lunes, 23 de mayo de 2022

Roberto Sosa / Poemas

 


Límite

 

Estoy enfermo. Mi yo

no es sino un bulto abandonado

en un lugar con flores de doble filo.

Me arrastro como puedo

entre hombres y mujeres de sonrisa perfecta

condicionada

al cambio de las monedas falsas.

Me sobrevuelan círculos concéntricos

de sombras

con brillo

de navajas

que me escarban el fondo,

y nada digo.

Estoy enfermo, claro, muy enfermo,

todos

están enfermos en la ciudad que habito.

Anda drogado y sucio el odio por las calles y sufre

oscuramente

de frío en la cabeza.

Lejos esté el amor. Muy lejos de estos crueles edificios.

 

Esta luz que suscribo

 

Esto que suscribo

nace

de mis viajes a las inmovilidades del pasado. De la seducción

que me causa la ondulación del fuego

igual

que a los primeros hombres que lo vieron y lo sometieron

a la mansedumbre de una lámpara. De la fuente

en donde la muerte encontró el secreto de su eterna juventud.

De conmoverme

por los cortísimos gritos decapitados

que emiten los animales endebles a medio morir.

Del amor consumado.

desde la misma lástima, me viene.

Del hielo que circula por las oscuridades

que ciertas personas echan por la boca sobre mi nombre. Del centro

del escarnio y de la indignación. Desde la circunstancia

de mi gran compromiso, vive como es posible

esta luz que suscribo.

 

La batalla oscura

 

He vuelto.

El caserío se desploma y flota su nombre

solamente.

Beso la tarde como quien besa una mujer dormida.

Los amigos

se acercan con rumor de infancia en cada frase.

Los muchachos

pronuncian mi nombre y yo admiro sus bocas con animal ternura.

Levanto una piedra como quien alza un ramo

sin otro afán que la amistad segura.

La realidad sonríe

tal vez

porque

algo

he inventado en esta historia. He vuelto, es cierto,

pero nadie me mira ni me habla, y si lo hacen,

escucho una batalla de palabras oscuras entre dientes.

(las brasas del hogar amplían los rincones

y doran las tijeras del día que se cierra).

Un esfuerzo violáceo

contiene mi garganta.

 

Malditos bailarines sin cabeza

 

Aquellos de nosotros

que siendo hijos y nietos

de honestísimos hombres de campo,

cien veces

negaron sus orígenes

antes y después

del canto de los gallos.

Aquellos de nosotros

que aprendieron de los lobos

las vueltas

sombrías

del aullido y el acecho,

y que a las crueldades adquiridas

agregaron

los refinamientos de la perversidad

extraídos

de las cavidades de los lamentos.

Y aquellos de nosotros

que compartieron (y comparten)

la mesa

y el lecho

con heladas bestias velludas destructoras

de la imagen de la patria, y que mintieron o callaron

a la hora de la verdad, vosotros,

-solamente vosotros, malignos bailarines sin cabeza-

un día valdréis menos que una botella quebrada

arrojada

al fondo de un cráter de la Luna.

 

Los elegidos de la violencia

 

No es fácil reconocer la alegría

después de contener el llanto mucho tiempo.

El sonido de los balazos

puede encontrar de súbito

el sitio de la intimidad. El cielo aterroriza

con sus cuencas vacías. Los pájaros pueden alojar la delgadez

de la violencia entre patas y picos. La guerra fría

tiene su mano azul y mata.

La niñez, aquella de los cuidados cabellos de vidrio,

no la hemos conocido. Nosotros nunca hemos sido niños.

El horror

asumió su papel de padre frío. Conocemos su rostro

línea por línea,

gesto por gesto, cólera por cólera. Y aunque desde las colinas admiramos el mar

tendido en la maleza, adolescente el blanco oleaje,

nuestra niñez se destrozó en la trampa

que prepararon nuestros mayores.

Hace ya muchos años

la alegría

se quebró el pie derecho y un hombro,

y posiblemente ya no se levante, la pobre.

Mirad.

Miradla cuidadosamente.

 

La hora baja

 

Eran los años primeros.

Cruzábamos entonces la existencia

entre

lineales zumbidos,

difuntos calumniados

y ríos poseedores de márgenes secretos. Éramos

los vagabundos hermanos

de los canes sin dueño,

cazadores de insectos,

jurados enemigos

de torpes

implacables policías;

guerreros inmortales

de la mitología, no distinguíamos un ala

del cuerpo de una niña.

Dando vueltas y cambios crecimos duramente.

De nosotros

se levantaron

los jueces de dos caras; los perseguidores

de cien ojos, veloces en la bruma y alegres

consumidores de distancias; los delatores fáciles;

los verdugos sedientos de púrpura; los falsos testigos

creadores de la gráfica del humo; los pacientes

hacedores de nocturnos cuchillos.

Algunos dijeron: es el destino

que nos fue asignado, y huyeron

dejando la noche enterrada. Otros

prefirieron encerrarse entre cuatro paredes sin principio ni fin.

Pero todos nosotros -a cierta hora- recorremos

la callejuela de nuestro pasado

de donde

volvemos

con los cabellos tintos de sangre.

 

Los pobres

 

Los pobres son muchos

y por eso

es imposible olvidarlos.

Seguramente

ven

en los amaneceres

múltiples edificios

donde ellos

quisieran habitar con sus hijos.

Pueden

llevar en hombros

el féretro de una estrella.

Pueden

destruir el aire como aves furiosas,

nublar el sol.

Pero desconociendo sus tesoros

entran y salen por espejos de sangre;

caminan y mueren despacio.

Por eso

es imposible olvidarlos.

 

Si el frío fuera una casa con heno, niño y misterio

 

El frío

tiene

los ademanes suaves

pero sus claros pies de agua dormida

no entran

en las habitaciones de los poderosos.

Penetra

en las chozas

con la tranquilidad de los dueños

y abraza la belleza de los niños.

Los desheredados

dudan

de esas delicadas actitudes

y esperan la tibieza

-se diría calor humano-

temblando como ovejas en peligro.

Su poderío aniquila los castillos de arena

habitados por sirenas, y a los inválidos

que en los días de ventisca

no poseen abrigo alguno.

Los caballos salvajes

galopan hacia el mar

cuando sus instintos

perciben

los movimientos

de su profundo corazón de nieve.

 

Piano vacío

 

Si acaso

deciden buscarme,

me encontrarán

afinando mi caja de música.

Podrán

oír entonces

la canción que he repetido

a boca de los anocheceres: ustedes

destruyeron

cuidadosamente

mi patria y escribieron su nombre en libros secretos.

A nosotros

nos transformaron en espantapájaros.

Si acaso

deciden

buscarme,

estaré esperándoles

junto a mi silencio de piano vacío.

 

 


Roberto Sosa (Yoro, 18 de abril de 1930 - Tegucigalpa, 23 de mayo de 2011) fue un poeta hondureño, uno de los más prestigiosos en su país.

Es autor de Muros, Mar interior, Los pobres, Un mundo para todos dividido, Obra completa, Diálogo de sombras, Prosa armada, Máscara suelta, Hasta el sol de hoy, Antología personal, Digo Mujer, entre otros libros. Ha obtenido los premios Juan Ramón Molina 1967, Adonais 1968, Casa de las Américas, 1971, Ramón Rosa 1972, Ramón Amaya Amador, 1975 e Itsamná. Su libro The return of the river (El regreso del río) edición bilingüe publicada por Curbstone Press, traducido por Jo Anne Engelbert, obtuvo el premio National Traslation Award 2003 otorgado por The American Literary Asosiation (Alta).

 

 

lunes, 16 de mayo de 2022

Francesca Gargallo Celentani / 15 poemas




La luna anda extraña. Crece, se resbala

no duerme.

Su ojo abierto en la noche distrae

la ciudad de ratas y bares

del transeúnte mata el tiempo

confunde a la soñolienta, no la deja dormir.

 

La luna agobia y reanima.

Demasiado grande, blanca a más no poder

farol tras la persiana

desazona, distante a la agonía

e imperfecto símbolo de los amantes.

 

OTRA VEZ EN CAMINO

 

La noche se hace cobija

la angustia deseo.

El zumbido del motor y

el miedo

muerden los frenos.

Sólo el camino tiene veloz

la posibilidad

de llegar.

 

SEPARACIÓN EN CUATRO TIEMPOS

 

La luz del alba nació de una hora de fragor.

 

Dicen que nos llamó de las colinas

de los naranjos blancos y olorosos, de las tumbas

abiertas de tierra removida.

 

La cama abandonada

retuvo abrazos y semen.

La ventana se hizo cuerpo

en un relámpago azul.

 

No hay nostalgia humana

en el sentir que duele:

la sábana llora

nuestros proyectos suspendidos

 

AÚN QUIÉN TIENE CAZUELA Y CARNE

 

Quien dijo

la luna es en la noche un cuchillo plateado

no tenía frío. Seguramente.

Para María

es la angustia de la noche que pasa

con la despensa vacía

Para Manuel una inútil cobija

doblada y lejana

Y para mí que no debería joder

ni darme el lujo de criticar

para mí que tengo leña en la chimenea

carne en la cazuela

y un vaso de ron en la mano

para mí es tu insoportable

ausencia.

 

EN CADA PERSONA AMADA

HAY UN RECUERDO DE INFANCIA

 

Mientras se entretejen pasiones

en cada esquina

la historia corre

imponiendo ritmos

que borran la luz al sol.

Todo gesto repite el primer amor y el último

al ser que se nos ofrece

en voraz

absoluta

capitulación.

 

Otro barco con su destino de odio.

La noche regresa en copas de vino

para descifrar

los frutos de una muerte involuntaria

voluntaria

obligatoria.

 

Cada vuelta al amor presupone un sueño de amor mayor.

Un recuerdo de infancia

que se perfila como el triunfo del bien

en un país lejano

vecino

fundamental

sin importancia.

 

FUNCIONAS

 

Hoy funcionas amor.

Mientras el sueño devora mis horas

y yo me agazapo entre el cojín y el alma

tú andas perfecto como una vieja ama de llaves

cargas con la ropa y la hora de la cena.

 

Hoy funcionas cual programa doméstico

te eclipsas silencioso por el pasillo

llenas la lavadora planchas.

Ni entre los dos jamás hacemos tanto.

Será que el cansancio me ha caído encima

como un oyamel herido en el humus

y siento que podrirme es mi destino.

 

Ni siquiera ese miedo de raíz

-el pánico infantil frente a mi madre deprimida

el terror a la nada que devora la gente-

nada puede levantarme

y tú funcionas

 

SUBIRÁS LOS PELDAÑOS

 

                                           A Edoardo Ventimiglia

 

Regresa al mar corre hacia

su costa mi casa tu casa nuestra tierra:

hace frío en diciembre y Sicilia canta de gusto

al viento que mueve sus naranjos.

 

En mi casa blanca subirás los peldaños

para entrar en la chimenea que juega

con las sombras del invierno

y sonreiremos pensando en el mar estival

en esos días lejanos en que la perra

nos salvaba cada vez que el mar

me poseía en nuestros primeros amores

en tus ojos morenos sobre mi piel quinceañera.

 

Ten hijos si puedes para que un día conozcan

por tu boca la posibilidad de tener amigos

y por tu vida la importancia de la entrega.

Ten hijos para que sepan que fuiste mi amigo

en la mirada picara de la adolescencia

mi amigo en las decisiones de la juventud

en la vida en las casas los sueños la militancia.

 

Y mientras los tienes mientras los creces cuando se hayan ido

llega a mi casa llega a tu mar

al jardín de los dioses la cuna de Venus

a tu tierra que llevamos en los ojos

a esa Sicilia árida negra malvada

llega para decirle que sus azahares son toda la historia

y la voluptuosidad de un abril que esperamos.

 

Cantan sus nostalgias con menor

asiduidad, las migrantes.

Es la misma añoranza, sin embargo

la que dedican cántaros

los colibrís

los jeroglíficos en las cortezas de sus selvas.

 

puede ser

como dicen las universidades

que tengan

la garganta cerrada

o que asuman la carga de dolor de sus compañeros

(con tanto peso respirar duele).

 

Sin voz pizcan café

al cruzar la frontera

áfonas lavan ropa ajena

disimulan las gracias en el comedor

de la casa del migrante.

Temen, por supuesto, el estupro.

 

Las acecha desde los atavíos militares:

Los policías exigen sus gratificaciones de cuerpo

y la esclavitud sexual es negocio de traficantes.

En promedio dos violaciones cuesta el peaje

que pagan las azoradas mariposas

del verde Usumacinta a los cactos de Arizona.

 

Todavía en la línea se inyectan

anticonceptivos para un mes.

 

Las valientes temerosas

graznan sus cantos

e incitan al coraje.

No es el miedo.

 

Saben que las deudas no tienen género

y el estado reconoce

que las remesas son su primer ingreso.

 

Expatriadas si nombre

escondidas en las aristas

de una lengua sin lugar

se les han borrado las coplas

sus dioses reciben alabanzas desgastadas.

 

Las miro deambular a orillas de las autopistas

les compro el boleto de un bus

porque me lo piden a media voz.

No es el miedo.

 

Guardan el aroma de las montañas

la fiesta patronal

aunque no defenderían

un baúl de memorias inadecuadas.

 

Dicen que la lengua es materna

¿qué trova pasarán a sus hijas

valdrá un canto esta agonía de pueblo mudo?

Sus mismas madres las bendijeron sin loas.

 

No tienen casi palabras propias, las migrantes.

Sólo en la puerta del baño

una dama de parasol y abanico

único cuerpo de tetas.

 

No es el miedo.

Su audacia es saliente

las migrantes no arredran

ante lo indecible.

Que dejar la casa despliega las alas.

 

ROMA

 

La pluma lenta sobre las ojeras eternas

subraya la arruga naciente

y sonríe de un primer grado de miopía

como si fueran tratados sobre el método

y el frenesí.

Estúpidas lujurias engloban la noche

y el tedio sorbe

en el vaso de cualquiera.


COYOACÁN

 

Toda la historia en una lluvia.

Mil años en cada gota y la plaza

vacía: no siento mis pasos

y se rompen los geranios

entre las gotas de la tarde violenta

por la antigua exuberante

tempestad que complica

las trenzas coloridas de la historia.

 

La lluvia continúa avanza

sobre los árboles y la negra piedra

del volcán.

 

Temblorosa en los geranios de la plaza

se entreteje una guerra muda.

 

Amarte fue un intenso regalo

El olvido es ahora una tarea

que enfrento en compañía

Como todo trabajo

el fin de semana se suspende

suspiro en la hamaca

y recuerdo tu boca con olor a mañana

 

CONJURO

 

Usé el dolor como instrumento

falsa jugada de falsos sentimientos que creció a la fuerza

con voluntad de elefante.

 

Hoy renuncio a la ilusión de controlar

la corrección de la palabra

la métrica

toda sensibilidad para disponer el ánimo a la letra.

Renuncio y reconozco

a la amiga

la hija

la amante y aun a ese hombre que se cuela por la concreción de eternidad en un segundo.

Limpio al sol mi vida de niña

digo adiós a la jovencita arrojada.

 

Herramientas fueron las guerras

el sufrir de otros, ajeno y pregonado:

heroicidad inventada para dar cuerpo a cuentos verdaderos

deseo de ser personaje de mí misma.

 

Hoy miro al mundo que se acaba

la lluvia sucia del atardecer

y sueño.


Lee la niña el poema que le propone la maestra

silabea uniendo una vocal a su consonante

regresa a la palabra completa

sonríe, le gusta comprender el signo

transformarlo en sentido, una imagen perceptible.

Es simple y bello el poema

las alas de la mariposa tronchan que cruzan

levantan algo más que color, un tenue retrato del vuelo.

La maestra asiente, su poder es el cuadro habitual

con que construye una cadena de obediencias

a una estética de segmentos armonizados.

La niña que lee repentinamente tuerce la boca

y declara su antipatía hacia la palabra dios

que el poema de la maestra agradece por tanta ingrávida belleza.

La libertad chirría su presencia en la boca de la niña

corrige el poema de la maestra con un aleteo

azul de ensueño para la metamorfosis.

 

HAY UN POEMA

 

La fresca roja fuerza

de la bugambilia verde y espinosa aún.

La planté

sin tener

tu dura presencia

ni imaginar

el transcurrir

de las hojas

en difícil y constante compañía.

 

Exagera ahora las distancias

porque todo lo despierta

amar

desaforadamente

sin mitologías

confundiendo

intercambiando

hasta el sexo.

 

Amo mis trenzas

y tus dientes pequeños.

Hay entre nosotros

una sonrisa que dice

ven

para engendrar una raza de locos

gozar

solos

del ajetreo de nuestras voces.

Al florecer me hunde

en el vacío de tu pecho

la plenitud de tu mente

me hunde

—hembra desprendida—

en el llamado de tu mano en la cocina.

 

Hay entre nosotros

desayunos veraniegos

tardes de estudio

siembras.

Silencios que prometen adioses

pétalos carmesí

que caen del árbol sembrado

en un mar de lodo

y esperanza abortada.

 

Todo es un decir.

Hay un poema en el mundo

que no calla e invade

nuestro jardín de bugambilia.

 

UNA REPORTERA LE DIJO

 

La joven actriz

mostró su capacidad erótica.

El sonidista la congratuló

y el camarógrafo

su peinadora

el maquillador el arquitecto y la costurera.

Una reportera

le dijo: mijita usted sabe que

la pasión dura seis días

es violenta feroz e hiriente

tocar el cielo con un dedo y beber la nieve.

 

Cuando amé sentí mío su pene

y suya mi vagina. Mis pechos

se suspendían en el aire como dardos lanzados

sentí mi vientre convertirse en un hoyo negro

en que se pierde el sentido

mis piernas capaces de atravesar el mar

mi piel no ser más que el contorno que es

pero fuerte

trazado a tinta china.

Sentía su presencia en la boca mi cuello

los pezones el ombligo

la raya de pelo que baja hasta el clítoris.

Grité y callé al amar

sonreí gemí

me reí a carcajadas

hablé canté susurré

abrí mis piernas

las cerré

lo monté me montó

rodamos besando la inmensidad infinita

de nuestros cuerpos.

 

El camarógrafo calló

como la joven actriz.

 

Francesca Gargallo Celentani (Roma, Italia. 1956). Poeta, narradora, traductora y editora que ha sido docente y defensora de los derechos humanos de la mujer. Licenciada en Filosofía por la Universidad La Sapienza de Roma; realizó sus estudios de posgrado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Vive en México desde 1979 y aquí adoptó el español como lengua principal de sus escritos. Fue Premio Luis Cardoza y Aragón de Bellas Artes, para la Crítica de Artes en 2010 y entre sus obras se encuentran Ides feministas latinoamericanas (UACM, 2006), Estar en el mundo (Era, 1994), Verano con lluvia (Era, 2003) y Se prepara a la lluvia la tarde (Ediciones sin Nombre, 2014). Actualmente colabora con Ediciones Desde Abajo (Colombia).