viernes, 12 de agosto de 2022

Mercedes Luna Fuentes / METRO

 


Metro

 

uno

 

fuiste tú quien ideó el plan

quien me arrojó al mundo

hecho dolorosa artificialmente

me puso en este andén vacío

sólo para mí

 

fue parte de tu plan

tu bien estructurado plan

construir túneles

en los estantes de tu casa

para que yo asomara en ellos

 

 

dos

 

fuiste tú quien hizo el metro donde viajo ahora

quien hizo las monedas para comprar boletos

quien hizo los boletos y los entregó

apretando      suavemente mi mano

 

fuiste tú quien se sentó conmigo en la estación

antes de emprender el viaje

y no me dirigió la palabra

 

 

tres

 

eres este túnel

de costillas oxidadas

que paso

 

ese par de relojes en lo alto

marcando distintas horas

 

este botón azul de emergencia

que no funciona

 

 

cuatro

 

tú me arrojaste agua en la cara

camino al túnel

diciendo lo torpe que he sido

lo buena que he sido

 

tú colocaste metales

retorcidos en mi espalda

para enderezar mi cuerpo

y resistir el viaje

 

 

cinco

 

en el pasillo del metro

sobre mis manos untaste opio

diciendo

compra menos      destruye más

 

me diste este paso de serpiente

que busca

y mancha el piso de acero

ahora mismo debajo mío

de un aceite negro luminoso

 

 

seis

 

eres tú

quien sostiene estas vías sobre las que viajo

las que me van a salvar

 

eres tú

tras las luces amarillas del vagón

dentro de ellas

 

eres tú

cada uno de los asientos

 

 

siete

 

tu cálculo fue

ser ese hombre tras el cercado

lanzándome piedras

 

tu cálculo fue

armar los barrotes

en que ahora me sostengo

 

 

ocho

 

has puesto música encapsulada

sobre este cielo gris

sólo para mí

 

 

nueve

 

avanzando antes que la velocidad

 

ángel que hizo los aviones plateados

que sobrevuelan el metro

 

creador de esta botella de agua

meciéndose en mi saco

 

 

diez

 

no hay mapas en este metro

están en tu cabeza

doblados en tres partes

como las tres almas que tienes

y me heredarás

tan pronto se abra

la primera estación

 

 

once

 

tú estallas el vidrio

 

tú revuelves mis cabellos negros

como listones de seda interminables

 

tú arrancas incendias

la ropa clara

que llevo puesta

 

 

doce

 

tú has dejado esta gota terca estirándose

sobre el cristal y no se acaba

para que yo la vea

 

 

trece

 

avanzo y me pierdo de ti

me pierdo de mí

 

escucho al final del túnel

tus aullidos y los míos

 

 

Mercedes Luna Fuentes

(México, 1969)

martes, 26 de julio de 2022

MOSAICO EN SEPIA / Consuelo Undurraga Infante

 


MOSAICO EN SEPIA

Testimonios y reflexiones sobre la vejez

 

Mosaico en sepia ha titulado su reciente obra, la piscóloga y escritora Consuelo Undurraga Infante. Es un texto, cuya importancia y trascendencia es incuestionable en los tiempos que corren. La autora, esta vez ha decidido ponernos frente al espejo con la vejez y la muerte con todo su franco realismo, pero al mismo tiempo presenta con dulzura la visión del siglo XXI, el tiempo de los viejos, que como tales plantean a la sociedad nuevas visiones y nuevas realidades que empezamos a observar con mayor detenimiento y seriedad. ¿El mundo ha envejecido? Indudablemente no. Indudablemente sí. Solo podemos asegurar que sus habitantes hemos envejecido en una sociedad que no estaba preparada para recibirnos y comprender nuestras necesidades y con ello el trato y las consideraciones que se han de contemplar con las personas que venimos llegando como un enjambre a esta etapa de la vida llamada vejez. La autora con una envidiable lucidez nos advierte: “La vejez ya no es una sola vejez”, y nos ilumina con conceptos que ya forman parte de una realidad que, como se suele decir, “ha llegado para quedarse”. Entonces nuestra sociedad senescente debe considerarse en diversas etapas, a pesar de que decir “viejo”, considerando su inevitable dejo despectivo en el vocablo, “solo alude a una persona que tiene más de sesenta años”. (…) Un punto en extremo destacable es cómo la autora no solo nos habla desde el conocimiento de este gran tópico humano, sino también interviene narrando bella y poéticamente, sin soltar la mano de la conciencia, sin abandonarse a su natural emocionalidad, episodios de su propia experiencia vital, desde ella misma, con amigos y parientes. Eso, a mi juicio, nos acerca aún más a este libro cuya importancia y realidad es abrumadora.

 

Esta obra que comienza con la vejez y que será de gran ayuda para quienes ya somos viejos en distintos tramos y tenemos viejos junto a nosotros, con quienes a veces no sabemos cómo relacionarnos, ni cómo manejar sentimientos que nos conflictúan como la tristeza, la rabia, la culpa, el dolor y todo el abanico que se despliega ante la realidad de la vejez y la proximidad de la muerte.

Teresa Calderón

 

 

 

CAMINO DEL OLVIDO

 

Danielle era una hermosa mujer de más de sesenta años, madre de seis hijos y eterna militante de causas solidarias. La conocí en mi primer trabajo en Francia y nuestras vidas se fueron entrelazando poco a poco, a pesar de una gran diferencia de edad. Bondadosa, se convirtió en la abuela de mis hijos y con los suyos, en la familia extendida añorada. Quise hacerle un regalo para agradecer su afecto y la invité a pasar juntas un fin de semana a la playa. Accedió con entusiasmo y propuso que fuéramos a Etrétat, una localidad en el Oeste de Francia. Salimos entonces de París, un lindo día de primavera, ella manejando su Peugeot 106, yo de copiloto, y enfilamos hacia el borde del mar por esa hermosa ruta, enmarcada por flores blancas de perales y manzanos y pasto verde. Fueron horas maravillosas en las que el ritmo de las palabras bajaba solo para apreciar la belleza del entorno. El pueblo pequeño y pintoresco de casas con entramados de madera típicos de la región, descendía suavemente hacia una playa de arenas blancas, custodiada por enormes acantilados de piedra caliza. Caminamos, reímos y degustamos ricos platos típicos rebosantes de crema, por supuesto no faltó la sidra ni el Calvados, el licor de la región. Fueron momentos inolvidables de una cariñosa y jovial complicidad. Pero terminaron mal, la vuelta a casa derrotó a Danielle, hasta esa fecha, gran conductora y buena conocedora de su capital. En su mente, el mapa de París parecía haberse esfumado, y un camino tan conocido, le pareció extraño. Se perdió y dio vueltas y vueltas por los dos anillos que rodean la ciudad: la Grande y la Petite Ceinture, sin encontrar el regreso a casa. Fue una pesadilla y el primer signo de que algo andaba mal. Ella se dio cuenta, me quedó claro, cuando con vergüenza y la voz teñida de angustia, me rogó que no lo comentara con nadie. No sé si debería haber expuesto el hecho, pero quedé entrampada en la lealtad hacia mi amiga y cumplí la promesa. Al poco tiempo, Danielle comentó que a veces las palabras se fugaban de su mente, la tranquilicé, pensando que era la edad, pero asustada consultó un médico. No supo, o no pudo explicar lo que este le había dicho, pero comentó: parece que no me llega bien la sangre al cerebro y tengo que hacer unos ejercicios. Al poco tiempo la casa se alegró con decenas de papelitos de colores que nombraban los objetos: mesa, sábana de baño, sillón, revista. Mi amiga los observaba y repetía: mesa, sábana de baño, sillón, revista. Un poco más tarde, fue la utilidad de los objetos nombrados la que se escapó de su memoria. Siempre recordaré cuando yo estaba poniendo la mesa, quiso ayudarme y no pudo: tomó los viejos cubiertos de plata con puño de marfil, tantas veces lavados, pulidos y los miró con extrañeza, sus ojos se nublaron, y no supo qué hacer. Lentamente, la peste del olvido como la llamó García Márquez en Cien años de soledad, iba avanzando y ella, la dueña de casa perfecta, empezó a angustiarse y a quedar paralizada ante las más pequeñas tareas. Esto fue aún más evidente en su reino, la cocina. Nunca más degustamos su famosa pierna de cordero asada, ni las berenjenas con salsa de tomate, ni sus deliciosas tartas de fruta. La preocupación y la tristeza invadieron familia y amigos. Danielle luchaba diariamente por conservar los restos de su memoria herida, pero perdía batalla tras batalla. El daño se acentuó notoriamente después de la muerte de su marido: una parte de ella se fue con él, y la dejó aún más despojada. Lo triste era que ella era consciente de avanzar inexorablemente en el camino sin retorno. Se tomaron disposiciones para asegurar su cuidado: estar siempre acompañada, guardar los elementos peligrosos, cortar dispositivo del gas después de usarlo, pero nada fue suficiente, varias veces se perdió en el bosque colindante y se la encontró sumergida en la confusión y el miedo. El mal continuaba su obra destructora, poco a poco se le fueron borrando los rostros de los seres queridos; luego desconoció el propio al reflejarse en un espejo o en un vidrio. ¿Quién es esa mujer que me mira en la ventana? decía una y otra vez y estas visiones la atormentaban. La vida cotidiana se hizo cada vez más complicada, se tomó entonces una difícil decisión: se la llevaría a una residencia especializada para que pudieran atenderla mejor. Danielle se resistió con rabia y angustia al cambio, finalmente se rindió, y durante un tiempo pareció acomodarse a esa vida en la que el ritmo de la propia existencia lo marcan otros. La última vez que la vi ya no hablaba, pero sus ojos transmitían emociones. La llevamos a Giverny, el jardín donde pintó Renoir, ahí se vio feliz, en ese mundo de belleza que al instante se esfumaba. Pasó el tiempo y su organismo entero le resultó desconocido: no podía ir al baño y caminar. Finalmente ya no pudo respirar. Dejó su cuerpo vacío de recuerdos un triste otoño, hace ya muchos años.

 

 

EL CUERPO

 

Ayer me detuve frente al espejo y me acordé de una escena de esa hermosa película alemana: Nunca es tarde para amar, del director Andreas Dresen. En ella la protagonista -de más de setenta años- se observa frente al espejo antes de una cita amorosa. Yo no tenía ningún encuentro, pero hice el riesgoso ejercicio de detenerme a observar la que soy en esta etapa de la vida. ¿Qué queda de esa niña tranquila y de esa adolescente con los ojos bien abiertos al mundo? Desde el punto de vista físico, no mucho: quizás la forma de la cara, el color de los ojos, las mejillas de manzana, ciertos atisbos de cintura, y unas manos grandes. El tiempo me ha cambiado y moldeado guardando parte de mi historia. Ahí está, cobijada en un pliegue, la cicatriz en el entrecejo, fruto de una broma escolar en una pila de agua; las arruguitas de los ojos, herencia de momentos de alegría y risa; las anchas caderas que acogieron a mis hijos y también kilitos de más, fruto de la buena comida. Claro que hay marcas que no se ven: las de las caricias, las del dolor y el sufrimiento, las del amor y el placer. Esas son más tímidas y pudorosas, se esconden en mi mente y solo aparecen en momentos especiales.

La que está en ese espejo soy yo, es mi cuerpo de mujer madura; mi carta de presentación, lo que los otros ven y yo a veces olvido. Tiene una cierta armonía, aunque está cansado, pero es el mío. Me invade una suerte de respeto, una ola de ternura, por el tiempo en él inscrito, y me aparto en silencio, agradecida.

 

 

LAS MANOS DE MI PADRE

 

Mi papá tenía lindas manos, por lo menos eso pensaba yo. Eran grandes, con sus uñas cuadradas bien recortadas, de un color mate bronceado fruto de sus días campesinos. Lo que era más asombroso es que eran suaves, muy suaves, como las de una niña y, extrañamente, las conservó así hasta su muerte a los noventa y dos años. Eran manos fuertes, poderosas, inspiraban respeto, pero también muy tiernas, moldeadas por infinitas caricias. Cuando era pequeña, me tranquilizaban, el solo rozarlas me producía paz y serenidad. Ya más grande, observándolas cuando el papá conducía el Citroën negro de tres corridas de asientos, irradiaban poder. Una sola vez las usó para pegarme una palmada, y yo, sorprendida y con temor, me hice pipí. En la adolescencia, sus cariños me producían una infinita vergüenza, sobre todo en presencia de mis amigos. Años más tarde, ya de novia, me sentía tensionada entre dos amores, cuando en la mesa almorzando, me las tomaba para acariciarlas. Con los años sus manos se fueron manchando, pero no perdieron lozanía. En su vejez, después de la terrible enfermedad que le robó la vista, fueron ellas su lazarillo. Al caminar las extendía, para percibir los peligros que acechaban su paso. Y en su último tiempo, se pintaron de rojo, pequeños derrames de un color violáceo las ensuciaron, pero él afortunadamente no las vio. De manera inesperada, en sus últimos momentos, mostraron de nuevo su belleza: estaban tersas, impecables, suaves, muy suaves, con sus uñas cuadradas bien cortadas, como despidiéndose con esplendor. Entonces fui yo la que no las quería soltar, solo pude dejarlas ir cuando el calor las abandonó y su alma bondadosa desapareció entre las nubes.

 


 

Consuelo Undurraga Infante (Santiago de Chile 1949)

Doctora en Psicología de la Sorbonne, París, Francia, ciudad donde estudió y vivió muchos años.

Hoy Profesora Titular de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Psicoterapeuta de adultos en consulta particular.

Entre sus publicaciones destacan:

Como aprenden los adultos (2004) Ediciones Universidad Católica

De la conquista del mundo a la conquista de sí mismo (2011) Ediciones Universidad Católica

Hojas sueltas (2019) Editorial Puerto de Escape

Kaleidoscopio Antología con otros autores (2020) Editorial Puerto de Escape


jueves, 21 de julio de 2022

Gerónimo Pose / Colaboraciones Poéticas

 


Ultimo cielo

 

1

 

Mi saco negro flota inerte

Junto al perfume grisáceo de mi ADN

Sostengo los cuadros con mis manos

Con mis uñas acogiendo a la maldad

 

No soy tu estatua preferida

Tengo vida en cada bocanada de humo

En cada filtro asesinado contra la mesa

En cada sonrisa que demuestra mi garganta

 

Hasta el hueso, capaz de encontrar el sentido, alguno

¿Dónde te escondes? Precioso vestigio de la noche

En ese hombre histriónico que canta con el fuego

Atrás de la cortina, de tela pulida

 

2

 

El olor de tu saliva me quedó en los dedos

Y ahora te veo

Venir hacia mí, cruzando

Sin ver, por la selva

 

Tupida de caras deformes

Gusanos de cinco círculos

Pintores elocuentes

Drogas limpias y de venta libre

 

Abro una lata de tomates

Y las balas entran por mi cráneo.

Dejando huella de entrada

Pero ninguna explicación

 

Te saco una foto mientras lloro, desnudo

Con el gusto de tus brazos bailando en mi boca, intentando calmarme

El mundo ardiendo afuera, y nosotros retrasando el tiempo

Por suerte todavía quedan fuerzas también, para retrasar el olvido.

 

3

 

Un cardumen acompañaba la niebla

Los dientes suaves apretaban intensamente

Los colmillos sobresalían de su boca

Se miró al espejo, y no se vio reflejado en la obra de arte

 

Pateó su cabeza hasta ordenarla

Oscila entre la idea de salvar el mundo o salvar su belleza

Concluyó, luego de apuñalarse

Que debería bañarse a la noche, y seguir así, ideando nuevas formas.

 

4

 

No necesitas otro trago

Necesitas poder irte a dormir

Esas cosas que le dan sentido a tu vida

Se queman con cada piedra que tiras

 

Al fin y al cabo

Todas las decisiones son formas de volver a casa.

 

5

 

Donde se esconden esos animales

Mojados de espanto, junto a barcos naufragados

Con sobrevivientes peleándose entre si

Mostrándonos como somos

Rosas de espadas

 

6

 

La lluvia idealizada

El invierno violento, violento

La gente volando, apurada

Intentando llegar, perseguida, por el aroma.

 

7

 

La dulce estadía del que espera, sangrando vino y observando las huellas al pasar. Con un andar mecánico y robotizado, rumbo al precipicio. Para luego caer en la comodidad de lo absurdo, de lo angustiante, de lo cotidiano.

 

8

 

Te siento

En las cosas que extrañas. Junto a los molinos, a la deriva.

Flotando entre monasterios, incapaces, de soportar la raíz del problema.

 

9

 

Los espacios se cierran junto a la esperanza.

La última pitada sale con resonancia

Las cuerdas de la Fender machacadas

 

Me muevo descalzo por la cuadra. Acha nadie destaca, después se preguntan.

 

11

 

Vas a asomarte con tus bengalas y me encontraras hablando solo, rodeado de abejas

Y cuadros en perfectas posiciones.

 

14

 

La emoción se cernía sobre nosotros

Rumor de ave nocturna

Irrumpiremos en los castillos, a través de los postigos

Bailaremos juntos, la danza de la melodía, sin recelo alguno

 

Y voy a volar, más tarde, por la senda ponderosa

Porque cargo cuatro mandamientos

Y sinuosos movimientos

Fulminantes, de tristeza y desesperación

 

15

 

Voy a disfrutar los nervios de la noche

Danzar con los muertos azules

Ver crecer mis ojos con la música

Aullar por un mundo abandonado por la historia

 

16

 

Observo junto a mi padre, al gato meditativo

Ambos con nuestras miradas enternecidas

Disfrutamos ese pequeño instante

Y volvemos a hundirnos en el vaso

 

Tanteo mis bolsillos esperando que esta vez, mi suerte sea otra

Raspo los billetes con la yema débil de mis dedos

Y bajo con exaltación atómica juvenil

A tomar la última al bar

 

18

 

La sangre rabiosa disfruta la carencia del nylon en ella

Yo me hincho a prescripciones endebles

Que no provocan ninguna reacción

En este manar extinguido

 

19

 

Me dejo beber por tus labios hechizantes

Ornamentamos el espacio desértico del silencio

Mientras espero esa orden divina que me proteja

De claudicar herido bajo tus piernas




Gerónimo Pose (Montevideo, 2003)es poeta, narrador y musico. Nació en la ciudad de Montevideo, Uruguay. Publica poesía en distintos blogs de literatura bajo su nombre o el seudónimo Mr. Bols.

 

sábado, 9 de julio de 2022

Colombia Truque Velez (8 poemas)








HOY

 

Hoy no soy poema, ni ángel ni demonio

hoy soy el limbo que me habita

niebla indolora a donde no acude el sonido.

Hoy no soy palabra, ni grito ni susurro

sólo el lecho apacible, el luto de la sombra

tiempo inmóvil por el que no fluye la sangre,

ni cicatrices ni heridas.

Hoy, paraísos perdidos

y tú no estás —no sé a dónde fuiste.

 

ENTRE UNO Y ESTO

 

¿A qué distancia me aparto
que casi pospongo el arrebato
supliendo en arcones
lo que me habría faltado
a fin de no morir
de muerte ajena?
Y no obstante, sabes dónde hallarme
Vienes, cargando tus inútiles
pífanos, y ensayas así crearme
en una dulzura que ese viento
sabrá cómo arrastrar
dejándonos una impresión hastiada.
La de una embriaguez
en la que ubico en otro pie
el superfluo filo
de tu afincada nariz
para que pueda reafirmar mis ideas.
Para que pueda hacer el centro
inamovible de mis lugares
concéntricos, estáticos, sutilmente
mayestáticos…. ¡a falta de brújula!
Pero, ¿a qué distancia me llevo
el peso muerto que me cura
y disipa los excesos esenciales,
remediados en acosos irreverentes
a fin de no vivir
de vida ajena?
Y no obstante, sabes dónde hallarme
Prefiero el aire para decir,
atravesando mis cuerdas vocales,
penetrando mis fondos,
de cuáles resonancias habré temblores,
de cuáles afán, de cuáles muerte;
dónde precipitar, letra por letra,
categóricamente, las líneas
más propensas, las más afirmativas.
¿A qué distancia deberé
mudar entonces
cada partícula
que congracia lo debido
y lo intenta una
y otra vez conmigo
a fin de no hablar
de voz ajena?

A Sonia Nadezhda Truque Vélez

 

UN PUEBLO PEQUEÑO


Las monedas, el tiempo circunscrito a un ruedo de arena maculada, la diaria rotación de los periódicos que se diría interminable, los esquemas reducidos a recorte, a collage de mis funciones necesarias.

Y,

Abruma la bruma matinal
y su dispersión pausada

Abruma el mediodía largo
por donde pasa el tren
estirando su silbido

Abruma la siesta que aprisiona
el bochorno contenido
de las calles

abruma la roja llana
en que se incendia el cielo

Abruma de morriña vacua
carente de algún anhela cierto

Abruma el vespertino deambular
a solas por el pueblo pequeño
abruman las luces de tan pobres
y abruma que temprano se quede
el pueblo dormido
hasta que cante el gallo
Abruman esas noches en que no existo
abruma que en la alcoba
alguien desaparecido de mi vida
hace ya tiempo
venga y tome mi lugar.


NARBONNE, ESCRITO EN BOGOTÁ

 

Nuevo rumor de cosas ya tan viejas

como días claros viajados de sur a norte
siguiendo estelas de asfalto
tan dudosas al crepúsculo
cuando llegados a un punto incierto de destino
el tiempo consistía en sombras
que desdibujaban los rostros y las voces
-sombras crecientes sobre nuestros azares
pasados: la habitación invadida de noche,
de humo de cigarrillos
de latas vacías de cerveza
con el crepitar del fuego encendido
y esa espera anhelante del futuro.


AUTORRETRATO


Cuando nací ya eran viejos los Rolling Stones
pero a mí siempre me gustó Angey
y las canciones de Serrat en la penumbra
de ciertos atardeceres ya olvidados.
Viví de lo que nos dejaron los sueños incendiados
en mayo del 68. Habité ese Londres
que alguien inventó
para que uno pudiera encontrar a la maga,
a Linton Kewsi Johnson, un cielo irrecuperable
en Saint-James Park y muchos años después
a un poeta de ese chile austral y doloroso
que escribió exiliados tangos londinenses
y siguió andando, uniendo los hilos de una trama,
para que un día la vida nos dijera
que el azar no existe, sino la magia
que todo lo convoca y lo reúne.
Casi nunca me he ocupado en nada serio
aunque todas las cosas serias me preocupan
-me preocupa, por ejemplo, que un niño llore
porque han de morir las mariposas.
Fumo como si esa fuera la única medicina posible
en un mundo sin remedio.
Como a todos los soñadores, me han invadido
los crepúsculos de algunas tardes
esencialmente tristes
-esas tardes en que el destino de los hombres
se parece a la brasa y la ceniza.
Milité en el lado de las quimeras, con Lenon
y Mayiakovski siempre en el corazón,
… y las derrotas.
Ahora, en el remanso, enciendo fuegos fatuos
con la herida de la trompeta de Amstrong
que me quema el pecho de imposibles.
De todas las curas posibles, escribir
es la única que le cuadra a mi locura.
Todavía no escribo sin embargo
ese poema perfecto. Me faltan huesos y no consigo
poner en orden el arbitrario calendario
de mis ansias y temblores.
Hay en mis noches un fulgor secreto,
palabras teñidas con la claridad de los días,
viviendo como el fuego que se resiste a morir.
Acompañarán mi paso como el ligero silbo
de una canción que abre un camino
en la memoria: sólo soplo de aire
que se me escapa incesante de la piel.

1


En la quietud de la noche
la estrella que se disipa detrás de la nube

Viento y nostalgia

Almanaque de instantes
que regresan
solo pétalos dispersos y amarillos

Condena de vivir hora tras hora
amarrados al tiempo
adivinando fugaces fulgores

Oscurecidos a la sombra

Nimbados de infinito

Aéreos y aferrados a la tierra.

 

3


Las lluvias han marcado
con su ritmo monótono
la lentitud de esta tarde
El tiempo, como un caimán
inmóvil a orillas de la corriente,
se demora después
en el último sol del atardecer

La penumbra del cuervo
llega paso a paso
a opacar en sombras
las copas de los árboles
el eclipsado vuelo de las aves

Morosa, la palabra del ocaso
antes de la oscuridad
de la cotidiana derrota de la luz

Lentas también estas palabras
que se encadenan en un inútil ejercicio ritual:

hacer del poema
una borrosa instantánea
que alguien le toma al tiempo.

 

9


Letras dilatadas en un espejo de distancia
un espejo lívido habitado por un rostro
en espera de su definición

Árbol que aguarda desnudo
para vestirse de follaje

A veces también ese recodo imperceptible
que envuelve todas las cosas
si uno las mira con tensión de arco
donde la flecha se tiende
preparada para un blanco que se niega a resumirse

La prisa del corazón como animal desbocado
que se adelanta al paisaje con sus ojos
lo consume como el rayo
y sin saberlo ya ha sido devorado
por el verde y la ingravidez del aire

Ciertas vocaciones arcanas
cuya clave es un destello
una intermitencia entre dos abismos afiebrados

Y el ángel que le respira con sutileza de llama
por encima del hombro

La espuela es esa insuficiencia
con la que nos decimos y decimos el mundo

He ahí el buitre más certero
para carcomer entrañas.

A Yvonne-América (RIP) y Sonia Nadhezda, mis amadas hermanas.



COLOMBIA TRUQUE VELEZ, es poeta, narradora y traductora. Ha publicado tres libros de poesía: Palabras de sueño y de vigilia (Ediciones La Catedral, Bogotá, 1984), Lugar de un secreto Nadir (Colección Viernes de Poesía, número 53, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2007) y Poemas al Margen (Ediciones El Canto de la Cabuya, Bogotá, 1998). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento en 1993 con su obra Otro nombre para María. Es cultora del micro-cuento y miembro de la Internacional Microcuentista. Muchos de sus textos originales y traducciones se han incluido en antologías y algunos de ellos pueden encontrarse en páginas de Internet.