jueves, 5 de enero de 2023

Edgardo Carreño Domingo / 12 poemas

 



Palabras para no salvarse

 

Y si es una página:

alguien ve formatos

contornos negros

la distancia entre dos filos.

 

Yo solo veo miedos

más miedo

acaso mi palabra débil

casi desgarrándose

nada más que una palabra

rota.

 

 

Hacia el fin

 

Después de todo ya no soy el que camina

quien desaparece a la hora en que la brisa

desaparece

no soy ni tímidamente la mitad de mí

quedan mis ojos en alguna parte

mis ojos tan bellos sobre tu cuerpo

tu cuerpo poseído por el sol

quedan en las horas los últimos propósitos

amarte y amarte en este olvido.

 

 

Últimos días de un cuerpo

 

No me des tus últimos días.

 

Olvídame antes

sabes bien lo que merezco:

ser todo lo que fui.

 

No el destino trazado en una línea

eso que queda como arena

después de un estallido de agua.

 

No esto de verte en cada golpe

los ojos ya despegándose del brillo

algo que asume el desenlace.

 

Solo huesos junto a otros huesos.

 

Merezco un día de bellezas

y que nos quede claro

mirándonos ya sin ojos

no soy yo quien aquí muere.

 

 

Barchetta

 

El Barchetta podría ser ella

la imagino entera de rojo

sus ojos en el centro de una curva

y esa curva justo en su centro

ahora todo es rojo

podría ser ella

una luz que se acaba

sus ojos ya en el viento

pero es otro rojo.

 

 

Todas esas cosas

 

Un casette de A-HA salvó mi vida

dijo ella

mientras yo pensaba en todas las cosas

que podrían salvar otras vidas.

Una rama para equilibrarse en medio de la nada

obituarios donde enterrar definitivamente

al olvido.

O la separación del dolor de la capa íntima de una vena.

O un papel con arrugas y letras grandes: desde aquí nadie salta.

Cosas al azar en una lista de curiosas descripciones

algunas más útiles y enérgicas

solo para ahuyentar un mismo desenlace.

 

 

Aún en la oficina postal

 

Vuelvo siempre a tu infierno.

 

Al amor bajo la tierra.

Ese amor quema

me quemo en ese amor

Dante.

 

Quiero ser ese infierno

ser el fuego más terrible

y sentir como todo arde

mis pies cómo arden.

 

Aunque jamás leas esto.

 

 

Pequeña niña

 

La pequeña niña

bajo la sombra de un árbol

prefiere poner sus ojos

en algún límite borroso

e imperfecto.

 

Al frente hay charcos de agua

y las imágenes caen

una tras otra

en un desfile imposible

hacia la felicidad.

 

Ya han sucedido tantas cosas.

 

La niña de pies bordados

tropieza en el tiempo

y aún sonríe hasta volverse

una mancha y otra más

en el medio de las nubes.

 

De esto se trata la vida.

 

 

Después de un día de sol

 

El pliegue donde escondo mis deseos

cómo penetra en el día del suicida.

 

Soy el último de una fila invisible

debo tantas lágrimas por este viaje.

 

Aunque el tiempo pulverice los vacíos

y todo en mí se desvanezca.

 

 

Apología de la duda

 

Arranco mis ojos en medio de una noche

solo con los dedos

el hambre intensa de esos dedos

entre zanjas de hueso y carne

el dedo removiendo todo desde el fondo

los ojos ya sin brillo sobre el suelo

cómo será arrancarse el alma.

 

 

Ausencia

 

Ya que no estás

ni tus días

ni en tus ojos mi brillo

voy a lo más alto

acaso para ver

como cae la muerte.

 

 

Opciones

 

La poesía es una forma de valentía

dice Rioseco

después de robar sin asco

una frase de Bolaño

pero yo he conocido tantos cobardes

que escriben buena poesía

dice luego sobre la luz

pero yo les quito a ambos esos versos

así como un ladrón de bicicletas

quita ruedas al asfalto

y digo a las cinco de una tarde

que la realidad

no permita nunca contradicciones

al conjugarse en el espejo.

 

 

Nitidez

 

Esto que me quema por dentro

que apenas sobrevive

esto debe ser apagarse.

 

Tocar dolores en el día de mi muerte

pero dónde están esos días

cómo ser una mano que no sangra

y desde abajo alcanzarlos

mirarme en nada más que un cuerpo

renunciar mis ojos a todo.

 

Perder un dolor entre tantos dolores

y que nada duela

que nada duela.

 

 

 

 

Edgardo Carreño Domingo, Coquimbo, 17 de junio de 1972, poeta y médico oftalmólogo chileno. Ha publicado el libro de poemas Los Versos del Amor y forma parte de la antología Tiempo Fragmentado


lunes, 2 de enero de 2023

Rolando Revagliatti / Colaboración Poética

 


Los buñuelitos para la abuela

 

No soy objeto de deseo

ni oscuro ni claro

del lobo

 

Sólo me interceptan las niñas

en el bosque

y me tientan con el contenido de sus canastas

 

El lobo me tiene

muy bien conceptuado.


Altas cumbres

 

Al macanudo tótem de la monogamia saludo

despego desde célibe sin par hasta amante esposo

de lo cual laboriosamente me impregno cada día

 

Pecador en el llano y en mi juventud

desde las altas cumbres de la madurez

yo me solazo

con picarona repugnancia.


“Los fracasos del amor”

 

1

 

Tienen los fracasos del amor

conquistada su fama

su implícita trascendencia

 

La intrascendencia de los fracasos

del “nunca nos amamos”

alcanzan a lo sumo alguna

popularidad de cuarto de hora

 

y la penosa eficacia

de lo explícito.

 

2

 

No hay justa medida

para los fracasos del amor

 

y aunque para los fracasos

del “nunca nos amamos”

hay justa medida

 

lo que no hay

es consenso.


Desamad

 

“Desarmad un reloj. Ahora armadlo de nuevo. Esa

pieza que os sobra, ¿la veis?, es el nadaísmo.”

Jotamario Arbeláez

 


Desamad a vuestro objeto amoroso

Ahora amadlo de nuevo

Y buscad

esa pieza que os falta.

 

Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y quince poemarios, además de otros cuatro poemarios sólo en soporte digital. También en edición electrónica se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformados por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones-e disponibles en http://www.revagliatti.com. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la India.


viernes, 9 de diciembre de 2022

Annie Ernaux, el discurso de una Nobel

 


DISCURSO DE ANNIE ERNAUX ANTE LA ACADEMIA SUECA

 

            ¿Por dónde empezar? Esta pregunta, me la he hecho decenas de veces ante la página en blanco. Como si necesitara encontrar la frase, la única, que me permita penetrar en la escritura del libro y despeje de golpe todas las dudas. Una especie de clave. Hoy, para afrontar una situación que, ya pasado el estupor del acontecimiento –”¿De verdad me está sucediendo esto a mí?”–, mi imaginación me presenta con un pavor creciente, se apodera de mí la misma necesidad. Encontrar la frase que me dará la libertad y la firmeza de hablar sin temblar, en este lugar al que me invitan ustedes esta tarde.

            No necesito ir muy lejos a buscar esta frase. Surge. Con toda nitidez, con toda su violencia. Lapidaria. Irrefragable. La escribí hace sesenta años en mi diario íntimo. Escribiré para vengar a mi raza. Era un eco del grito de Rimbaud: “Soy de raza inferior por toda la eternidad”. Tenía yo veintidós años. Era estudiante de Literatura Francesa en una facultad de provincias, rodeada de muchachas y muchachos procedentes de la burguesía local.

            Pensaba orgullosa e ingenuamente que escribir libros, hacerse escritor, al final de una estirpe de campesinos sin tierras, de obreros y pequeños comerciantes, de gentes despreciadas por sus modales, su acento, su incultura, bastaría para reparar la injusticia del nacimiento. Que una victoria individual borraba siglos de dominación y de pobreza, con una ilusión que ya la escuela me había incentivado por mi alto rendimiento escolar. ¿Cómo podría compensar mi éxito académico las humillaciones y las ofensas sufridas? No me planteaba la pregunta. Tenía algunas excusas.

            Desde que aprendí a leer, los libros eran mis compañeros; la lectura, mi ocupación natural fuera de la escuela. Aquel gusto lo cultivaba una madre que, a su vez, devoraba novelas en su tienda entre cliente y cliente, y que me prefería leyendo más que cosiendo o tejiendo. La carestía de los libros, la suspición de que eran objeto en mi colegio religioso, me los hacían aún más deseables. Don Quijote, Los viajes de Gulliver, Jane Eyre, los cuentos de los hermanos Grimm y de Andersen, David Copperfield, Lo que el viento se llevó, más tarde Los miserables, Las uvas de la ira, La náusea, El extranjero: era el azar, más que las prescripciones escolares, lo que determinaba mis lecturas.

            La elección de cursar estudios literarios se debió a que quería seguir con la literatura, convertida en un valor superior a todo lo demás, en un modo de vida, incluso, que me hacía proyectarme en una novela de Flaubert o de Virginia Woolf y vivirlas literalmente. Una especie de continente que yo oponía, inconscientemente, a mi medio social. Y no concebía la escritura sino como posibilidad de transfigurar la realidad.

            Que dos o tres editores rechazaran mi primera novela –novela cuyo único mérito residía en la búsqueda de una forma nueva– no fue lo que derrumbó mi deseo y mi orgullo. Fueron situaciones de la vida en las que ser una mujer suponía un pesado lastre con respecto a ser un hombre en una sociedad donde los roles estaban definidos según el sexo, la contracepción estaba prohibida y la interrupción del embarazo se consideraba un crimen. En pareja y con dos hijos, docente de profesión y con la intendencia familiar a mi cargo, me alejaba día a día, cada vez más, de la escritura y de mi promesa de vengar a mi “raza”. No podía leer la parábola ‘Ante la ley’ en El proceso de Kafka sin ver en ello la figuración de mi destino: morir sin franquear la puerta que estaba hecha solo para mí, el libro que solo yo podría escribir.

            Pero eso suponía no contar con el azar privado e histórico. La muerte de mi padre a los tres días de llegar yo de vacaciones a su casa, un puesto de profesora en un instituto donde el alumnado proviene de medios populares semejantes al mío, los movimientos mundiales de protesta: elementos, todos ellos, que me conducían por vías imprevistas y sensibles al mundo de mis orígenes, a mi “raza”, y que conferían a mi deseo de escribir un carácter de urgencia secreta y absoluta. Esta vez, no se trataba de entregarme a aquel ilusorio “escribir sobre nada” de mis veinte años, sino de sumergirme en lo indecible de una memoria reprimida y de sacar a la luz la manera de existir de los míos. Escribir para entender las razones, dentro y fuera de mí, que me habían alejado de mis orígenes.

 


            La elección de una escritura determinada nunca es obvia. Pero quienes, migrantes, ya no hablan la lengua de sus padres y quienes, tránsfugas de clase social, no usan exactamente la misma, se piensan y se expresan con otras palabras, todos, se ven confrontados a obstáculos suplementarios. A un dilema. Efectivamente, sienten la dificultad, véase la imposibilidad de escribir en la lengua adquirida, dominante, que han aprendido a manejar y que admiran en sus obras literarias, todo lo relativo a su mundo de procedencia, a ese mundo originario hecho de sensaciones, de palabras que dicen la vida cotidiana, el trabajo, el lugar ocupado en la sociedad. Está, por una parte, la lengua en la que han aprendido a nombrar las cosas, con su brutalidad, con sus silencios; por ejemplo, ese del cara a cara entre una madre y un hijo, en el bellísimo texto de Albert Camus Entre sí y no. Por otra parte, los modelos de las obras admiradas, interiorizadas, las que han abierto el universo primigenio y con respecto a las que se sienten deudores por su elevación, que a menudo consideran como su verdadera patria. En la mía figuraban Flaubert, Proust, Virginia Woolf: en el momento de retomar la escritura, no me resultaron de ninguna ayuda. Necesitaba romper con el “escribir bien”, con la bella frase, esa misma que enseñaba a mis alumnos, para extirpar, exhibir y comprender el desgarro que me penetraba. Espontáneamente, emergió en mí el estruendo de una lengua que arrastraba consigo la ira y la irrisión, incluso la vulgaridad, una lengua del exceso, insurgente, a menudo utilizada por los humillados y los ofendidos, como la única forma de responder a la memoria de los desprecios, de la vergüenza y de la vergüenza de la vergüenza.

            Enseguida, también, me pareció evidente –hasta el extremo de no poder contemplar otro punto de partida– anclar el relato de mi desgarro social en la situación que viví cuando era estudiante, esa situación indigna a la que el Estado francés condenaba siempre a las mujeres: el recurso al aborto clandestino entre las manos de una “hacedora de ángeles”, de una abortera. Y quise describir todo lo que le sucedió a mi cuerpo de chica, el descubrimiento del placer, la regla. Así, en ese primer libro, publicado en 1974, sin que fuera entonces consciente, se encontraba definida el área en la que ubicaría mi trabajo de escritura, un área a la vez social y feminista. Vengar a mi raza y vengar a mi sexo serían una sola y misma cosa a partir de entonces.

            ¿Cómo no interrogarse sobre la vida sin hacerlo también sobre la escritura, sin preguntarse si esta reconforta o perturba las representaciones admitidas, interiorizadas sobre los seres y las cosas? ¿Acaso la escritura insurrecta, por su violencia y su escarnio, no reflejaba una actitud de dominada? Cuando el lector era un privilegiado cultural, conservaba la misma posición de desapego y de condescendencia con respecto al personaje del libro que en la vida real. De suerte que, en un principio, para prevenir esa mirada que, dirigida a mi padre cuya vida quería yo contar, habría sido insostenible y, así lo sentía yo, una traición, adopté, a partir de mi cuarto libro, una escritura objetiva, “plana”, en el sentido en que no utilizaba ni metáforas ni marcas emocionales La violencia ya no se exhibía, venía de los hechos en sí y no de la escritura. Encontrar las palabras que contuvieran a la vez la realidad y la sensación procurada por la realidad, iba a convertirse, y hasta hoy, en mi preocupación constante al escribir, fuera cual fuera el objeto.

            Seguir diciendo “yo” me resultaba absolutamente necesario. La primera persona –esa por la cual, en la mayoría de las lenguas, existimos nosotros, en cuanto aprendemos a hablar, hasta la muerte– es considerada a menudo, en su uso literario, como narcisista porque remite al autor, porque no se trata de un “yo” representado como ficticio. Es bueno recordar que el «yo», hasta entonces privilegio de los nobles que contaban elevados hechos de armas en sus Memorias, es en Francia una conquista democrática del siglo xviii, la afirmación de la igualdad de los individuos y del derecho a ser sujeto de su propia historia, como reivindica Jean-Jacques Rousseau en su primer preámbulo a las Confesiones: “Y que no se objete que por ser un hombre del pueblo no tengo nada que decir que merezca la atención de los lectores. […] Sea cual sea la oscuridad en que yo haya podido vivir, si he pensado más y mejor que los reyes, la historia de mi alma es más interesante que la de las suyas”.

            No es ese orgullo plebeyo lo que me motivaba (aunque, bien mirado…), sino el deseo de servirme del “yo” –forma a la vez masculina y femenina– como herramienta exploratoria que capta las sensaciones, las que ha enterrado la memoria, las que el mundo que nos rodea no deja de procurarnos, por todas partes y todo el tiempo. Esa cosa previa a la sensación se convirtió para mí a la vez en guía y en garantía de la autenticidad de mi búsqueda. Pero ¿con qué fines? No pretendo contar la historia de mi vida ni desvelar sus secretos, sino descifrar una situación vivida, un acontecimiento, una relación amorosa, y revelar así algo que solo la escritura puede hacer existir y transmitir, quizá, a otras conciencias y otras memorias. ¿Quién podría decir que el amor, el dolor y el duelo, la vergüenza, no son universales? Victor Hugo escribió: “Ninguno de nosotros tiene el honor de tener una vida propia”. Pero como todas las cosas se viven, inexorablemente, de forma individual –”me sucede a mí”–, no pueden leerse de la misma manera salvo si el “yo” del libro se vuelve, en cierta forma, transparente, de suerte que el del lector o el de la lectora ocupen su lugar. Si ese Yo es, en suma, transpersonal.

            Así concebí mi compromiso a través de la escritura, compromiso que no consiste en escribir «para» una categoría de lectores, sino “desde” mi experiencia de mujer y de migrante interior, desde mi memoria ya cada vez más vasta de los años recorridos, desde el presente, incesante proveedor de imágenes y palabras de los otros. Dicho compromiso como pignoración de mí misma en la escritura se apoya en la creencia, convertida en certeza, de que un libro puede contribuir a cambiar la vida personal, a romper la soledad de las cosas soportadas y soterradas, a pensarse de manera distinta. Hacer que lo indecible salga a la luz es un asunto político.

            Lo vemos hoy con la revuelta de esas mujeres que han encontrado las palabras para acabar con el poder masculino y se han alzado, como en Irán, contra su forma más arcaica. Escribiendo en un país democrático, sigo preguntándome, sin embargo, por el lugar que ocupan las mujeres en el ámbito literario. Su legitimidad para producir obras aún no está ganada. Hay hombres en el mundo, incluso en los círculos intelectuales occidentales, para quienes los libros escritos por mujeres simplemente no existen, nunca los citan. El reconocimiento de mi obra por la Academia Sueca es una señal de esperanza para todas las escritoras. En el acto de sacar a la luz lo «indecible social», esa interiorización de las relaciones de dominación de clase y/o raza, de sexo también, que solo sienten quienes son objeto de ella, reside la posibilidad de la emancipación individual pero también colectiva. Descifrar el mundo real despojándolo de las visiones y valores que el lenguaje, cualquier lenguaje, porta es perturbar el orden instituido, socavar sus jerarquías.

            Pero no confundo esta acción política de la escritura literaria, sujeta a la recepción del lector o la lectora, con las posiciones que me siento obligada a adoptar en relación con los acontecimientos, los conflictos y las ideas. Crecí con la generación de la posguerra, en la que se daba por sentado que los escritores e intelectuales debían tomar partido en la política francesa e implicarse en las luchas sociales. Nadie puede decir hoy si las cosas habrían sido diferentes sin sus palabras y su compromiso. En el mundo actual, donde la multiplicidad de fuentes de información y la rápida sustitución de unas imágenes por otras acostumbran a una especie de indiferencia, concentrarse en el propio arte es una tentación. Pero, al mismo tiempo, está ascendiendo en Europa –enmascarada por la violencia de una guerra imperialista emprendida por el dictador a la cabeza de Rusia– una ideología de repliegue y de cerrazón, que se extiende y gana continuamente terreno en países hasta ahora democráticos. Basada en la exclusión de extranjeros y migrantes, el abandono de los económicamente débiles, la vigilancia del cuerpo de las mujeres, me impone, como a todos aquellos para quienes el valor de un ser humano es el mismo, siempre y en todas partes, un deber de vigilancia extrema.

            Al concederme la más alta distinción literaria existente, una gran luz ilumina mi trabajo de escritura y de investigación personal, realizado en la soledad y la duda. No me deslumbra. No considero la concesión del Premio Nobel como una victoria individual. No es orgullo ni modestia pensar que se trata, en cierto modo, de una victoria colectiva. Comparto el orgullo con quienes, de un modo u otro, desean más libertad, igualdad y dignidad para todos los seres humanos, independientemente de su sexo y su género, de su piel y su cultura. Con quienes piensan en las generaciones venideras, en la salvaguarda de una Tierra que la codicia de unos pocos sigue haciendo cada vez menos habitable para el conjunto de los pueblos.

            En cuanto a la promesa que hice a los veinte años de vengar a mi raza, no sabría decir si la he cumplido. De ella, de mis antepasados, hombres y mujeres esforzados en tareas que les hicieron morir pronto, recibí la fuerza y la rabia suficientes para tener el deseo y la ambición de hacerle un sitio en la literatura, en ese conjunto de voces múltiples que, muy pronto, me acompañaron permitiéndome el acceso a otros mundos y a otros pensamientos, incluido el de rebelarme contra ella y querer modificarla. Para inscribir mi voz de mujer y de tránsfuga social en lo que se presenta siempre como un lugar de emancipación, la literatura.

 


Traducción de Lydia Vázquez Jiménez, traductora de Annie Ernaux en Cabaret Voltaire.