DISCURSO DE
ANNIE ERNAUX ANTE LA ACADEMIA SUECA
¿Por dónde empezar? Esta pregunta,
me la he hecho decenas de veces ante la página en blanco. Como si necesitara
encontrar la frase, la única, que me permita penetrar en la escritura del libro
y despeje de golpe todas las dudas. Una especie de clave. Hoy, para afrontar
una situación que, ya pasado el estupor del acontecimiento –”¿De verdad me está
sucediendo esto a mí?”–, mi imaginación me presenta con un pavor creciente, se
apodera de mí la misma necesidad. Encontrar la frase que me dará la libertad y
la firmeza de hablar sin temblar, en este lugar al que me invitan ustedes esta
tarde.
No necesito ir muy lejos a buscar
esta frase. Surge. Con toda nitidez, con toda su violencia. Lapidaria.
Irrefragable. La escribí hace sesenta años en mi diario íntimo. Escribiré para
vengar a mi raza. Era un eco del grito de Rimbaud: “Soy de raza inferior por
toda la eternidad”. Tenía yo veintidós años. Era estudiante de Literatura
Francesa en una facultad de provincias, rodeada de muchachas y muchachos
procedentes de la burguesía local.
Pensaba orgullosa e ingenuamente que
escribir libros, hacerse escritor, al final de una estirpe de campesinos sin
tierras, de obreros y pequeños comerciantes, de gentes despreciadas por sus
modales, su acento, su incultura, bastaría para reparar la injusticia del
nacimiento. Que una victoria individual borraba siglos de dominación y de
pobreza, con una ilusión que ya la escuela me había incentivado por mi alto
rendimiento escolar. ¿Cómo podría compensar mi éxito académico las
humillaciones y las ofensas sufridas? No me planteaba la pregunta. Tenía
algunas excusas.
Desde que aprendí a leer, los libros
eran mis compañeros; la lectura, mi ocupación natural fuera de la escuela.
Aquel gusto lo cultivaba una madre que, a su vez, devoraba novelas en su tienda
entre cliente y cliente, y que me prefería leyendo más que cosiendo o tejiendo.
La carestía de los libros, la suspición de que eran objeto en mi colegio
religioso, me los hacían aún más deseables. Don Quijote, Los viajes de
Gulliver, Jane Eyre, los cuentos de los hermanos Grimm y de Andersen, David
Copperfield, Lo que el viento se llevó, más tarde Los miserables, Las uvas de
la ira, La náusea, El extranjero: era el azar, más que las prescripciones
escolares, lo que determinaba mis lecturas.
La elección de cursar estudios
literarios se debió a que quería seguir con la literatura, convertida en un
valor superior a todo lo demás, en un modo de vida, incluso, que me hacía
proyectarme en una novela de Flaubert o de Virginia Woolf y vivirlas
literalmente. Una especie de continente que yo oponía, inconscientemente, a mi
medio social. Y no concebía la escritura sino como posibilidad de transfigurar
la realidad.
Que dos o tres editores rechazaran
mi primera novela –novela cuyo único mérito residía en la búsqueda de una forma
nueva– no fue lo que derrumbó mi deseo y mi orgullo. Fueron situaciones de la
vida en las que ser una mujer suponía un pesado lastre con respecto a ser un
hombre en una sociedad donde los roles estaban definidos según el sexo, la
contracepción estaba prohibida y la interrupción del embarazo se consideraba un
crimen. En pareja y con dos hijos, docente de profesión y con la intendencia
familiar a mi cargo, me alejaba día a día, cada vez más, de la escritura y de
mi promesa de vengar a mi “raza”. No podía leer la parábola ‘Ante la ley’ en El
proceso de Kafka sin ver en ello la figuración de mi destino: morir sin
franquear la puerta que estaba hecha solo para mí, el libro que solo yo podría
escribir.
Pero eso suponía no contar con el
azar privado e histórico. La muerte de mi padre a los tres días de llegar yo de
vacaciones a su casa, un puesto de profesora en un instituto donde el alumnado
proviene de medios populares semejantes al mío, los movimientos mundiales de
protesta: elementos, todos ellos, que me conducían por vías imprevistas y
sensibles al mundo de mis orígenes, a mi “raza”, y que conferían a mi deseo de
escribir un carácter de urgencia secreta y absoluta. Esta vez, no se trataba de
entregarme a aquel ilusorio “escribir sobre nada” de mis veinte años, sino de
sumergirme en lo indecible de una memoria reprimida y de sacar a la luz la
manera de existir de los míos. Escribir para entender las razones, dentro y
fuera de mí, que me habían alejado de mis orígenes.

La elección de una escritura
determinada nunca es obvia. Pero quienes, migrantes, ya no hablan la lengua de
sus padres y quienes, tránsfugas de clase social, no usan exactamente la misma,
se piensan y se expresan con otras palabras, todos, se ven confrontados a
obstáculos suplementarios. A un dilema. Efectivamente, sienten la dificultad,
véase la imposibilidad de escribir en la lengua adquirida, dominante, que han
aprendido a manejar y que admiran en sus obras literarias, todo lo relativo a
su mundo de procedencia, a ese mundo originario hecho de sensaciones, de
palabras que dicen la vida cotidiana, el trabajo, el lugar ocupado en la
sociedad. Está, por una parte, la lengua en la que han aprendido a nombrar las
cosas, con su brutalidad, con sus silencios; por ejemplo, ese del cara a cara
entre una madre y un hijo, en el bellísimo texto de Albert Camus Entre sí y no.
Por otra parte, los modelos de las obras admiradas, interiorizadas, las que han
abierto el universo primigenio y con respecto a las que se sienten deudores por
su elevación, que a menudo consideran como su verdadera patria. En la mía
figuraban Flaubert, Proust, Virginia Woolf: en el momento de retomar la
escritura, no me resultaron de ninguna ayuda. Necesitaba romper con el
“escribir bien”, con la bella frase, esa misma que enseñaba a mis alumnos, para
extirpar, exhibir y comprender el desgarro que me penetraba. Espontáneamente,
emergió en mí el estruendo de una lengua que arrastraba consigo la ira y la
irrisión, incluso la vulgaridad, una lengua del exceso, insurgente, a menudo
utilizada por los humillados y los ofendidos, como la única forma de responder
a la memoria de los desprecios, de la vergüenza y de la vergüenza de la
vergüenza.
Enseguida, también, me pareció
evidente –hasta el extremo de no poder contemplar otro punto de partida– anclar
el relato de mi desgarro social en la situación que viví cuando era estudiante,
esa situación indigna a la que el Estado francés condenaba siempre a las
mujeres: el recurso al aborto clandestino entre las manos de una “hacedora de
ángeles”, de una abortera. Y quise describir todo lo que le sucedió a mi cuerpo
de chica, el descubrimiento del placer, la regla. Así, en ese primer libro,
publicado en 1974, sin que fuera entonces consciente, se encontraba definida el
área en la que ubicaría mi trabajo de escritura, un área a la vez social y
feminista. Vengar a mi raza y vengar a mi sexo serían una sola y misma cosa a
partir de entonces.
¿Cómo no interrogarse sobre la vida
sin hacerlo también sobre la escritura, sin preguntarse si esta reconforta o
perturba las representaciones admitidas, interiorizadas sobre los seres y las
cosas? ¿Acaso la escritura insurrecta, por su violencia y su escarnio, no
reflejaba una actitud de dominada? Cuando el lector era un privilegiado
cultural, conservaba la misma posición de desapego y de condescendencia con
respecto al personaje del libro que en la vida real. De suerte que, en un
principio, para prevenir esa mirada que, dirigida a mi padre cuya vida quería
yo contar, habría sido insostenible y, así lo sentía yo, una traición, adopté,
a partir de mi cuarto libro, una escritura objetiva, “plana”, en el sentido en
que no utilizaba ni metáforas ni marcas emocionales La violencia ya no se
exhibía, venía de los hechos en sí y no de la escritura. Encontrar las palabras
que contuvieran a la vez la realidad y la sensación procurada por la realidad,
iba a convertirse, y hasta hoy, en mi preocupación constante al escribir, fuera
cual fuera el objeto.
Seguir diciendo “yo” me resultaba
absolutamente necesario. La primera persona –esa por la cual, en la mayoría de
las lenguas, existimos nosotros, en cuanto aprendemos a hablar, hasta la
muerte– es considerada a menudo, en su uso literario, como narcisista porque
remite al autor, porque no se trata de un “yo” representado como ficticio. Es
bueno recordar que el «yo», hasta entonces privilegio de los nobles que
contaban elevados hechos de armas en sus Memorias, es en Francia una conquista
democrática del siglo xviii, la afirmación de la igualdad de los individuos y
del derecho a ser sujeto de su propia historia, como reivindica Jean-Jacques
Rousseau en su primer preámbulo a las Confesiones: “Y que no se objete que por
ser un hombre del pueblo no tengo nada que decir que merezca la atención de los
lectores. […] Sea cual sea la oscuridad en que yo haya podido vivir, si he
pensado más y mejor que los reyes, la historia de mi alma es más interesante
que la de las suyas”.
No es ese orgullo plebeyo lo que me
motivaba (aunque, bien mirado…), sino el deseo de servirme del “yo” –forma a la
vez masculina y femenina– como herramienta exploratoria que capta las sensaciones,
las que ha enterrado la memoria, las que el mundo que nos rodea no deja de
procurarnos, por todas partes y todo el tiempo. Esa cosa previa a la sensación
se convirtió para mí a la vez en guía y en garantía de la autenticidad de mi
búsqueda. Pero ¿con qué fines? No pretendo contar la historia de mi vida ni
desvelar sus secretos, sino descifrar una situación vivida, un acontecimiento,
una relación amorosa, y revelar así algo que solo la escritura puede hacer
existir y transmitir, quizá, a otras conciencias y otras memorias. ¿Quién
podría decir que el amor, el dolor y el duelo, la vergüenza, no son
universales? Victor Hugo escribió: “Ninguno de nosotros tiene el honor de tener
una vida propia”. Pero como todas las cosas se viven, inexorablemente, de forma
individual –”me sucede a mí”–, no pueden leerse de la misma manera salvo si el
“yo” del libro se vuelve, en cierta forma, transparente, de suerte que el del
lector o el de la lectora ocupen su lugar. Si ese Yo es, en suma,
transpersonal.
Así concebí mi compromiso a través
de la escritura, compromiso que no consiste en escribir «para» una categoría de
lectores, sino “desde” mi experiencia de mujer y de migrante interior, desde mi
memoria ya cada vez más vasta de los años recorridos, desde el presente, incesante
proveedor de imágenes y palabras de los otros. Dicho compromiso como
pignoración de mí misma en la escritura se apoya en la creencia, convertida en
certeza, de que un libro puede contribuir a cambiar la vida personal, a romper
la soledad de las cosas soportadas y soterradas, a pensarse de manera distinta.
Hacer que lo indecible salga a la luz es un asunto político.
Lo vemos hoy con la revuelta de esas
mujeres que han encontrado las palabras para acabar con el poder masculino y se
han alzado, como en Irán, contra su forma más arcaica. Escribiendo en un país
democrático, sigo preguntándome, sin embargo, por el lugar que ocupan las
mujeres en el ámbito literario. Su legitimidad para producir obras aún no está
ganada. Hay hombres en el mundo, incluso en los círculos intelectuales
occidentales, para quienes los libros escritos por mujeres simplemente no
existen, nunca los citan. El reconocimiento de mi obra por la Academia Sueca es
una señal de esperanza para todas las escritoras. En el acto de sacar a la luz
lo «indecible social», esa interiorización de las relaciones de dominación de
clase y/o raza, de sexo también, que solo sienten quienes son objeto de ella,
reside la posibilidad de la emancipación individual pero también colectiva.
Descifrar el mundo real despojándolo de las visiones y valores que el lenguaje,
cualquier lenguaje, porta es perturbar el orden instituido, socavar sus
jerarquías.
Pero no confundo esta acción
política de la escritura literaria, sujeta a la recepción del lector o la
lectora, con las posiciones que me siento obligada a adoptar en relación con
los acontecimientos, los conflictos y las ideas. Crecí con la generación de la
posguerra, en la que se daba por sentado que los escritores e intelectuales
debían tomar partido en la política francesa e implicarse en las luchas
sociales. Nadie puede decir hoy si las cosas habrían sido diferentes sin sus
palabras y su compromiso. En el mundo actual, donde la multiplicidad de fuentes
de información y la rápida sustitución de unas imágenes por otras acostumbran a
una especie de indiferencia, concentrarse en el propio arte es una tentación.
Pero, al mismo tiempo, está ascendiendo en Europa –enmascarada por la violencia
de una guerra imperialista emprendida por el dictador a la cabeza de Rusia– una
ideología de repliegue y de cerrazón, que se extiende y gana continuamente
terreno en países hasta ahora democráticos. Basada en la exclusión de
extranjeros y migrantes, el abandono de los económicamente débiles, la
vigilancia del cuerpo de las mujeres, me impone, como a todos aquellos para
quienes el valor de un ser humano es el mismo, siempre y en todas partes, un
deber de vigilancia extrema.
Al concederme la más alta distinción
literaria existente, una gran luz ilumina mi trabajo de escritura y de investigación
personal, realizado en la soledad y la duda. No me deslumbra. No considero la
concesión del Premio Nobel como una victoria individual. No es orgullo ni
modestia pensar que se trata, en cierto modo, de una victoria colectiva.
Comparto el orgullo con quienes, de un modo u otro, desean más libertad,
igualdad y dignidad para todos los seres humanos, independientemente de su sexo
y su género, de su piel y su cultura. Con quienes piensan en las generaciones
venideras, en la salvaguarda de una Tierra que la codicia de unos pocos sigue
haciendo cada vez menos habitable para el conjunto de los pueblos.
En cuanto a la promesa que hice a
los veinte años de vengar a mi raza, no sabría decir si la he cumplido. De
ella, de mis antepasados, hombres y mujeres esforzados en tareas que les
hicieron morir pronto, recibí la fuerza y la rabia suficientes para tener el
deseo y la ambición de hacerle un sitio en la literatura, en ese conjunto de
voces múltiples que, muy pronto, me acompañaron permitiéndome el acceso a otros
mundos y a otros pensamientos, incluido el de rebelarme contra ella y querer
modificarla. Para inscribir mi voz de mujer y de tránsfuga social en lo que se
presenta siempre como un lugar de emancipación, la literatura.
Traducción
de Lydia Vázquez Jiménez, traductora de Annie Ernaux en Cabaret Voltaire.