lunes, 11 de agosto de 2014

REÍR LLORANDO



Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra-
el pueblo al aplaudirlo le decía:
“Eres el más gracioso de la tierra,
y el más feliz…” y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
sufro -le dijo-, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única pasión la de la muerte.

-Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado!
-Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído!
-Que os ame una mujer. -¡Si soy amado!
-Un título adquirid. -¡Noble he nacido!

-¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.
-¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
-¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas.
-¿Vais a los cementerios? -Mucho… mucho.

-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?
-Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos, mis verdugos.

Me deja -agrega el médico- perplejo
vuestro mal, y no debe acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo
“Sólo viendo a Garrick podréis curaros”.
-¿A Garrik? -Sí, a Garrick… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!
-¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; más… ¿qué os inquieta?
-Así -dijo el enfermo-, no me curo:
¡Yo soy Garrick!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.

Juan de Dios Peza

martes, 1 de julio de 2014

DISTANCIA / Cristina Peri Rossi (inédito)




DISTANCIA

Leí: “amor es la reducción mínima del abismo que hay entre dos personas” y la definición me deslumbró: eso era lo que
yo estaba intentando hacer desde que nos conocíamos: reducir al mínimo la distancia entre mi cuerpo y el tuyo,
entre mis horarios y los tuyos, entre mi pensamiento y el tuyo, entre mis opiniones y las tuyas. Un esfuerzo titánico,
y otras, en cambio, parecía posible, más cercano.
Cogí la cinta métrica de enrollar y la guardé en el bolsillo.
Le dije: -Escucha, mi vida, esta definición: “amor es la reducción mínima del abismo que hay entre dos personas”.
Esperé. Saliste de la ducha con una toalla anudada a la cabeza y me dijiste:
-¿De dónde has sacado esa tontería? ¿De un libro de autoayuda? (Distancia: diez quilómetros aproximadamente, calculé.)
-Sabes que no leo libros de autoayuda. Es de un psicoanalista…
-Lo mismo da. Unos lo llaman autoayuda, otros psicoanálisis
-dijiste, buscando el secador de pelo.
Yo estaba sentada en el sofá, con el libro en la mano. Distancia
–calculé-: ocho quilómetros y medio.
-Yo no siento que haya ningún abismo entre nosotras –agregaste sorpresivamente y me diste un suave beso en la mejilla
(¡la distancia se había reducido sólo a cinco centímetros!, calculé).
-Yo tampoco –mentí. Ayer te había leído varios poemas de César Vallejo
(“es un poco atormentado” dijiste: distancia, varios quilómetros)
y habíamos escuchado la Bachiana no. 5 de Héctor Villalobos.
“Muy lindo” habías dicho. Distancia: cien metros.
Yo había leído que existían personas sin sensibilidad alguna para la música: podían escucharla sin que sus neuronas emocionales sufrieran ningún estremecimiento. En cambio, otras, eran tremendamente
sensibles a la música, como Beethoven que escuchaba música aunque era sordo.
-¿Te preparo un café antes de que te vayas? –pregunté.
-Prefiero hacer el amor – declaraste, rozándome la mejilla.
Alteración: 85 grados en la escala Ritcher.
¿Querías hacer
el amor quince minutos antes de salir para la oficina?
¿Cuántos metros de distancia significaba esta propuesta?
¿Cero centímetro? ¿Diez? ¿Un metro?
-Sólo tenemos quince minutos –murmuré, asombrada.
-A veces me gusta a contrarreloj- dijiste, risueña, y te echaste sobre la cama, semidesnuda.
Algo así yo sospechaba desde que me habías dicho que te gustaba el motociclismo.
-Disponemos de quince minutos –repetiste, como si eso te excitara mucho.
-A mí me gusta lento –me defendí.
-No seas repetitiva. Una vez puede ser rápido, otra, lento.
Distancia: veinte yardas.
Nos entrecruzamos como pulpos, nos montamos como lapas.
Distancia: cero. Distancia: cero. Distancia: cero.
En el cero me hubiera quedado toda la vida. Pero de pronto,
luego del orgasmo, te dormiste. Te hundiste en el sueño profundamente.
Mientras te miraba dormir,
sentía que la distancia iba aumentando, crecía, se alargaba… llegaba a varios quilómetros.
Alguien que duerme después del amor se ha ido. Te miré (“Mirándola dormir”, libro de poemas de Homero Aridjis).
Cuando despertaste, la distancia me parecía de varios quilómetros.
-Me he dormido –murmuraste a media voz.
Efectivamente.
-He soñado contigo –dijiste. Glup. La distancia ahora volvía a acercarnos.
¿Te habías dormido dejándome ausente, afuera
de ti, en el espacio, pero soñaste conmigo? Entonces la distancia sería mucho menor…
Te repusiste de inmediato. A vestirse con rapidez.
Distancia: veinte metros.
-Me voy. Esta noche tengo una cena. No sé a qué horas vendré. O quizás me quedo en la casa de una amiga. Te aviso por el móvil.
Distancia: varios quilómetros.
-¿Puedo llamarte?
-Ya sabes que no me gusta que me llames cuando estoy con
mis amigas, me intimida. ¿Te diste cuenta de que no había
un abismo entre nosotras?
Pero ahora sí lo hay. Pensé. Distancia: demasiado larga. Imposible casi de recorrer a pie.
Guardé la cinta métrica. “El amor es la reducción mínima del
abismo entre dos personas.”

Cristina Peri Rossi

lunes, 30 de junio de 2014

ASÍ SOMOS / RUBÉN ACKERMAN





ASÍ SOMOS

error
errar
errante
errata
somos la nota disonante
los deicidas
los culpables
los que tenemos que pedir permiso para
 respirar
para estar
  para ser
somos los inconvenientes
  los marcados
los expulsados
los incinerados
los asfixiados
los que siempre parten antes de llegar

de nuestro templo solo quedo un muro
para lamentarnos

Nuestro poeta
perdió el habla, el sentido
ahora se hunde en las aguas del Sena

somos Judios

Rubén Ackerman

miércoles, 25 de junio de 2014

Santo / Enrique Salustiana





 SANTO
El altar del santo se está quemando
sus velas son una epidemia
que lo ocultan.
La fe ardiente,
el miedo derretido,
la mecha agónica,
zigzaguea su fantasmal ascenso
que desaparece.

El altar del santo se está quemando
cada segundo es una petición
que entierra mis rodillas,
encorva mi espalda
y baja mi cabeza.

El altar del santo se está apagando
nadie lo enciende.
Los puños duermen bajo tierra.

Enrique Salustiana



miércoles, 11 de junio de 2014

Roberto Juarroz

-2-

Llegará un día
en el cual no habrá que empujar
los vidrios para que caigan,
ni martillar los clavos para que sostengan,
ni pisar las piedras para que se callen,
ni beber el rostro de las mujeres para que sonrían.

Empezará la gran unión.
Hasta dios aprenderá a hablar
y el aire y la luz
entrarán en su cueva de miedosas eternidades.

Entonces ya no habrá diferencia
entre tus ojos y tu vientre,
ni entre mis palabras y mi voz.
Las piedras serán como tus senos
y yo haré mis versos con las manos,
para que nadie pueda ya confundirse.

Roberto Juarroz

miércoles, 4 de junio de 2014

Hambre de escribir / Juan Calzadilla



HAMBRE DE ESCRIBIR

Deja reposar el texto, como el pan.
Déjalo sobre la mesa para cuando vuelvas
a tener ganas de escribir, como quien queda
con hambre y encuentra que en la mesa
todavía está el pan. Y tú también reposa.
Deja tu mente en blanco
para que el vacío la llene o, mejor, el silencio.
Incluso deja la hoja en blanco.

Juan Calzadilla

sábado, 31 de mayo de 2014

(A media mañana) / Jacqueline Goldberg

 
(A media mañana)

Debería orar junto a los demás.

Malgasto la siesta

poniéndome a tono con las pesadillas.

Parece que la ciudad

conociera la duermevela de Yom Kipur.

Los autos andan más lentos.

La gente se abstiene de atrocidades.

Un gimoteo

se cuece en el vaho de los muros.

¿Escucha Dios el fervor de nuestras ambiciones?

¿Sabe cuán obstinados somos?

¿Escucha el arrepentimiento

de quienes pasamos la tarde en una cama,

dosificando el desamparo?

Dios atiende mis súplicas.

Nunca me dejó sola.

Lo sé, porque tengo un hijo con ojos de albahaca,

porque respiro sin dificultad,

porque el hombre que amo besa mi frente a medianoche.

Jacqueline Goldberg