
Docente, conferencista y escritora. Columnista en el periódico el Sol de Parral, versión impresa y digital, perteneciente a OEM (Organización Editorial Mexicana). Su primer libro es “Agonía de la mirada” (Poesía, 2019). Ganadora Primer Lugar del Certamen «Calaveritas Literarias 2018 » convocado por el Consulado de México en El Paso. Ganadora del Concurso “Voces al Sol 2020” convocado por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en la categoría de poesía con el poemario “El Oficio de los Muertos”.

jueves, 3 de junio de 2021

Rosario Castellanos / 6 poemas

 



EL OTRO


¿Por qué decir nombres de dioses, astros

espumas de un océano invisible,

polen de los jardines más remotos?

Si nos duele la vida, si cada día llega

desgarrando la entraña, si cada noche cae

convulsa, asesinada.

Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre

al que no conocemos, pero está

presente a todas horas y es la víctima

y el enemigo y el amor y todo

lo que nos falta para ser enteros.

Nunca digas que es tuya la tiniebla,

no te bebas de un sorbo la alegría.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,

lo que come es tu hambre.

Muere con la mitad más pura de tu muerte.


AGONÍA FUERA DEL MURO


Miro las herramientas,

El mundo que los hombres hacen, donde se afanan,

Sudan, paren, cohabitan.

 

El cuerpo de los hombres prensado por los días,

Su noche de ronquido y de zarpazo

Y las encrucijadas en que se reconocen.

 

Hay ceguera y el hambre los alumbra

Y la necesidad, más dura que metales.

 

Sin orgullo (¿Qué es el orgullo? ¿Una vértebra

Que todavía la especie no produce?)

Los hombres roban, mienten,

Como animal de presa olfatean, devoran

Y disputan a otro la carroña.

 

Y cuando bailan, cuando se deslizan

O cuando burlan una ley o cuando

Se envilecen, sonríen,

Entornan levemente los párpados, contemplan

El vacío que se abre en sus entrañas

Y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

 

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,

Soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,

Gente a quien compartir es imposible.

 

No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,

Déjame, no es preciso que me mates.

Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren

De algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender.


POESÍA NO ERES TÚ


Porque si tú existieras

tendría que existir yo también. Y eso es mentira.

 

Nada hay más que nosotros: la pareja,

los sexos conciliados en un hijo,

las dos cabezas juntas, pero no contemplándose

(para no convertir a nadie en un espejo)

sino mirando frente a sí, hacia el otro.

 

El otro: mediador, juez, equilibrio

entre opuestos, testigo,

nudo en el que se anuda lo que se había roto.

 

El otro, la mudez que pide voz

al que tiene la voz

y reclama el oído del que escucha.

 

El otro. Con el otro

la humanidad, el diálogo, la poesía, comienzan.


SER DE RÍO SIN PECES


Ser de río sin peces, esto he sido.

Y revestida voy de espuma y hielo.

Ahogado y roto llevo todo el cielo

y el árbol se me entrega malherido.

 

A dos orillas del dolor uncido

va mi caudal a un mar de desconsuelo.

La garza de su estero es alto vuelo

y adiós y breve sol desvanecido.

 

Para morir sin canto, ciego, avanza

mordido de vacío y de añoranza.

Ay, pero a veces hondo y sosegado

 

se detiene bajo una sombra pura.

Se detiene y recibe la hermosura

con un leve temblor maravillado.


PARÁBOLA DE LA INCONSTANTE


Antes cuando me hablaba de mí misma, decía:

Si yo soy lo que soy

Y dejo que en mi cuerpo, que en mis años

Suceda ese proceso

Que la semilla le permite al árbol

Y la piedra a la estatua, seré la plenitud.

 

Y acaso era verdad. Una verdad.

 

Pero, ay, amanecía dócil como la hiedra

A asirme a una pared como el enamorado

Se ase del otro con sus juramentos.

 

Y luego yo esparcía a mi alrededor, erguida

En solidez de roble,

La rumorosa soledad, la sombra

Hospitalaria y daba al caminante

- a su cuchillo agudo de memoria -

el testimonio fiel de mi corteza.

 

Mi actitud era a veces el reposo

Y otras el arrebato,

La gracia o el furor, siempre los dos contrarios

Prontos a aniquilarse

Y a emerger de las ruinas del vencido.

 

Cada hora suplantaba a alguno; cada hora

Me iba de algún mesón desmantelado

En el que no encontré ni una mala bujía

Y en el que no me fue posible dejar nada.

 

Usurpaba los nombres, me coronaba de ellos

Para arrojar después, lejos de mi, el despojo.

 

Heme aquí, ya al final, y todavía

No sé qué cara le daré a la muerte.


 APUNTES PARA UNA DECLARACIÓN DE FE


El mundo gime estéril como un hongo.

Es la hoja caduca y sin viento en otoño,

la uva pisoteada en el lagar del tiempo

pródiga en zumos agrios y letales.

Es esta rueda isócrona fija entre cuatro cirios,

esta nube exprimida y paralítica

y esta sangre blancuzca en un tubo de ensayo.

 

La soledad trazó su paisaje de escombros.

La desnudez hostil es su cifra ante el hombre.

 

Sin embargo, recuerdo...

 

En un día de amor yo bajé hasta la tierra:

vibraba como un pájaro crucificado en vuelo

y olía a hierba húmeda, a cabellera suelta,

a cuerpo traspasado de sol al mediodía.

Era como un durazno o como una mejilla

y encerraba la dicha

como los labios encierran cada beso.

 

Ese día de amor yo fui como la tierra:

sus jugos me sitiaban tumultuosos y dulces

y la raíz bebía con mis poros el aire

y un rumor galopaba desde siempre

para encontrar los cauces de mi oreja.

Al través de mi piel corrían las edades:

se hacía la luz, se desgarraba el cielo

y se extasiaba -eterno- frente al mar.

El mundo era la forma perpetua del asombro

renovada en el ir y venir de la ola,

consubstancial al giro de la espuma

y el silencio, una simple condición de las cosas.

 

Pero alguien (ya no acierto

con la estructura inmensa de su nombre)

dijo entonces:  «No es bueno

que la belleza esté desamparada»

y electrizó una célula.

 

En el principio -dice

esta capa geológica que toco-

era sólo la danza:

cintura de la gracia que congrega

juventudes y música en su torno.

 

En el principio era el movimiento.

Cada especie quería constatarse, saberse

y ensayaba las notas de su esencia:

la jirafa alargaba la garganta

para abrevar en nubes de limón.

Punzaba el aire en las avispas múltiples

y vertía chorritos de miel en cada herida

para que el equilibrio permaneciera invicto.

 

El ciervo competía con la brisa

y el hombre daba vueltas alrededor de un árbol

trenzado de manzanas y serpientes.

Nadie lo confesaba, pero todos

estaban orgullosos de ser como juguetes

en las manos de un niño.

Redondeaban su sombra los planetas

y rebotaban locos de alegría

en las altas paredes del espacio

teñidas de antemano en un risueño azul.

 

No me explico por qué

fue indispensable que alguien inventara el reloj

y desde entonces todo se atrasa o se adelanta,

la vida se fracciona en horas y en minutos

o se quiebra o se para.

La manzana cayó; pero no sobre un Newton

de fácil digestión,

sino sobre el atónito apetito de Adán.

(Se atragantó con ella como era natural.)

 

¡Qué implacable fue Dios -ojo que atisba

a través de una hoja de parra ineficaz!

¡Cómo bajó el arcángel relumbrando

con una decidida espada de latón!

 

Tal vez no debería yo hablar de la serpiente

pero desde esa vez es un escalofrío

en la columna vertebral del universo.

Tal vez yo no debiera descubrirlo

pero fue el primer círculo vicioso

mordiéndose la cola.

Porque esto, en realidad, sólo tendría importancia

si ella lo supiera.

Pero lo ignora todo reptando por el suelo,

dormitando en la siesta.

 

Ah, si se levantara

sin el auxilio de fakires indios

a contemplar su obra.

Aquí estaríamos todos:

la horda devastando la pradera,

dejando siempre a un lado el horizonte,

tratando de tachar la mañana remota,

de arrasar con la sal de nuestras lágrimas

el campo en que se alzaba el Paraíso.

Gritamos ¡adelante! por no mirar atrás.

El camino se queda señalado

-estatua tras estatua- por la mujer de Lot.

Queremos olvidar la leche que sorbimos

en las ubres de Dios.

Dios nos amamantaba en figura de loba

como a Rómulo y Remo, abandonados.

 

Abandonados siempre.

¿De qué? ¿De quién? ¿De dónde?

No importa. Nada más abandonados.

Cantamos porque sí, porque tenemos miedo,

un miedo atroz, bestial, insobornable

y nos emborrachamos de palabras

o de risa o de angustia.

 

¡Qué cuidadosamente nos mentimos!

¡Qué cotidianamente planchamos nuestras máscaras

para hormiguear un rato bajo el sol!

 

No, yo no quiero hablar de nuestras noches

cuando nos retorcemos como papel al fuego.

Los espejos se inundan y rebasan de espanto

mirando estupefactos nuestros rostros.

Entonces queda limpio el esqueleto.

Nuestro cráneo reluce igual que una moneda

y nuestros ojos se hunden interminablemente.

Una caricia galvaniza los cadáveres:

sube y baja los dedos de sonido metálico

contando y recontando las costillas.

Encuentra siempre con que falta una

y vuelve a comenzar y a comenzar.

 

Engaño en este ciego desnudarse,

terror del ataúd escondido en el lecho,

del sudario extendido

y la marmórea lápida cayendo sobre el pecho.

¡No poder escapar del sueño que hace muecas

obscenas columpiándose en las lámparas!

Es así como nacen nuestros hijos.

Parimos con dolor y con vergüenza,

cortamos el cordón umbilical aprisa

como quien se desprende de un fardo o de un castigo.

 

Es así como amamos y gozamos

y aún de este festín de gusanos hacemos

novelas pornográficas

o películas sólo para adultos.

Y nos regocijamos de estar en el secreto,

de guiñarnos los ojos a espaldas de la muerte.

La serpiente debía tener manos

para frotarlas, una contra otra,

como un burgués rechoncho y satisfecho.

Tal vez para lavárselas lo mismo que Pilatos

o bien para aplaudir o simplemente

para tener bastón y puro

y sombrero de paja como un dandy.

La serpiente debía tener manos

para decirle: estamos en tus manos.

 

Porque si un día cansados de este morir a plazos

queremos suicidarnos abriéndonos las venas

como cualquier romano,

nos sorprende saber que no tenemos sangre

ni tinta enrojecida:

que nos circula un aire tan gratis como el agua.

Nos sorprende palpar un corazón en huelga

y unos sesos sin tapa saltarina

y un estómago inmune a los venenos.

El suicidio también pasó de moda

y no conviene dar un paso en falso

cuando mejor podemos deslizarnos.

¡Qué gracia de patines sobre el hielo!

¡Qué tobogán más fino! ¡Qué pista lubricada!

¡Qué maquinaria exacta y aceitada!

 

Así nos deslizamos pulcramente

en los tés de las cinco -no en punto- de la tarde,

en el cocktail o el pic-nic o en cualquiera

costumbre traducida del inglés.

Padecemos alergia por las rosas,

por los claros de luna, por los valses

y las declaraciones amorosas por carta.

A nadie se le ocurre morir tuberculoso

ni escalar los balcones ni suspirar en vano.

Ya no somos románticos.

Es la generación moderna y problemática

que toma coca-cola y que habla por teléfono

y que escribe poemas en el dorso de un cheque.

 

Somos la raza estrangulada por la inteligencia,

«La insuperable,

mundialmente famosa trapecista

que ejecuta sin mácula

triple salto mortal en el vacío.»

(La inteligencia es una prostituta

que se vende por un poco de brillo

y que no sabe ya ruborizarse.)

 

Puede ser que algún día

invitemos a un habitante de Marte

para un fin de semana en nuestra casa.

Visitaría en Europa lo típico:

alguna ruina humeante

o algún pueblo afilando las garras y los dientes.

Alguna catedral mal ventilada,

invadida de moho y oro inútil

y en el fondo un cartel: «Negocio en quiebra» .

Fotografiaría como experto turista

los vientres abultados de los niños enfermos,

las mujeres violadas en la guerra,

los viejos arrastrando en una carretilla

un ropero sin lunas y una cuna maltrecha.

Al Papa bendiciendo un cañón y un soldado,

y las familias reales sordomudas e idiotas,

al hombre que trabaja rebosante de odio

y al que vende el horno de sus abuelos

o a la heredera del millón de dólares.

 

Y luego le diríamos:

Esto es solo la Europa de pandereta.

Detrás está la verdadera Europa:

la rica en frigoríficos -almacenes de estatuas

donde la luz de un cuadro se congela,

donde el verbo no puede hacerse carne.

Allí la vida yace entre algodones

y mira tristemente tras el cristal opaco

que la protege de corrientes de aire.

En estas vastas galerías de muertos,

de fantasmas reumáticos y polvo,

nos hinchamos de orgullo y de soberbia.

 

Los rascacielos ya los ha visto de lejos:

los colmenares rubios donde los hombres nacen,

trabajan, se enriquecen y se pudren

sin preguntarse nunca para qué todo esto,

sin indagar jamás cómo se viste el lirio

y sin arrepentirse de su contento estúpido.

 

Abandonemos ya tanto cansancio.

Dejemos que los muertos entierren a sus muertos

y busquemos la aurora

apasionadamente atentos a su signo.

Porque hay aún un continente verde

que imanta nuestras brújulas.

Un ancho acabamiento de pirámides

en cuyas cumbres bailan doncellas vegetales

con ritmos milenarios y recientes

de quien lleva en los pies la sabia y el misterio.

Un cielo que las flechas desconocen

custodiado de mitos y piedras fulgurantes.

Hay enmarañamientos de raíces

y contorsión de troncos y confusión de ramas.

Hay elásticos pasos de jaguares

proyectados - silencio y terciopelo -

hacia el vuelo inasible de la garra.

 

Aquí parece que empezara el tiempo

en solo un remolino de animales y nubes,

de gigantescas hojas y relámpagos,

de bilingües entrañas desangradas.

Corren ríos de sangres sobre la tierra ávida

corren vivificando las más altas orquídeas,

las más esclarecidas amapolas.

Se evaporan rugientes en los templos

ante la impenetrable pupila de obsidiana,

brotan como una fuente repentina

al chasquido de un látigo,

crecen en el abrazo enorme y doloroso

del cántaro de barro con el licor latino.

 

Río de sangre eterno y derramado

que deposita limos fecundos en la tierra.

Su caudal se nos pierde a veces en el mapa

y luego lo encontramos

-ocre y azul-  rigiendo nuestro pulso.

Río de sangre, cinturón de fuego.

En las tierras que tiñe, en la selva multípara,

en el litoral bravo de mestiza

mellado de ciclones y tormentas,

en este continente que agoniza

bien podemos plantar una esperanza.

 

Rosario Castellanos (Ciudad de México- Tel Aviv, Israel)
Escritora, periodista y diplomática, está considerada como una de las figuras más importantes de la literatura mexicana en el siglo XX.